El clima de Lima es templado y muy húmedo, ya que se encuentra en la zona del litoral y está rodeada de desiertos y cercana a la línea ecuatorial. Se acaban los chistes y pregunto en serio por la manutención de la ciudad. Resulta que el río Rimac brinda el 75% del agua, y que el 60% de la electricidad utilizada proviene de energía hidroeléctrica.
Por la ventanilla, observo canteros y jardines que mezclan las tunas con flores coloridas. Pero hay algo más omnipresente en la ciudad que la ausencia de agua: los terremotos y temblores que sacuden Lima periódicamente. Durante todo mi viaje surgen temas relacionados a estos acontecimientos: cuándo fue el último, qué destruyó, que sobrevivió, qué es original o que es una réplica. No me puedo imaginar estar en sus pies, por más esfuerzo que haga. En mi interior, quería vivir un temblorcito para ver cómo se sentía. Obviamente, uno que no hiciera daño a nadie y que no afectara nada. No tuve suerte....o sí.
Ahora con el tema de que el papa Francisco es argentino parece que todo el mundo es religioso. Pero cuando viajé, el papa era Benedicto. Y asimismo me impactó muchísimo la religiosidad de los peruanos. En todas las casas y quiosquitos de suvenires, por lo menos la mitad de ellos son de vírgenes católicas: en adornos, imanes, llaveros y remeras. La catedral limeña me sorprendió por su majestuosidad, tiene una mezcla de estilos increíble, cargada de mucha historia. Sus catacumbas son angostas y oscuras galerías en las que se ven huesos humanos que fueron encontrados allí. No les recomiendo descender a ellas si sufren de claustrofobia o se impresionan fácilmente.
La catedral, al igual que la mayoría de las construcciones antiguas, se diseñó pensando en los temblores; tiene un primer piso de adobe y un segundo piso de caña, todo muy liviano y flexible. Está en la plaza Mayor, la magnífica y elogiada plaza que además de por la catedral, está rodeada por el Palacio de Gobierno, la municipalidad de Lima, el Club de la Unión y varias tiendas y comercios.
Es todo muy limpio y muy prolijo. Una peculiaridad que está establecida: no se pueden realizar manifestaciones en la plaza ni pueden haber vendedores ambulantes. Me llama la atención la poca sombra que hay, es una ciudad sin árboles en general.
En Lima, los vestigios preincaicos e incaicos, lo colonial y lo contemporáneo se mezclan de manera armoniosa: autopistas y un edificio de 30 pisos hipermoderno junto a construcciones españolas y esculturas que homenajean a las culturas Moche o Chimú. Diferencias que no desentonan, al contrario, llenan de encanto la ciudad
Mirá, ¡flores!
En la tarde visito el barrio residencial y comercial Miraflores. Llego al Parque del Amor, donde la escultura El beso, del famoso artista plástico Víctor Delfín, lo hace especial. Se nota que tiene una vida cultural bastante activa, leo carteles que dicen “Música en tu parque”, “Programas de baile en la plaza, para todos”.
El parque es espectacular, supercuidado, y desborda de flores de colores. Le comento a una señora que está sentada en un banco de madera lo bello que me parece su parque y me dice: “Ahora los peruanos entienden que es lindo venir al parque a disfrutar y no a cortar las florecitas para llevarlas a la virgencita” (nuevamente aparece la religiosidad peruana). Charlando con ella, me cuenta que todos los viernes a las cuatro de la tarde sale un tour que se llama Por las rutas de Vargas Llosa. No es viernes, no puedo hacerlo.
Me quedo un rato contemplando el mar y, de regreso, entro a una feria de artesanías, parada obligatoria. Todo lo que hacen, tejen y fabrican tiene reconocimiento mundial, son productos únicos. Ya me habían aclarado que tenía que regatear. Odio regatear, no me sale, pero tampoco podía ser la ingenua que paga el doble del precio real. Terminé regateando un gorro de lana típico, que salía 40 soles y llevé a 35. Si supiera regatear, probablemente me habría costado menos. De ahí al aeropuerto, a tomar el avión que me llevaría a Trujillo.
Trujillo
Primera impresión: un balneario pintoresco. Trujillo es una ciudad que está en la costa, tiene playa y convive armónicamente con ciudades preincaicas impactantes. Los peruanos de hoy son herederos de grandes civilizaciones: inca, paracas, nasca, wari, moche, chimú, tiawanako y son grandes culturas que hoy asombran al mundo.
