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Laura Falero: “El humor no tiene límite, lo ponés vos”

La comediante habló sobre la dificultad de hacer humor con perspectiva de género y cómo encontró en el feminismo la forma de poder trabajar

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14 de noviembre de 2020 a las 11:21

Los espectáculos que propone Laura Falero no son para ir a reírse y olvidarse de todo. Son espacios donde el humor es un camino para impactar en el espectador y lograr una reflexión. Hace 10 años que se sube a los escenarios y crítica los mecanismos del patriarcado para oprimir a las mujeres y otros colectivos minoritarios. Por mucho tiempo cargó con el peso de tener que explicar lo que era el feminismo, y relatar las historias cotidianas de violencia a las que todas las niñas y mujeres se enfrentan. “Esa fue una etapa que superé, una no puede estar estática con su discurso”, dice después de contar que sus trabajos siempre tienen una mirada feminista, pero que eso no quiere decir que aborden temas de género. 

Sus chistes absurdos sobre las prácticas sexuales masculinas lograron que muchas veces los hombres que la iban a ver se pararan y se fueran ofendidos de las salas. También se la señalaba como una mujer que hacía chistes solamente para mujeres. “Somos un gueto. Ellos toda la vida hicieron todo y nosotras siempre consumimos producción hecha 100% por hombres”, advierte. Falero no solo es comediante: es música, y en sus últimas presentaciones está más presente esta faceta a piano y voz.

El espectáculo que presenta este sábado 14 en La Trastienda comenzó a trabajarlo en 2019. Natural trae nuevas preguntas que abordan la apertura de una humanidad en equilibrio con el ecosistema. Problematiza el vínculo que tenemos con las ciudades, el campo y las playas. Y busca cuestionar el rol que los humanos tenemos en el relacionamiento con los animales y las plantas, por eso una de las premisas que maneja es que “el homo sapiens-sapiens como especie se tiene que extinguir”. 

Lleva 10 años dedicada al humor desde un punto de vista feminista. ¿Qué ha cambiado en el público y los espacios que la reciben?

La gente se ha ido entrenando. Se está dando un cambio del sentido común que va hacia el respetar a otras identidades. Las personas empezaron a decir “de esto no me gusta reírme”. Y una tiene que estar abierta a lo que dice la gente, aggiornarse. En mi caso fue muy difícil y distinto, porque me subía al escenario y me miraban con extrañeza. Te hablo de hace 10 años, cuando cuestionaba por qué nos tenemos que depilar, o “disfrazar de mujer” para salir a la calle. Me miraban raro, más en el interior, o me decían que era fuerte el mensaje. Porque hago chistes pero por otro lado estoy interpelando a las personas con el texto. 

El cambio ha sido muy lento, pero no conmigo sino con otros colegas que tenían discursos machistas. A mi lo que me pasaba era que no me entendían, hasta mis propios colegas no me escuchaban. No creo que yo tenga la verdad, pero creo que hay estereotipos que se pueden estimular o no, y también hay ideas que se pueden deconstruir con un discurso desde arriba de un escenario. 

No puedo separar el sentido del humor de la reflexión. El sentido del humor ha sido históricamente el que se ríe del poder. Simplemente nos han enseñado que los chistes de enanos son graciosos o que hacer un número sobre cómo es tener sexo con una persona con cuerpo gordo, es gracioso. A mi eso me parece de un nivel de violencia enorme, pero la gente se acostumbra a reírse de eso y no se lo cuestiona. 

¿Y cómo ha cambiado en sus shows? ¿Cómo se fue formando?

Lo que me sucedió es que venía de un hogar que vivía bajo muchas reglas feministas, sin que tuviera ese nombre. Entonces cuando salgo a la sociedad veo un mundo que no tiene nada que ver con lo que era mi casa. Me doy cuenta de que mi naturalidad no era la de los demás, y eso me generó mucha ansiedad. Los productores me decían “sos una genia, pero no”. Siempre había peros y nadie me quería producir. Por lo general iban por el lado de no ser comercial, o masiva. 

