En esta guerra global de pronto las fronteras vuelven a tener importancia. Se trata de una guerra mundial, pero también se trata de proteger a los habitantes de nuestra comarca. Es esta que está empezando tal vez la semana más importante de la guerra. Si aprovechando los feriados acentuamos el aislamiento puede ser una semana decisivamente positiva. Pero si por el contrario los fundamentalistas del esparcimiento salen a recorrer playas, ramblas, parques y acampes, habremos arruinado el muy buen trabajo –de acuerdo a las estadísticas– que se ha hecho hasta ahora.
A mi entender la guerra contra el coronavirus tendrá cuatro olas. Tres olas corresponden a los picos de la enfermedad. Una primera, que ya la pasamos, y se relaciona con la llegada de viajeros del exterior sin controles en general y al casamiento donde se produjo el primer gran contagio en particular, y a una persona irresponsable más específicamente. Quedará en la historia como la ola Carmela. Hubo un primer pico de casos pero luego esa ola pasó, los casos disminuyeron circunstancialmente.
Viene ahora la segunda ola, la más importante en el sentido de que puede ser la más alta de todas. Temporalmente es la que vemos en el presente estallar en Italia, España, Francia, EEUU, en el mundo entero donde este jueves se llegó al millón de personas infectadas y sobre el fin de la próxima semana se llegará a los dos millones. El pico de la enfermedad.
En esa ola lo que hay que lograr es que no desborden los servicios de asistencia. Que haya más respiradores que pacientes que los necesiten, más camas de CTI que enfermos graves, que no se vean desbordados los médicos conocedores de la infección y los intensivistas. Esa es la gran batalla de abril, mayo, tal vez junio. Pero se juega en esta próxima semana. Y se juega en mantener la mayoría de los casos atrapados donde están, no exigir a los 19 departamentos, aguantar el invicto de los departamentos que todavía resisten sin casos.
Diego Battiste Trabajadora del Hospital Español Estamos en plena batalla por achicar lo más posible la segunda ola, la principal, pero el relajamiento del aislamiento que se vio en esta semana pasada y el riesgo enorme que tiene que miles de personas se movilicen en el interior puede llevar a que las trincheras de contención del coronavirus se disuelvan.
Veremos los casos aumentar y esa segunda ola muy posiblemente se dé muy cerca del 1º de mayo. Cuanto más aguante la cuarentena voluntaria estricta más tiempo se gana en demorar el subidón de casos y más bajo será ese pico, y eso simplemente significa menos personas fallecidas.
Para resaltar la importancia de agudizar al máximo la permanencia en hogares me parece que es ilustrativa la experiencia de Islandia, ese país siempre tan admirablemente libre e inteligente. Allí el Estado testea a los casos sospechosos, pero una empresa privada deliberadamente testea a mucha gente que no tiene ningún síntoma. Ya están llegando a cerca de 10% de la población testeada. Por un lado el Hospital de la Universidad Nacional testea los que tienen síntomas. Por otro deCODE Genetics, una empresa privada de biotecnología, asociada con la estadounidense Amgen, testea gente que no tiene ningún síntoma. De esa población asintomática aproximadamente 1% tiene el virus. Pero resulta que del total de casos de Islandia, 50% no tiene síntomas. Eso permite dos cosas: por un lado frenar la propagación por parte de gente que no tiene la menor idea de que está portando el covid-19. Por otro focalizar las restricciones más fuertes de movimiento en ese 1% permitiendo condiciones más laxas para el conjunto.
Todo se juega esta semana. Este viernes me dijeron que La Paloma, en Rocha, estaba llena de gente. Un desastre
Más allá de lo sanitario un buen ejemplo de la sinergia público/privada que tantas veces por estos lares se ve como una relación dicotómica de opuestos.
