Por FT View
Líder interina de Bolivia no debería postularse a las elecciones
El plan de Jeanine Áñez para postularse como presidenta amenaza las esperanzas de un futuro más democrático
El plan de Jeanine Áñez para postularse como presidenta amenaza las esperanzas de un futuro más democrático
Por FT View
Cuando los bolivianos se levantaron y obligaron a su autocrático presidente, Evo Morales, a huir al exilio en noviembre del año pasado después de que intentó robarse las elecciones, las amargas divisiones resultantes amenazaron con sumir el país en el caos. Las negociaciones dieron como resultado un gobierno provisional inestable, el cual logró apaciguar el país a pesar de los llamados de Morales a la insurrección armada y al asedio de la capital. Comenzaron los preparativos para las elecciones presidenciales bajo los auspicios de una nueva e inmaculada comisión electoral. Comenzó a parecer plausible un futuro más democrático en uno de los países menos estables de América Latina.
Ese futuro se encuentra ahora bajo amenaza; no del volátil Morales, quien sigue despotricando desde un puerto seguro en la vecina Argentina, sino de la conservadora presidenta interina del país, Jeanine Áñez. Áñez, una senadora poco conocida del interior, se vio inesperadamente impulsada al poder después de la salida de Morales en virtud de su posición como jefa del senado, cuando renunciaron los funcionarios que estaban delante de ella en la línea de sucesión. Los fundamentos constitucionales para su autoridad eran precarios y su toma de posesión fue improvisada, pero el país anhelaba un nuevo comienzo después de casi 14 años de mandato de Morales. Él había recibido elogios por sus primeras medidas para impulsar los derechos indígenas y redistribuir la riqueza, pero se volvió cada vez más represivo e intolerante.
RONALDO SCHEMIDT / AFP
El ex presidente y los partidarios de su partido socialista MAS intentaron debilitar el gobierno interino desde el principio, alegando falsamente que era producto de un golpe militar. Áñez respondió que su único objetivo era calmar el país y prepararlo para elecciones libres y justas. Para este propósito, obtuvo el apoyo de EEUU, la UE y la mayoría de los bolivianos que buscaban la oportunidad de elegir un nuevo líder en elecciones justas.}
Sin embargo, en cuestión de semanas, el gobierno de transición no electo de Áñez comenzó a comportarse como una administración que disfruta de un respaldo mayoritario en las urnas. Deshizo la política exterior izquierdista de Bolivia, rompiendo relaciones diplomáticas con Venezuela y Cuba. Ordenó el arresto de algunos de los acólitos de Morales y lanzó investigaciones sobre sus presuntos delitos. Derribó estatuas erigidas al ex presidente y renombró edificios que llevaban su nombre.
A finales de enero, Áñez dio una noticia que cayó como una bomba. Se postularía para presidenta en las elecciones de mayo mientras continuaba al frente del gobierno provisional. Tras calificar las tácticas de Áñez de sorprendentemente similares a las de Morales, su ministro de comunicaciones renunció. La presidenta interina no se inmutó. Dijo que Bolivia necesitaba un candidato que pudiera unir al país en contra de Morales y el MAS. Su argumento era engañoso. De hecho, la candidatura de Áñez debilitó, quizás de forma fatal, la campaña de la figura moderada que había encabezado la oposición a Morales, el ex presidente Carlos Mesa.
JORGE BERNAL / AFP
La decisión de postularse socavó la afirmación de su gobierno de que encabezaba una administración interina dedicada a la paz y la celebración de elecciones justas. Planteó serias dudas sobre la imparcialidad de su candidato a la presidencia de la comisión electoral. Lo peor de todo es que amenaza con sumir el país nuevamente en el conflicto.
Después de su historia reciente, Bolivia merece un líder que respete a los opositores políticos y evite la retórica divisionista, y que respete el medio ambiente y los derechos de las mujeres, ambos puntos débiles bajo el mandato de Morales. Sobre todo, el nuevo líder debe ser capaz de unir a una nación étnica y políticamente dividida en torno a un futuro democrático, inclusivo y próspero. El mayor servicio que Áñez podría hacerle a su afligido país es guiarlo de forma segura por unas elecciones libres y justas, y luego renunciar.