20 de mayo de 2015 20:18 hs

Pocas cosas le gustan tanto a Cristina Fernández de Kirchner como cortar la cinta de una fábrica o anunciar la llegada de dólares para invertir. Era una costumbre que estaba perdiendo, debido al alejamiento de los grandes grupos económicos.

Y, por eso, intentaba compensar esta falta de grandes anuncios con la apertura de pequeños negocios, algo que le valía críticas por parte de la oposición.

Sin embargo, en las últimas semanas ha vuelto a tener la posibilidad de anunciar proyectos industriales de porte. Por ejemplo, con la puesta en marcha de nuevos modelos de autos por parte de Honda y de Renault.

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Y lo cierto es que, a pesar de que la tónica de la economía sigue siendo de estanflación, hay algunas señales optimistas.

El último reporte del Estudio Ferreres indica que en marzo hubo un crecimiento de 4,5% en la inversión bruta y que, de esa forma, se llegó a una tasa de 21% sobre el PIB.

¿De quién es el mérito?
Claro que otro debate muy distinto es quién tiene el mérito de estos brotes verdes. La presidenta, con la habilidad retórica que la caracteriza, ha presentado estos anuncios como una señal de confianza hacia la política económica del gobierno.

Sin embargo, ni bien Fernández planteó este tema aparecieron los analistas con el argumento opuesto: los proyectos en la industria automotriz requieren tiempos largos, y el hecho de que se haya hecho este anuncio cuando faltan ocho meses para el cambio de gobierno, no habla tanto de la confianza en el escenario económico actual, sino de la fe en una mejora del contexto para el año próximo.

Quienes sostienen esta postura muestran el caso de Fiat, que está anunciando inversiones en la región, pero prefiere esperar al cambio de gobierno para oficializar la puesta en marcha de un nuevo modelo en la planta de Córdoba. “Debemos aguardar un nuevo ciclo”, fue la sugestiva frase de Sergio Marchionne, CEO global de la automotriz italiana.

Hay, además, quienes afirman que buena parte de la inversión que hubo en los últimos años no fue totalmente voluntaria sino que se produjo porque el gobierno, al limitar la posibilidad de enviar dólares al exterior, no les dejó otra alternativa.

El economista Nicolás Dujovne observa que como consecuencia de ese cepo el flujo de pagos externos privados bajó desde un nivel de US$ 4.500 millones anual, a otro de US$ 1.300 millones.

“Por esta vía habría atrapados en la Argentina unos US$ 8.000 millones si tenemos en cuenta que algunas empresas terminaron reinvirtiendo una parte de esos fondos en activos locales ilíquidos”, argumenta.

Y, para colmo, también hay un coro de voces enojadas frente a una de las principales fuentes de inversión: China.

Según Jorge Vasconcelos, economista jefe de la Fundación Mediterránea, el próximo presidente se encontrará con la desagradable noticia de que la contracara por las inversiones chinas será un déficit de US$ 7.000 millones en la balanza bilateral.

Las mismas críticas se pueden encontrar cuando se observan las “victorias” en el plano de las inversiones financieras. Los economistas críticos afirman que el gobierno también distorsiona el verdadero motivo por el cual se está produciendo una mejora en la cotización de los bonos y se está notando una mejor disposición del mercado a prestarle dinero al país.

Los analistas argumentan que el “auge” financiero argentino –que permitió el ingreso de US$ 3.000 millones a las arcas del Banco Central– se debe a que, cuando llegue el momento de pagar, ya habrá otras caras poblando la Casa Rosada.

El cambio de clima
La polémica, sin embargo, está lejos de agotarse en el punto de si el modelo K ahuyenta o atrae los recursos del sector privado.

Porque el gran tema que asoma en la campaña electoral es hasta dónde son fundadas las visiones optimistas de que un mero cambio de gobierno podría traer una ola inversora.

De hecho, no son pocos quienes creen que, con un entorno político “market friendly”, la economía debería despegar.

En su momento, fue muy comentado un reportaje realizado en una radio argentina al expresidente uruguayo Jorge Batlle, quien afirmó que “solo con tener un gobierno normal, la Argentina se recupera”.

Este punto de vista parece ser compartido por el influyente Javier González Fraga, quien en una reciente entrevista con Infobae TV afirmó que “podrían venir inversiones por US$ 200.000 millones en cuatro años, para Vaca Muerta; proyectos mineros; y otros que se sumarán a la repatriación de capitales de argentinos en el exterior”.

Pero advirtió que la condición necesaria para que esto ocurra es que se den señales de equilibrio fiscal y que haya una negociación con los fondos buitre.

De todas formas, hay quienes creen que con eso solo no bastará. Por caso, Enrique Szewach, a raíz de la polémica por el Impuesto a las Ganancias, advirtió que para que haya una inversión del sector privado que genere trabajo genuino será necesaria una revisión de la política tributaria.

“Los impuestos al capital tienen que parecerse mucho a los que predominan en los países limítrofes, para evitar, salvo en sectores con ventajas competitivas muy evidentes como el agro, o la minería, o algunos rubros energéticos, que el capital se mude a países que ofrecen un mejor margen de rentabilidad neta”, argumenta Szewach.

Otro analista influyente, Roberto Cachanosky, también previene la tendencia a “enamorarse del cambio de expectativas”.

Y recurre a la comparación con el traspaso de gobierno, del menemismo a la Alianza de Fernando de la Rúa: “En el inicio de 2000, primero se armó el blindaje y luego el megacanje. Se partía del falso supuesto que el mayor endeudamiento era sustituto de las reformas estructurales. Que al conseguir el crédito se podían financiar los desequilibrios de la economía y no hacía falta ninguna reforma de fondo”.

Claro que, en plena campaña electoral, ni al oficialismo ni a la oposición les interesa difundir estas visiones pesimistas. Es por eso que, en los discursos de los candidatos, solo se oye hablar de la lluvia de inversiones que está por venir.

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