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Las balas de Maidana (Historia de un asesino serial)

Esta es la historia, casi verdadera, de un cantor de tangos que, cansado de la malaria, se puso a despachar colegas a tiro limpio

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10 de julio de 2012 a las 00:00

Cuatro madrugadas después de cumplir los 50 años, el cantor de tangos Francisco Maidana despertó con una angustia arrabalera, existencial y económica que lo empujó a un endiablado raid. Maidana conocía sus limitaciones artísticas - una voz algo cascada, engolada y poco original- pero estaba convencido de que se merecía un lugar en las tanguerías ciudadanas, copadas por un par de cantores de categoría y una caterva de compadritos ladradores.
Ese 21 de agosto, con el ego en las baldosas y las expensas sin pagar, abrió el cajón de la cómoda y se encontró con el revolver heredado de su padre.

El arma había permanecido seis años entre las maderas del cajón y, al igual que los filos de los cuchilleros, carecía de herrumbre y de registro oficial.
Maidana no era un asesino- es decir, nunca antes había matado- y le costó horrores cargar la pistola y elegir al futuro fantasma. El muerto sería Carlos Cazot, el más grande cantor de tangos de la región quien, con toda justicia, no paraba de recorrer boliches en los que la gente se apiñaba para escuchar su voz.

Maidana buscó y encontró excusas decentes para matar al mejor de todos. Esa desaparición provocaría un vacío en el mercado que llenaría la panza de otros artistas menos famosos. Pero, además, Cazot estaba en la plenitud de su carrera, en el mejor momento para una muerte trágica que lo estampara en la memoria colectiva.

Una semana después de haber tomado la decisión, Maidana se escondió detrás de los ligustros del patio de Cazot. Eran las cuatro de la madrugada, la hora en la que el cantante llegaba regularmente a su casa después de los aplausos.
Maidana tocaba la culata del revolver y se daba ánimos pensando que su vida sería algo más dulce después de ese trago de amarga.

El rocío de la noche lo hizo tiritar. La espera empezó a angustiarlo. Pasaban las horas y Cazot no llegaba. Comenzó a salir el sol. Cazot no llegó nunca.
Un contrariado Maidana regresó a su casa, volvió a colocar el revólver en el cajón de la cómoda y, exhausto, se echó en la cama. Despertó pasadas las cinco de la tarde con la sensación de haber participado en un sueño alocado.

Salió a la calle con la ropa arrugada y, antes de pasar por el almacén, visitó el puesto del diariero. "Le acompaño el sentimiento”, le dijo el hombre, que conocía su oficio de cantor.
Maidana no entendió el pésame hasta que miró las tapas de los diarios. "Mi noche triste”, "Quejas de bandoneón”, eran algunos de los títulos que informaban sobre la noticia voceada a última hora en las redacciones de los matutinos

Cazót había muerto a las 3 de la madrugada después volcar a 140 kilómetros por hora en una de las curvas de la rambla.
Maidana estuvo entre las más de mil personas que asistieron al velorio. Lloró sin esfuerzo.

***

La ausencia de Cazot obligó a los dueños de las tanguerías a contratar tres cantantes de medio pelo para conseguir el mismo público. Maidana fue uno de los beneficiados.
Pero volvió a sacar cuentas. Había estado dispuesto a liquidar a un colega para conseguir trabajo y la suerte le ahorró la tarea. Tenía un poco más de dinero pero no era suficiente. Se había preparado para matar y no había matado. El mercado de las tanguerías seguía abarrotado y el tambor de su revolver estaba hastiado de balas.

Entonces pensó en Gricel Mulán. La muchacha cantaba como suspirando. Demasiados violines, poca guitarra y casi nada de bandoneón acompañaban su pálida voz.
Tenía un público integrado por amigos, amigas íntimas, mujeres que pasaron los 70 años y un grupo de intelectuales que ponían un dedo índice sobre la sien para escuchar "Los mareados".

La mina era exagerada al punto de llamarse Gricel y haberse dedicado a cantar tangos. “Es como si yo me llamara Sigmund y eligiera ejercer la sicología. Es un exceso”, pensó Maidana.
Esa demasía le dio más valor para encajarle dos balazos a "la novia del tango”. Fue en una calle oscura, era sábado y llovía.
Maidana le dio trabajo a la policía y material para la tapa a los diarios domingueros. "Asesinaron a Gricel”, "El bandoneón sigue llorando”, "La novia ausente”, titularon sin esmero.

***
El dinero que ganaba Maidana le empezó a alcanzar para llegar a fin de mes. Pero con un poco más de sangre fría podría ahorrar para comprarse el auto. Se juró que sería la última vez.
Fue directamente a la casa de Anselmo Malerva. Unos pocos años atrás, los dueños de un par de boliches habían mencionado ese nombre antes rechazar los servicios de Maidana. “Cobra poco y no pasa vergüenza”, argumentaron.

Con el revolver pesándole en la cintura, Maidana le explicó a Malerva la inesperada visita. “Con todas estas desgracias que están pasando me parece que los muchachos tenemos que estar más juntos... juntarnos más, interesarnos por lo que hace cada uno”, mintió.

El dueño de casa lo convidó con un whisky barato y cruzaron algunas palabras sobre los últimos chimentos del ambiente.
Antes de desenfundar, Maidana le dio a Malerva la oportunidad de morir en pleno ejercicio de sus virtudes. “Cantáte una”, le sugirió.

Cuando lo escuchó entonar "rencor, mi viejo rencor” se le vino el alma al piso. Malerva desafinó nueve veces en tres versos. Al ver aquellas manos rascando la guitarra, Maidana se acordó del tango "Garras”.
Miró con lástima la lámpara improvisada con una botella de whisky Criadores, el póster de Pugliese y la imagen de la Virgen Desatanudos.

Alejó la mano del revolver. Con esa pistola había intentado matar a un virtuoso y logró exterminar a una pelandruna de voz insípida y ojos bovinos. Pero no la iba a usar contra un pobre perro apaleado que ya no era competencia para nadie.
Con un apretón de manos, Maidana y Malerva se despidieron en la puerta de calle.

***

Maidana se alejó pensando en un joven valor que estaba haciendo capote en los suburbios y, según se comentaba en el ambiente, en pocas semanas sería presentado en el centro de la ciudad. Ya le haría una visita.
Parado en el escalón de su puerta, Malerva se quedó mirando la espalda de Maidana hasta que dobló la esquina.
Entonces se secó la transpiración de la frente con una mano raquítica y temblorosa.
Un extraño miedo lo había paralizado. Precisamente a él, que había derrochado pulso y audacia para aflojar las ruedas del coche de Carlos Cazot en aquella madrugada de agosto.
Pero esta noche juntaría todos sus rencores y no habría más excusas. El trabajo seguía escaseando y la competencia era terrible. Malerva sacó el revolver de su mesa de luz. Esa noche, sin falta, iría por Maidana.

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