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La voladura de los gasoductos Nord Stream

Hemos asistido al peor atentado en aguas internacionales desde la Segunda Guerra Mundial. No parecen buenas noticias para la escalada de las tensiones que se registra entre Washington y Moscú

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30 de septiembre de 2022 a las 05:03

Pocas columnas de opinión se ven en los medios internacionales sobre la explosión de los gasoductos Nord Stream que conectan al gas ruso con Alemania.

Y es natural. Hay tan poca información que aventurar un juicio en este momento podría dejar mal parado a cualquier escriba a vuelta de rotativa.

Pero todo apunta de un modo bastante claro a que se trató de un atentado, o de “un acto de sabotaje”, como lo han llamado distintas autoridades de Suecia, Dinamarca y Alemania. En el caso de los escandinavos, en boca de sus propias primeras ministras; mientras que Alemania –que es el más afectado, aparentemente el principal objetivo en todo esto y su canciller Olaf Scholz parece aún en estado shock– ha llegado a la misma conclusión a través de sus servicios de inteligencia, según informa el diario alemán Die Welt.

Y si efectivamente fue un atentado, entonces estamos ante el acto de guerra más grave que haya sucedido en aguas internacionales desde la Segunda Guerra Mundial.

Lo que sí hay es mucha especulación. Varios expertos se han volcado a las redes sociales tratando de adivinar quién podría estar detrás de un crimen tan atroz: que si fueron los rusos, que si fue Estados Unidos, que si fueron los polacos, los ucranianos… Las teorías, esas sí, abundan.

Y todas parten de una hipótesis de trabajo ineludible en estos casos, que viene desde los clásicos y responde a un viejo principio del Derecho Romano: Cui Bono? (¿Quién se beneficia?).

Por cuestiones de espacio, no podría citar acá las razones que dan todos estos expertos en sus debates, pero todos ellos identifican al menos tres motivos por cada supuesto responsable que señalan. Para los analistas originarios de Europa del Este, o en general aquellos con un marcado sesgo antirruso, quien se beneficia de estos atentados es claramente Moscú. Otros de perfil más anti-estadounidense, digamos, sostienen que el beneficiario es decididamente Washington.

Nosotros no vamos a ponernos acá en Inspector Clouseau, a ver quién se beneficia o deja de beneficiar para tratar de adivinar posibles responsables. En todo caso, pensar que Rusia va a destruir su propia infraestructura, atentando contra unos gasoductos que le costaron 20 mil millones de dólares, cuando puede directamente cerrar el grifo, no parece razonable.

Pero en lugar de adentrarnos en lo que no sabemos, mejor hacer un raconto de lo que sí sabemos:

El Nord Stream 2, un mega gasoducto que se extiende por el fondo del Mar Báltico desde Rusia hasta el norte de Alemania, se iba a sumar el año pasado al ya en operaciones Nord Stream 1. Y como recordarán los lectores de esta humilde tribuna, ha estado en el centro de la pugna geopolítica entre Washington y Moscú desde hace un buen tiempo, principalmente desde que Joe Biden asumió en la Casa Blanca en enero de 2021.

El Departamento de Estado de Antony Blinken inició un período de tensas relaciones diplomáticas con el entonces gobierno de Angela Merkel, que todo el tiempo se resistió al pedido de Washington de detener la construcción del Nord Stream 2 en sus fases finales.

De algún modo, el tire y afloje ya venían desde Mike Pompeo, el secretario de Estado de Donald Trump; pero con Blinken la presión llegó a ser casi insostenible para el gobierno de Merkel. Según reportó en aquel momento la prensa alemana, Washington llegó a amenazar a Berlín con duras sanciones (algo impensado en la relación de ambos países desde la posguerra).

Aun así, doña Angela, tozuda, resistió contra viento y marea, y llegó a terminar la construcción del gasoducto a pesar de que las amenazas de Blinken ya no eran solo tras bambalinas, sino hasta en una reunión de la OTAN.

Para entonces, ya había iniciado la crisis energética en Europa. Y, como a menudo se recuerda en círculos diplomáticos y académicos, “la crisis energética es la madre de todas las crisis geopolíticas”. Las crisis del petróleo en 1973 y 1979, como se recordarán, marcaron un punto de inflexión en el tablero político de Medio Oriente y del mundo.

La llegada de Olaf Scholz al poder en Alemania en diciembre del año pasado inició un período de debilidad de Berlín a la hora de negociar con la pesada mano diplomática de Washington. Y a pesar de estar terminada su construcción y de haber concluido los ensayos, la inauguración del Nord Stream 2 se canceló indefinidamente, aunque sin que mediara una declaración clara y contundente del nuevo canciller que no parecía muy convencido.

Cuando el pasado 21 febrero –pocos días antes de la invasión a Ucrania– Putin reconoció la independencia de a las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk, Scholz declaró sin rodeos que el gasoducto no sería inaugurado y, de hecho, nunca se inauguró.

Sin embargo, los últimos dos meses ha habido rumores de que en el gobierno alemán solo estaban dejando que pasara el tiempo y acabara la guerra en Ucrania para, un día tal vez, habilitar el Nord Stream 2.

Ahora todo parece indicar que nunca se podrá usar, ni ese ni su hermano gemelo, el Nord Stream 1.

Pero lo que más llama la atención ante un atentado de esas dimensiones, implicancias y gravedad es que no haya una cobertura mediática 24/7, ni se levanten las voces de la indignación, ni que nadie en la comunidad internacional, a casi cuatro días ya de los hechos, esté pidiendo urgente una investigación a fondo. Todo muy extraño.

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