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Las razones de un plagio

Principio, desarrollo y rápido final de una historia basada en palabras ajenas

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19 de noviembre de 2013 a las 00:00

Cuando le preguntó por qué nunca le había dicho te amo y le propuso que fueran novios, Flavio le respondió con una de esas frases suyas que la habían hecho enamorar perdidamente.

-Sabés qué pasa, Julia, el matrimonio supone renunciar a lo mejor de una mujer a cambio de poderla amar y ser amado. Y el ‘te amo’ es un rezo que, paradójicamente, nunca será escuchado porque se dice en voz alta. Y yo no quiero correr ninguno de los dos riesgos, le dijo con impecable sentido común.

Aunque no le dijera lo que ella le reclamaba, ni protagonizara los hechos que ella quería, Flavio la tenía atrapada con sus palabras. Y eso que fue él quien la invitó a tomar un café aquella primera vez en la que ella le dijo que no quería tener ningún tipo de relación.

Pero, cinco minutos después de haberlo dejado solo sentado en el bar, él le mandó un mensaje de texto con el que empezó a abrirse camino: “Yo que tantos hombres he sido, no he sido aquel en el que desfallecía Julia Arteaga”.
Hasta ella, que nunca se había acercado a los libros más de lo estrictamente necesario, se dio cuenta de la tristeza genial que encerraban esas pocas letras. Y, además, llevaban su nombre grabado.

Por eso aceptó una segunda cita con Flavio. Sentados con un vino de por medio le preguntó cuando se había decidido a tirarle los tejos.
-Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio, le respondió Flavio y ahí Julia sintió que se derrumbaba.

Entonces no pudo evitar las ganas de hacerle el amor. Quería saber si en la intimidad era tan eficaz como con las palabras y se lo llevó volando a su casa. A la mañana siguiente ya estaba enamorada.
Le habló de estupideces, le preguntó cuál era el nombre de eso que les ocurría, le preguntó si solo se trata de una atracción física, lo embadurnó con lugares comunes.
-Yo creo en eso que vos llamás amor físico. Los enamorados creen que se besan y acarician porque se quieren. Pero se quieren para besarse y acariciarse, dijo Flavio.

A la tarde, Julia ya le había dado las llaves de su casa. Cada día por medio, Flavio iba a visitarla y cada vez que se abría la puerta Julia sentía que su alma quedaba más desnuda.
Para mejor, Flavio le dejaba cartas en su mesa de luz en la que le dedicaba versos y pensamientos de su propia cosecha. “Hay que vivir lejos de las cosas feas, no tolerar que la perversa curiosidad nos eche en brazos de cualquier mujer”, le escribió una vez que ella le preguntó si tenía un amante.

Hasta que una noche, Flavio le dejó pegada en la heladera una esquela con un verso precioso. “A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino”.
Era la primera vez que Flavio usaba palabras que no eran suyas para contarle lo que sentía. Julia de libros no conocía nada, pero esos versos los conocía.
-Es sencillo y redondo pero es de Serrat. Me gusta más cuando me dedicás cosas tuyas, le dijo Julia a Flavio a la tarde siguiente.

-Ah, bueno, pero hasta que las canta el pueblo las coplas coplas no son y cuando las canta el pueblo ya nadie sabe el autor, respondió Flavio tratando de sortear la conversación.

Pero la duda ya había sido sembrada en Julia.
Sola en su casa, ella metió en Google todos los versos que le había dedicado Flavio. Aquellos que estaban escritos los introdujo textuales en el buscador de internet. Aquellos que habían quedado flotando en el aire, los rememoró de a retazos. Y, en la pantalla, Julia se empezó a encontrar con Shaw y con Cortázar, con Vallejo y con Bioy, con Bradbury y con Tomás Eloy...

-¿Por qué nunca me avisaste de que las cosas lindas que me dedicabas no eran tuyas?, lo interrogó Julia apenas se reecontraron.
-Mirá, Julia, hay dos tipos de hombres. Están aquellos que con la excusa de la literatura enamoran mujeres. Y están quienes, con la excusa del amor, enseñan literatura. Yo soy uno de estos, le respondió Flavio.

Julia pensó diez segundos y le lanzó una idea de su propio cuño.
-Por qué no agarrás los libros de tu biblioteca, los ponés de canto y te los metés en el culo, le dijo.
Julia se convirtió en una ávida lectora. A Flavio no lo volvió a ver nunca más.

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