No sabemos en Uruguay cuántos podemos ser los que sin síntoma alguno tengamos el virus en nuestro interior y lo estemos diseminando sin sospecharlo, pero sabemos por los datos de Islandia que seguramente somos unos cuantos. A la espera de que sigan llegando equipos de testeo y se generalice la posibilidad de concurrir a containers acondicionados para ello, o recibir en nuestra casa alguien que nos haga un test, hay que resistir esta semana más que nunca.
Cuando pase la segunda ola, durante mayo y junio, una vez que los casos bajen aquí y en el resto del mundo será necesario volver a la normalidad lo antes posible porque la economía tendrá que reactivarse para contener una desocupación que inevitablemente subirá y también dañará a la salud de distintas maneras.
Un problema posible son los rebotes a medida que necesariamente las cuarentenas se flexibilicen. Ocurrirá tal vez en todo el mundo. Pero serán olas menores por varias razones. Habrá más inmunidad “de rebaño” en la población, más anticuerpos. Habrá medicamentos. Y finalmente habrán vacunas que ya están transitando los pasos de testeo en sus primeras fases. Pero puede haber una tercera ola porque el invierno no ayuda y las políticas de Bolsonaro menos. Hay frontera seca con Brasil y las políticas del presidente no son basadas en ciencia ni son acompañadas con cohesión en el país vecino. Habrá tal vez una tercera ola.
Joedson Alves/EFE Si hacemos todo bien normalizaremos en setiembre y allí la solución de fondo estará cerca. Seguramente aparecerá la vacuna generada más velozmente de la historia por la cantidad de proyectos que hay. Bill Gates anunció ayer viernes en el Daily Show que está financiado siete fábricas de siete de estos proyectos para multiplicar la vacuna lo más rápido posible una vez que esté aprobada. De los siete proyectos que actualmente compiten quedarán uno o dos y tendrán las fábricas a disposición. Tiene los medios y el derecho a hacerlo porque en una célebre presentación Ted advirtió en 2017 que la humanidad no estaba preparada para este problema.
Habrán así tal vez tres olas de la enfermedad, y la segunda y principal es la que nos estamos jugando ahora. El peor momento estará cerca del 1° de mayo. La normalización cerca tal vez del 1° de setiembre. Podemos regalarle a los niños y jóvenes una llegada feliz de la primavera, podemos aliviarle a quienes sufran el parate económico una recuperación temprana. Todo se juega esta semana. Este viernes me han dicho que La Paloma, en Rocha, está llena de gente. Un desastre.
Pero también hay una cuarta ola, que es la ola de la solidaridad, que se viene armando. De todas partes vienen. De los productores lecheros que vienen remando en la adversidad desde hace tantos años, de los productores paperos que sufrieron de pleno la sequía, de gente común, de los trabajadores de bebida, de cámaras empresariales, de humildes clubes de fútbol. Y seguramente se sigan sumando. Está la solidaridad de la donación, de la renuncia a un dinero. Y está la solidaridad de la permanencia voluntaria en el hogar renunciando al esparcimiento. Por solidaridad con los trabajadores médicos que están jugándose la vida por el conjunto, por solidaridad con los productores y trabajadores del agro, agricultores, tamberos, horticultores, que permiten que el abastecimiento se mantenga para el conjunto de la población y una parte fundamental de la economía se mantenga estable.
Esa cuarta ola es la que permitirá amortiguar el impacto de las otras tres y permitir sobrepasar esta etapa tan difícil. Una solidaridad que surge de todas partes, del campo y la ciudad. De productores lecheros que vienen trabajando al filo de la pérdida desde hace años y de productores paperos que fueron golpeados por la sequía, y que sin dudas seguirá extendiéndose a una situación tal vez inédita.
Pero esa ola solidaria que se está armando y creciendo, que puede sobrepasar al vetusto muro campo/ciudad, que en el largo plazo tiene un potencial insospechado empieza en la práctica esta semana. Y para ser héroes simplemente basta con quedarnos en casa los que tenemos el privilegio de poder hacerlo. Construyendo la cuarta ola que vencerá a las otras tres.