Primera parada: la playa de Huanchaco. Está tan concurrida que no hay lugar donde sentarse. Primera sorpresa: una cantidad de canoas embarcadas en el mar, y otra igual de grande paradas en la costa. Las utilizan para pescar. Se parecen a los kayaks, son construidas con juncos acuáticos, muy rústicas, y ellos las llaman caballitos de totora. Converso con un pescador que está acostumbrado a que lo miren, mientras arma su red con carnadas. Le pregunto por ese kayak tan particular, y me entero que, en el único hueco existente, donde yo asumí que iba el pescador, van los pescados. Pienso que el alimento o el fruto del trabajo viaja en el asiento vip. Esta forma de pescar es una tradición heredada de los moches.
En camino a las famosas huacas, voy escuchando música instrumental de la zona, que genera el ambiente sonoro perfecto. Huaca es una palabra en quechua (dialecto indígena), y significa “lugar sagrado”. Los peruanos le dicen huaca a todas las construcciones arqueológicas que tienen en su entorno.
Llego a la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna, que pertenecieron a la cultura moche, que vivió entre los años 200 y 800. Lo que se ve es una construcción enorme hecha de barro, agua, cañas y conchas marinas. Los moches machacaban con los pies y ponían la mezcla en cuadrados que dejaban secar al sol, sin hornos. Así generaban sus bloques de construcción y a la vista hoy es todo armonioso, parece un castillo salido de debajo de la arena. Este lugar es una novedad hasta para los propios peruanos, recién en 1991, los arqueólogos empezaron a trabajar y descubrieron esa ciudad que yacía bajo la arena. En estas huacas en particular se han encontrado tumbas, fachadas, dibujos de dioses. Los arqueólogos calculan que vivían allí 6.000 personas, aproximadamente.
Otra vez me sorprende la falta de agua: hoy en día en Trujillo llueve cada 10 años. En la época moche, las lluvias se daban cada 80-100 años. Si tenemos presente que el promedio de vida de un moche era de 40 años, con suerte la persona veía llover una vez en su vida, algo totalmente espectacular. Cuando llovía, los sacerdotes decían que los dioses estaban enojados, y los moches hacían sacrificios. Se encontraron 70 cuerpos sacrificados.
Una de las cosas que más me impresionó en la visita es ver cómo, después del fenómeno del Niño, tapaban el piso de sus viviendas con adobe y barro y hacían otro piso arriba que duraba hasta las siguientes lluvias.
Los sacerdotes fueron durante mucho tiempo los líderes de la sociedad moche, organizaban la vida en la ciudad y el trabajo de los artesanos. Se vestían con trajes especiales y adornos de metales preciosos, con incrustaciones y complejas iconografías. Todo esto y mucho más, se puede ver en el museo que hay antes de entrar a las huacas. Los guías muestran las piezas encontradas por los arqueólogos y la base de sus hipotéticas historias. Luego, es mucho más fácil recorrer las huacas, con todas las historias, uno libra la imaginación, y camina como si estuviera dentro de la ciudad cuando estaba habitada y viva.
Chan Chan
Nada que ver con las huacas, pero igual o más alucinante es visitar Chan Chan, una ciudad de 444 metros de largo y nueve palacios. En Chan Chan se escucha el mar, que está a solo un kilómetro de allí. Es la ciudad de barro más grande del mundo.
El Palacio Nikan es el único que se puede visitar, es la casa del centro del antiguo territorio chimú, que data desde el 900 al 1470. Todos los muros tienen diseños, hechos también en barro, que hacen referencia al horizonte, al mar, a los peces, a las aves, a las nutrias o las ardillas. La entrada es como un laberinto, dicen que era para confundir a la gente que entraba. Cada espacio, cada dibujo, cada asiento o construcción, por más chica que sea, tiene su interpretación hipotética. Más que de barro, el palacio –al igual que todo Chan Chan– parece un castillo de arena, el color de este barro no es marrón, es beige bien clarito. Al recorrerlo, me siento como una hormiga en los castillos que arman los niños en la playa. En especial cuando estoy rodeada de muros de varios metros de altura.
Y así se me fueron los tres días. Disfruté de una gran variedad de colores, paisajes, sabores, aromas y texturas increíbles. Viajé al pasado y entendí cómo vivían culturas que no sabía ni que habían existido.
Me permitió reflexionar de donde venimos, el porqué de nuestro mix “latino”, nuestro mix diferencial del resto del mundo que compartimos todos los latinoamericanos. Si bien fue poco el tiempo para poder conocer su cultura profundamente, pude sumergirme y traerme a casa experiencias, conocimiento. Y sin duda volví motivada para seguir viajando, seguir escapándome y… volver a Perú.