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El año llega a su fin y surgen las listas culturales

Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

Las infames listas de diciembre

El duodécimo mes viene acompañado de vanas listas de lo supuestamente mejor del año

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19 de diciembre de 2021 a las 05:05

Por todas partes, como hongos después de la lluvia, proliferan las listas de “lo mejor” del 2021, año que se acaba. Hace tres o cuatro décadas, cuando la gente prestaba menos atención a efímeras banalidades, y perdón por la redundancia, eran solamente los mejores discos, las mejores películas y los mejores libros. Ahora, además de liviandad y chapucera opiniología, proliferan las categorías: mejor serie de televisión, mejor serie en streaming, mejor musical, mejor obra de teatro, mejores aplicaciones, mejores regresos, mejores platos de cocina, mejores vinos, mejores nuevos restaurantes, mejores libros de cocina (la gastronomía es todo, no en vano, la suscripción más cara del New York Times es la que incluye recetas semanales), mejores libros de arte, mejores libros de autoayuda, mejores exposiciones de arte, mejores álbumes, mejores canciones, mejores nuevos actores, mejores nuevas actrices, mejores películas hechas para televisión, y la lista sigue, con esta joyita para enmarcar: mejores finales de serie. Lo único que falta es una lista con las mejores listas del año. Medios informativos supuestamente serios en materia cultural (no lo son), casos New York Times, The Guardian, El País (Madrid) y The New Yorker, hacen sus sospechosas listas con tal falta de tino, que parecen una sucursal del Vaticano queriendo beatificar a un criminal. Conviene advertir, son medios que satisfacen al ‘lector burgués’ al que aludía Baudelaire, el cual busca en los productos culturales entretenimiento comprensible, nada de novedad, ni originalidad, ni menos utilización de artificios radicales que permitan que la disciplina artística a la que representan pueda dar un salto cualitativo. Las listas de los mencionados medios destacan por el convencionalismo y el pedestre criterio empleado para decidir.

En libros, las listas son de una alarmante mediocridad. Para quienes somos lectores profesionales, resulta un insulto. Salvo escasísimas excepciones, las obras destacadas son más de lo mismo, es decir, premian el conformismo. En cine la cosa es un poquito mejor, aunque no mucho (de pronto se acuerdan de una obra maestra japonesa o tailandesa a la que solo vieron un puñado de espectadores), y lo mismo pasa con los mejores discos, entre los que de pronto puede aparecer alguno notable que careció de difusión radial y solo unos pocos melómanos conocen, caso este año del grupo Turnstile.

El gran fiasco, conviene destacarlo, es en la sección literatura. Los supuestos expertos, además de mostrar escaso pensamiento crítico creativo para descubrir novedades, emiten su voto habiendo leído menos del 1% de libros que anualmente se publican. ¿Cómo entonces, con tanta estrechez de perspectiva, pueden emitir un juicio evaluador? Vivo para leer –los libros me mantienen vivo y son el único paliativo del insomnio crónico que padezco– y leo un promedio de tres libros por semana. En este año extenuante, leí un par de obras maestras por su poder innovador –juicio compartido por amigos y estudiantes que también las leyeron motivados por mi recomendacion– y sin embargo, ninguna de ellas aparece en las infames listas decembrinas. 

Consuela pensar que el problema es viejo. Uno de los tres escritores estadounidenses más originales del siglo XX, Wallace Stevens, lo sufrió. En archivos pude comprobar que su libro Harmonium, publicado en 1923, no figuró en ninguna lista de los mejores publicado ese año. La historia de las listas anuales de los mejores libros es la de los grandes olvidos.