Cuando estaba haciendo radio –estuve casi cinco años con una columna en Rompekabezas, por el Espectador– me empecé a dar cuenta de que la gente me reconocía. En ese momento estaba con el espectáculo Graciosa, pero no logré que nadie me produjera. Nunca lo quise asociar con el hecho de ser mujer, pero no deja de ser real que las que me dieron los espacios para actuar fueron las mujeres, disidencias y sus colectivos. 

¿Cree que hay límites en el humor? ¿Hay temas con los que no se mete por algún motivo?

El humor no tiene límite. Podés hablar de lo que quieras y como quieras. Los límites los pones vos, y tiene que ver con tus valores y la forma en la que ves al mundo. Hay temáticas que no son graciosas para mi, no me gusta burlarme de identidades oprimidas. 

Hay elementos que son cuestionables sobre el reírse de una misma, porque tiene como base la idea de que me burlo primero de mi para que después me dejen opinar. El espectador debería asumir con naturalidad que cualquier identidad, cualquier cuerpo se puede subir arriba de un escenario a hacer reir. Lo otro es que si vos te reís de cuestiones que tiene que ver con tu corporalidad, e intentas generar empatía con los de abajo desde ese lugar, les estás diciendo “todo esto que somos está mal”. Es violento para vos, y violento para los demás, refuerza estereotipos. Y de paso vas odiando tu propia identidad. 

Empezar a cambiar estos relatos es parte de lo que están haciendo las industrias culturales. En mi caso es decir que no quiero más hacer un humor que refuerce la idea de “soy una mujer de 38 años, soltera, sin hijos, que me bajo Tinder para conseguir el amor de mi vida”. Soy Laura, tengo mi vida y soy feliz. 

¿Ha cambiado el lugar de las mujeres en el ambiente? Ahora por ejemplo canal 12 tiene un programa cada 15 días con mujeres haciendo humor. 

Para mí está buenísimo lo de La culpa es de Colón. Salió uno de hombres y es “ah, mirá qué graciosos que son”, y por lo que vi en las redes el de las mujeres recibió críticas. Pero me parece muy bueno que haya un programa de humor en la tele. Algunas son colegas de muchos años, no son ningunas improvisadas, tienen muchos años trabajando. También estar en la tele es una decisión política, es un medio muy complejo a nivel mundial, y si estás lamentablemente te tenés que adaptar a las reglas que imponen sobre tu corporalidad. Pero creo que es muy importante para las personas que miran televisión que exista un programa así, porque habilita a otras mujeres.

 

 

Si bien trabaja con un equipo, hace gran parte de la gestión y logística de los shows. ¿Cómo trabaja eso?

La autogestión fue un resultado de no encontrar quien trabajara conmigo. Llegué a hacerme a mí misma las fotos de prensa con una cámara y un disipador. Me encontré muy sola, y con el tiempo di con un equipo que me acompaña. Si bien la idea es mía, yo trabajo todo de forma circular y colaborativa. Lo que pasa es que la perspectiva feminista y la autogestión es otra forma de trabajar. Antes hacía todo, lo empecé a naturalizar. Cuando terminaba las funciones quedaba muerta, me quería ir a dormir a casa. No me daba cuenta de todo lo que hacía, soy muy autoexigente. Hasta que dentro mismo del feminismo compañeras me empezaron a decir que no estaba bien, que no podía hacer todo. 

Soy mi propio emprendimiento. Estoy siempre en la máquina. Se me da, es parte de mi personalidad y también un privilegio por la carrera que estudié, Licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Entonces grabo un videíto, mando un mail, y después llamo a alguien para hacer un vivo. Estoy siempre haciendo. Creo que la gente no hace porque se pasa buscando a lo que se quiere dedicar. El mundo no es de las personas talentosas, sino de las que hacemos. Muchas veces los talentosos se quedan cruzados de brazos y la vida se les pasa. 

¿Cómo funciona la comunidad de los vivos de Instagram de los miércoles y domingos que surgieron durante la pandemia? 

