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Los argentinos, esos anormales.

El episodio de la pastera es una cuenta más de un rosario desaforado al que no piensan renunciar.

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08 de octubre de 2013 a las 00:00

Ante el conflicto entre Uruguay y Argentina por la pastera sobre el río Uruguay, el expresidente colorado Julio María Sanguinetti dijo que la gente que vive en la otra orilla “necesita un gobierno con gente racional y normal”.

Seguramente esa percepción debe ser muy parecida a la que tienen buena parte de los uruguayos. No por nada Sanguinetti fue elegido por dos veces presidente de la República. Así que, en el sentido más uruguayo de la palabra, los uruguayos son, efectivamente, más normales que los argentinos.

Tal vez porque a principios del siglo XX tuvieron la suerte de encontrarse con un José Batlle y Ordoñez que modeló una socialdemocracia en donde las clases altas y las menos agraciadas vivieron en armonía durante muchos años compartiendo la misma educación y casi los mismos derechos.

En cambio, en la Argentina anormal los pobres consiguieron a los piñazos algunos derechos básicos -ya bien avanzado el siglo XX- gracias al primer gobierno de Juan Domingo Perón que, entre sus muchos gritos de guerra, tenía el de “alpargatas sí, libros no”.

Pero, pese a las consignas peronistas muy poco ilustradas, la anormalidad argentina parió algunos de los mejores artistas del planeta, mientras que la intelectualidad moderada uruguaya pervivió, hasta ahora, con escritores de media tabla.

Cuando el continente se prendió fuego, los uruguayos normales y los anormales argentinos engendraron dictaduras más o menos bestiales en sus métodos.
Pero los desaforados dictadores argentinos se metieron en una guerra y se tuvieron que ir antes que los más cuidadosos uniformados uruguayos que llegaron antes al poder y se retiraron después.Entonces, el moderado presidente Sanguinetti encabezó una transición negociada con los golpistas, en tanto que el también moderado, pero argentino, Raúl Alfonsín metió preso a buena parte de la junta de generales.
Con los 90 llegaron los liberales. Acá no privatizaron casi nada; allá vendieron casi todo.

Cuando el continente comenzó a girar hacia gobiernos calificados como “de izquierda”, los uruguayos eligieron a Tabaré Vázquez y a José Mujica quienes mantuvieron y mantienen una relación más que aceptable con la mayoría de sus adversarios.

En Argentina, buena parte de los votantes enfilaron detrás del kirchnerismo que –en nombre de Perón, como casi todo lo que se hace en Argentina- se empezó a dar de punta contra poderosos sectores de la economía. Es decir, quienes aquí son adversarios que se juntan sin problemas a comer un asado en el quincho más cercano, allá son todo lo enemigo que se puede ser dentro de las reglas de una democracia.

Ahora, la actitud del gobierno de Cristina Fernández frente a la decisión de Mujica de autorizar el aumento de la producción de la pastera de UPM, representa un nuevo motivo de crispación entre los argentinos.
De un lado, los que consideran que Cristina tiene razón y que la papelera contamina más de lo que se cree. Del otro, los antikirchneristas advierten que, otra vez, a la presidenta se le fue la mano.

En Uruguay, casi todos se encolumnan detrás de Mujica y esperan que este entuerto no termine perjudicando a la selección de fútbol en el último partido de las eliminatorias.

Los gobernantes argentinos, además, se están peleando con medio mundo, mientras que los uruguayos le tienden la mano a Rockefeller, al papa Francisco, a Nicolás Maduro y al que raje. Por eso, confiamos en los finlandeses y ni se nos pasa por la cabeza que vayan a contaminar el río.

Los argentinos, y esto es bien sabido, protestan por cualquier cosa y los asambleístas de Gualeguaychú son un botón más del chaleco. A los uruguayos nunca se les hubiera pasado por la cabeza una protesta semejante. Ni siquiera si al armatoste que echa humo se los hubieran puesto en la isla de las Gaviotas.

Es verdad: los uruguayos, comparados con los argentinos, son muy normales. Y las personas normales tienden a la tranquilidad y a la ausencia de conflictos y de desmesuras. Una serie de virtudes que, cuando se las practica con demasiado esmero, nos ahorran malas noticias pero también nos olvidan en el andén de las buenas novedades.

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