El comportamiento en la vida cotidiana > COMPORTAMIENTO/ ROBERTO CAVA DE FEO

Las invitaciones

Hoy es posible hablar de una gran variedad de las formas empleadas para solicitar la cortesía de aceptar algo.

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22 de septiembre de 2017 a las 05:00

El título ampuloso de esta nota quizás nos recuerde aquellas piezas de cartulina portadoras de agradables mensajes. Los años han pasado y hoy es posible hablar de una gran variedad de las formas empleadas para solicitar la cortesía de aceptar algo. Ese algo podía ser muy importante y sin restar la importancia que tenían, era también la simple invitación de una niña cumpleañera.

Soy de las generaciones que hemos escrito mucho. Lo hacíamos con gusto porque sabíamos que nos comunicábamos con nuestros padres, abuelos, familiares y amigos. No hace mucho pregunté en una clase universitaria, si podían redactar una carta solicitando una visita a un instituto penitenciario. Con gran sorpresa, respondieron al unísono que nunca habían redactado una carta.

Los medios tecnológicos actuales permiten la comunicación inmediata entre personas, empresas e instituciones. Antes escribíamos cartas, las enviábamos y aguardábamos respuestas. Recuerdo la llegada del cartero. Hasta Franz Schubert se inspiró para uno de sus "lieder" y su música trasmite ansiedad, alegría. Lo escrito llegaba siempre a tiempo y, así recibíamos invitaciones, salutaciones, felicitaciones y pésames.

No añoro lo de antes. El ritmo de nuestras vidas es diferente y empleamos otros medios. Cuando rogábamos a una persona o a una institución la cortesía de aceptar una invitación, todo era diferente. Se sabía cuándo había que responder y, hasta conquistó fama la tan manida forma de disculpas con un "lamenta no poder concurrir por compromisos contraídos con anterioridad".

Hoy recibimos invitaciones digitales que no reemplazan totalmente la intervención humana. El buen tono llevará siempre a dar respuesta a las invitaciones. Nos pedirán, por ejemplo, la confirmación de asistencia a algo. Ese "algo" podrá ser una conferencia sobre los hielos continentales o una cena de bodas de oro matrimoniales. Para lo segundo es importantísima la respuesta.

Pero con esto de las invitaciones no dejo a un lado lo cotidiano. Regreso entonces a lo nuestro porque con cierta frecuencia invitaremos a nuestra casa. Es una tradición que no pasa. Es verdad que hay dificultades, pero es lindo recibir a nuestros amigos.

Recibir en casa conlleva ciertas tareas que haremos con gusto. Nuestros tatarabuelos y bisabuelos fueron maestros en la hospitalidad y da alegría comprobar que, en situaciones diferentes, también sabremos seguirlos. Una invitación a nuestro hogar es hacer partícipes a otras personas de una parte de nuestra intimidad. La vida lleva a invitar a cenar. Los antiguos almuerzos con amigos han quedado relegados muchas veces a los domingos. En cambio, las cenas dan oportunidad para estrechar lazos de amistad.

Cuando invitamos a nuestra casa a cenar, debemos saber con anticipación si nuestros amigos tienen alguna restricción alimenticia. Con sentido común se intentará servir platos a todos por igual. El hogar no es un restorán y aunque tenemos facilidades para contratar el menú de una cena por teléfono, lo hecho en casa será una manifestación de delicadeza con los invitados.

Escribí en alguna nota de este blog que la comida en nuestros hogares siempre es buena. En cambio, es mejor cuando tenemos invitados. Son detalles que apreciarán. Por eso, recuerdo una pregunta, que llegó a la radio de un programa mío. Una señora confiaba que su esposo la había regañado porque al despedirse de los anfitriones pidió a la dueña de casa la receta de un plato ofrecido. Como todo es posible, aconsejé que no lo repitiera y así no pondría en la necesidad de admitir que todo había sido comprado expresamente.


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