En 2021 leí también otros libros destacados por su originalidad, casi siempre asociada al ímpetu sintáctico y a un humor difícil de disfrutar a primera vista (la inteligencia, indócil, no aparece tan fácil). Sin embargo, cuando les pregunté a críticos adictos a estas listas dijeron no haberlos leído; ni siquiera los conocían. Entonces, ¿en qué quedamos? Podríamos, por lo tanto, deberíamos mejor dicho, hacer otra lista con los mejores libros del año excluidos de la lista de los mejores libros del año y otra lista similar más, decenas de listas, cientos, miles de ellas, una lista interminable de listas, parecida a una biblioteca infinita de los libros desairados. Así pues, tal como sucede siempre cuando llega diciembre, proliferan las listas de “los mejores del año”. Encuestas, listas, balances, en fin, instantes de embustera y efímera consagración. Algo parecido al certamen de Miss Universo, pero sin dinero ni corona de por medio. Solo vacuos elogios. Es una ocasión ideal para sublimar los amiguismos y los incestos más descarados, y también representa una oportunidad excelente para dejar fuera a escritores enemigos, a ningunear la obra de aquellos con los cuales no se tiene una buena relación estética ni ideológica. Con diciembre llegan los ajustes de cuentas y de cuentos, pues ningún género se salva del manoseo y de la impunidad de livianas opiniones, las cuales raras veces tienen al rigor literario como aliado.

Afortunadamente, vivimos en una época que no para de cambiar y en la que el olvido trabaja a la velocidad de la luz. Por consiguiente, en febrero nadie recordará cuáles libros integraron las listas de los mejores ni cuáles ocuparon los primeros lugares. Nada recordable hay para salvar por la simple –aunque no tan simple– razón de que en casi todas las listas de los supuestamente “mejores” falta el respeto y aprecio por lo nuevo y original, por aquello que no es obvio. En todas partes se lee cada vez peor, y las listas de los mejores del año destacan que incluso aquellos que aun leen (y cobran por ello), leen a medias. Desde el punto de vista periodístico no nada hay más insatisfactorio que las susodichas listas, elaboradas para ensalzar la supuesta calidad literaria de obras supuestamente superiores a las demás. Es una aberración confeccionarlas y todavía más publicarlas, por dos razones. Por una cuestión de inexactitud (algo inaceptable en periodismo) y también de arbitrariedad. Pruebas al canto (aunque los libros que cantan, es decir, aquellos que no cuentan, casi no existen en las listas). Veamos. ¿Cuántos libros ha leído durante un año el crítico que se presta a participar de estos ridículos rankings?

Según el último informe de ProQuest Bowker Report, de 2019, en ese año se publicaron en Estados Unidos más de cuatro millones de libros. Por lo tanto, el crítico que se presta a participar en la fantochada de confeccionar una lista de los “mejores del año”, ¿cuántos de los millones de volúmenes a disposición ha leído como para animarse a afirmar que en base a lo muy poco que leyó tiene una lista definitiva? Que haga una “lista oficial” resulta pues una charada. La crítica literaria periodística con afán de imposición de criterios ha perdido vigencia. No en vano, es cada vez mayor el número de diarios y revistas que han eliminado esta práctica. Publican la información sobre la aparición de un libro y los principales aspectos del mismo, evitando la intermediación de un reseñista con su propia agenda, en la cual suele estar ausente esta fundamental pregunta: ¿qué de nuevo trae el libro recién publicado? Salvo rarísimas excepciones, pocos son los críticos que saben responderla con argumentos convincentes.

Las listas, encuestas y compulsas de “los mejores libros del año” son una indefendible y enorme aberración, un atentado contra la belleza libre del acto de la lectura, y sobre todo, contra la búsqueda de originalidad entre aquellas palabras innovadoramente escritas y publicadas durante los 12 meses de un año. Con interés he leído en días recientes varias listas de “los mejores productos electrónicos del año” y de los “mejores autos del año”. No manejo, pero me encantan los coches. Todas ellas me parecieron muy válidas por estar basadas en el rigor de un criterio claro. Quienes las realizaron tuvieron a los aspectos de novedad que los productos aportan como elemento principal a juzgar, el que en definitiva hace la diferencia entre lo que ya fue y lo que vendrá. Estamos en el siglo XXI (pasaron ya 21 años), pero en el periodismo literario hay quienes siguen sin darse cuenta y emiten juicios más arbitrarios e indefendibles que los del propio olvido.

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