Fue un fenómeno comunicacional muy interesante, porque llegué a personas que no me conocían y que se identificaban mucho con lo que decía. Para este año tenía un proyecto radial que no salió, entonces lo que hice con “Los Moviditos” fue trabajarlos como un programa con un tema central que se desarrollaba. Me sorprendió, me encontré con mucha gente que estaba muy activa, y que no pude captar antes. Me di cuenta de que estaba haciendo un ejercicio de activar el pensamiento crítico con la gente que me seguía, era una forma de filosofar, de hacer filosofía con lo simple. 

En eso también se metió la performance, que está muy presente en mis shows. Me encontré en plena cuarentena con un test de embarazo vencido, y en ese momento justo habían aparecido muchas voces contrarias a la interrupción voluntaria del embarazo, y charlamos de eso. Y me lo hice. No solo el test estaba vencido, sino que no había tenido relaciones heterosexuales en meses. Además me di cuenta de que nunca me había hecho un test en mi vida y que siempre tuve miedo de hacerme uno. 

A la vez me llegaron muchas historias de mujeres. Fue muy fuerte, es un tema muy tabú. Mujeres a las que le fallan los métodos hormonales y otras que están en relaciones violentas donde la otra persona se niega a usar preservativo, madres que no podían tener más hijos. Pero lo que hice fue un acto performativo. Es realmente muy doloroso por lo que pasamos las mujeres, y cómo la sociedad no entiende lo que pasa por nuestros cuerpo ante un embarazo no deseado. 

¿Cómo surgió la idea del nuevo unipersonal Natural, que problematiza la vinculación con los espacios que habitamos?

Empecé a trabajarlo el año pasado, cuando comenzaron las manifestaciones y las fuertes represiones en Chile. Eso me afectó, me generó una gran tristeza. Lo viví muy de cerca porque un 8 de marzo estuve en Santiago invitada por unas colegas a hacer shows, y quedé vinculada. También pasaron hechos violentos en las elecciones de Bolivia, y acá estábamos en pleno período electoral. Fueron los incendios en Australia. Fue como mucho, y por primera vez sentí un gran dolor por lo que somos nosotros como especie. Me llegó al cuerpo, me vino una alergia. Y dije, bueno esta especie homo sapiens-sapiens se tiene que extinguir, con esa premisa empecé a trabajar Natural. 

Comencé a cuestionarme cómo es el mundo vegetal. Qué pasa con las plantas, cómo funcionan como ecosistema. El árbol, el hongo al lado, los insectos. Y a la vez visualicé la forma en la que la naturaleza está encerrada en la ciudad. Esos árboles que se estiran entre los edificios para agarrar la luz del sol, las plantas que nacen en el medio del cemento. Y es algo triste si te parás y lo observás. 

Fue pensado todo desde un punto de vista ecofeminista. ¿Qué pasa con el reino vegetal? ¿Cómo reaccionan al sol, a la lluvia, a la contaminación? Es un pensamiento feminista que no tiene que ver con cuestiones de género, sino con la idea de raíz, de tierra, de siembra y de funcionar colaborativamente de forma orgánica. Es lo opuesto a la mirada masculina, de conquistar, delimitar, de decir esto es mío. El año pasado lo trabajé y de verdad pensé que si iba a pasar algo, la venganza tenía que venir del lado de los animales y las plantas. Y caemos en una pandemia mundial por un murciélago en una sopa, parece joda. 

¿Con qué nos vamos a encontrar este sábado?

Es un show de humor pero también es un espectáculo muy reflexivo. Siempre tengo al humor como una herramienta para pensar, si querés ir para olvidarte de todo y descostillarte de risa, no vayas. Bueno mejor andá, te vas a reir. Voy a estar con el piano, yo soy pianista y cantante, y la música va a estar presente desde un punto de vista muy íntimo. Tengo también un grupo de artistas que me van a acompañar con unos pequeños números de humor. 

Es un espectáculo antiespecista. Es una crítica al reino animal, a la vibra animal, a la violencia y a la ira como emoción primera. Las plantas no tienen enojo, o bueno, no lo sabemos al menos. 
 

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