El edificio Champlain Towers South se derrumbó el pasado 24 de junio
4 de julio de 2021 5:00 hs
"¿Mi, qué?”, preguntó uno de sus familiares cuando Lady Luna Villalba anunció que viajaría por unos días a Miami por cuestiones laborales. Su familia, agobiada por problemas económicos, necesitaba de la ayuda que pudiera aportar la muchacha para complementar el escaso dinero que su padre gana trabajando en el campo. Por una cuestión de procedencia y realidad en su versión más dura, para todos ellos era una peripecia cada vez que debían viajar a Asunción. Por lo tanto, ni imaginar lo que representaba el hecho de que Lady se subiera a un avión para hacer el recorrido aéreo de varias horas con escalas entre la capital paraguaya y la ciudad costera al sur de los Estados Unidos, de la cual muchos de sus familiares nunca habían oído hablar. El plan de la joven de 23 años era trabajar un tiempo como niñera para la familia de la hermana de la primera dama de Paraguay, ahorrar el dinero que no tuviera que darle a su familia, para luego comenzar estudios de enfermería. A la iluminada ciudad del estado de la Florida llegó un miércoles y seguramente los neones de la ciudad costera que está de moda deben haberla deslumbrado, al menos en el aspecto visual.
Para alguien nacida en un país sin salida al mar, residir por unos días en un amplio apartamento con vista al océano Atlántico representaba una historia inaugural, de esas que luego a los amigos les gusta oír relatada de primera mano. Aunque, cabe enfatizarlo, Lady no había viajado a Miami para hacer turismo ni broncearse en la arena, sino a trabajar mientras sus patrones descansaban y disfrutaban de un lugar que puede ser paradisíaco, sobre todo con dinero para gastar. Entre el largo viaje, la novelería de llegar a una nueva ciudad, y el trajín debido a la primera jornada de trabajo en territorio estadounidense, Lady sintió que pocas veces antes en su vida había necesitado un descanso tan reparador como el que planeaba tener esa noche, la primera en un país extranjero. Lo que nunca llegó a imaginar fue que el sueño americano se transformaría en pesadilla a menos de 24 horas de haber llegado. Aproximadamente a la 1.30 de la madrugada, gran parte del Champlain Towers South, edificio que había sobrevivido los peores huracanes imaginables, y donde Lady y la familia de su patrona estaban hospedadas, se vino abajo como si hubiera sido construido con terrones de azúcar.
Diez minutos antes de la catástrofe, Cassondra Stratton, de 40, llamó a su marido, Michael Stratton, de 66, quien se encontraba en Washington por asuntos relativos a su trabajo para decirle que del techo de su apartamento estaba cayendo polvo y que el edificio había comenzado a moverse. A la 1.30 se cortó la trasmisión. El estratega político del Partido Demócrata no ha vuelto a saber de su esposa, quien trabajaba como modelo y que integra la larga lista de desaparecidos. En un principio, Cassondra iba a acompañar a su marido a la capital estadounidense, pero a último momento decidió cambiar el pasaje y quedarse unos días más en el apartamento que el matrimonio tenía en Miami y que ocupaba en época de vacaciones. A la misma hora en que la comunicación entre los Stratton se interrumpió, Erick de Moura estaba hablando con Fernanda Figueiredo, no en el edificio donde debería haber estado durmiendo y donde era vecino de Cassondra, sino en el apartamento en el que vive su novia, quien lo convenció para pasar la noche juntos después de que los dos vieran el partido entre Brasil y Colombia. Con su insistencia, Figueiredo jamás imaginó que se transformaría en el ángel de la guarda que salvaría la vida de De Moura, quien hasta ahora no ha podido salir de la pesadilla vivida, la cual, en su caso, tuvo final feliz. Está vivo para contarlo.
¿Por qué Lady Luna Villalba y Cassondra Stratton se encontraban donde bien podrían no haber estado, y por qué un cambio de decisión del destino a último momento hizo que De Moura se salvara milagrosamente? ¿Fue casualidad, o causalidad? Nadie sabe quién escribe los libretos de la película de la vida. Alguien se tira desde las cataratas del Niágara con la intención de suicidarse y sale ileso. Otra persona gana en menos de dos años dos veces la lotería y embolsa casi cinco millones de dólares. Nadie lo puede explicar. A las antojadizas intervenciones del azar el pensamiento racional tiene serios problemas para entenderlas y, todavía más, explicarlas. La suerte puede actuar a favor o en contra, y en ambos casos su lógica operativa es igual de críptica. ¿Cómo puede ser que algunas cosas ocurran de una manera tan particular que llevan a creer en la existencia de una determinada fuerza invisible que participa en la realidad como designio inaudito, como si estuviera jugando con las vidas de los seres humanos?
‘Fuerza desconocida de la que se cree que actúa de forma inevitable sobre las personas y los acontecimientos; desarrollo de los acontecimientos que se considera irremediable y no se puede cambiar’. Esa es la definición que da el diccionario de la palabra destino. Pasamos la vida entera intentando saber si nacimos con un destino que incluye, desde el inicio, el punto de llegada de nuestra existencia. Pensamos que nos casamos con alguien, o que trabajamos en un lugar y no en otro, por decisión del destino, etcétera. Tal como la propia definición lo destaca, la fuerza a la que invocamos en nuestra decisión es “desconocida” y tendría un poder “inevitable”. En forma regular, como casi a diario, la realidad aporta casos de destinos cumplidos de la manera menos prevista, como si este fuera, igual que una película, algo derivado de una fuerza abstracta donde lo más inverosímil puede cumplirse. El jueves 24 de junio comenzó con promesa de descanso para unas 200 personas que vivían confortablemente en un edificio con amplios balcones frente al mar al sur de Miami. De pronto, en lugar de los sonidos del silencio propios de la madrugada, los implicados comenzaron a oír un ruido extraño, cada vez más potente, salido de las entrañas de la estructura del edificio. La mayoría, confundida por lo que eran las consecuencias de un desplome en desarrollo, solo reaccionó cuando tenía la amenaza encima y era imposible escapar.
Sin darles tiempo de hacer un último intento para detener el curso de los acontecimientos que terminaron inaugurando el final, el destino deshojó la totémica margarita sin que hubiera de por medio el tradicional “me quiere, no me quiere; me quiere, no me quiere”. Esa noche, la muerte fue la que más quiso y de manera exagerada. ¿Habrá tenido complicidad con la fiereza del destino el hecho de que los pisos del edificio fueran 13, numero fatídico según algunos cabalistas? La vida, en tanto, sintió nostalgia por el rumbo que no llegó a tomar, mejor dicho, por las huellas que debería haber dejado atrás mientras iba hacia lo que ya nadie nunca podrá saber. Es probable que el destino (cuyo sinónimo es sino) se haya dado cuenta de que en la historia de esa madrugada de polvo y derrumbe hubo un error de ortografía, y que no era menor. Emulando el destino de Ícaro, por eso de caer de arriba hacia abajo para terminar estrellado, las casi 170 víctimas cayeron en la cuenta de que incluso en la noche más tranquila lo inesperado puede ocurrir, y que siempre hay una primera vez para responder la pregunta que Octavio Paz se hacía en el poema autobiográfico Nocturno de San Ildefonso: “¿Morir / será caer o subir, / una sensación o una cesación?”