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16 de marzo 2023 - 16:00hs

Por Martin Wolf

Los bancos quiebran. Cuando lo hacen, los que corren el riesgo de sufrir pérdidas claman por un rescate por parte del Estado. Si los costos amenazados son lo suficientemente grandes, lo conseguirán. Es así como, crisis tras crisis, hemos creado un sector bancario que en teoría es privado, pero que en la práctica está bajo la tutela del Estado. Éste, a su vez, intenta frenar el deseo de accionistas y directivos de explotar las redes de seguridad de las que disfrutan. El resultado es un sistema esencial para el funcionamiento de la economía de mercado, pero que no se atiene a sus normas. Esto es un desastre.

Necesitas dinero para comprar las cosas que quieres. Esto es cierto para los hogares y para las empresas, los cuales necesitan pagar a proveedores y trabajadores; por eso las quiebras bancarias son calamidades. Pero los bancos no están diseñados para ser seguros. Aunque se supone que sus pasivos de depósito son perfectamente seguros y líquidos, sus activos están sujetos a riesgos de vencimiento, crédito, tasas de interés y liquidez. Los bancos son instituciones que funcionan bien durante los buenos tiempos. Durante los malos tiempos ellos quiebran, conforme los depositantes salen corriendo.

Con el tiempo, las instituciones del Estado han respondido a la incapacidad de los bancos para proporcionar el dinero seguro que sus depositantes esperan. En el siglo XIX, los bancos centrales se convirtieron en prestamistas de último recurso, aunque supuestamente a una tasa de penalización. A principios del siglo XX, los gobiernos garantizaban los depósitos más pequeños. Luego, durante la crisis financiera de 2007-09, en efecto pusieron todos sus balances detrás de los bancos. El sistema bancario en su conjunto se convirtió, inequívocamente, en una parte del Estado. A cambio, se aumentaron los requisitos de capital, se endurecieron las normas de liquidez, y se introdujeron pruebas de resistencia. Entonces todo iría bien. O no.

La quiebra del Silicon Valley Bank (SVB) demuestra que hay agujeros en el dique regulador estadounidense. Eso no es una casualidad. Es lo que habían pedido los grupos de presión: líbrennos de regulaciones onerosas, ellos clamaron, y produciremos milagros de crecimiento. En el caso de este banco, lo que destaca es su dependencia de depósitos no asegurados y su apuesta por bonos de larga duración supuestamente seguros. A fines de 2022, SVB tenía US$151.6 mil millones en depósitos nacionales no asegurados frente a unos US$20 mil millones en depósitos asegurados. El banco también tenía pérdidas significativas no realizadas en su cartera de bonos, a medida que subían las tasas de interés. Al juntar estas dos cosas se volvió probable que se produjera una corrida bancaria: las ratas siempre abandonan los barcos financieros que se están hundiendo.

Quienes no logren escapar a tiempo clamarán por un rescate. Puede resultar divertido que los que desesperadamente están pidiendo un rescate esta vez hayan sido los libertarios de Silicon Valley. Pero pocas personas son capitalistas cuando se ven amenazadas por la pérdida de dinero que consideraban seguro, y nadie es mejor que un capitalista para explicar cuán esencial es su riqueza para la salud de la economía. Los depositantes no asegurados han sido debidamente rescatados en SVB y en otras instituciones. Esto elimina otra fuente más de disciplina del sector privado sobre los bancos.

Sin embargo, SVB sólo era el 16 banco más grande de EEUU. Ésta es, después de todo, la razón por la que había quedado fuera de la red reguladora aplicada a los bancos sistémicamente más significativos. Era convenientemente no significativo en vida, pero se convirtió en sistémicamente significativo en la muerte. La Reserva Federal (Fed) también se ha ofrecido a hacerles préstamos a valor nominal a los bancos que necesiten liquidez. Se trata de "recortes" negativos — llamémoslos "implantes" — a bancos que necesitan préstamos de emergencia. Más allá de esto, el presidente Joe Biden ha afirmado que "haremos lo que sea necesario". Es cierto que, esta vez, no se rescatará a los accionistas ni a los tenedores de bonos. Además, se supone que las pérdidas correrán por cuenta del sector bancario en su conjunto. Sin embargo, las pérdidas vuelven a estar parcialmente socializadas. ¿Alguien duda de que la socialización se profundizará si la crisis también lo hace?

Naturalmente, la gente se pregunta qué significa este nuevo choque. Algunos analistas creen que la Fed ya no endurecerá la política monetaria este mes. Lo que está claro es que hay mucha incertidumbre, lo cual puede justificar el retraso de endurecimiento adicional. Pero reducir la inflación sigue siendo esencial: el índice de precios al consumidor estadounidense aumentó un 6 por ciento interanual en febrero.

En estos momentos, sin embargo, el tema importante no es qué va a pasar con la economía, sino qué va a pasar con las finanzas. Es bueno que el miedo se haya reavivado en el sistema financiero. La ansiedad creada por los pequeños choques hace que las grandes crisis sean algo menos probables. También existen lecciones adicionales: los bancos siguen siendo tan vulnerables como siempre a corridas bancarias y, les guste o no, los depositantes no asegurados no desaparecerán en una quiebra. La confianza en la seguridad de los depósitos es demasiado importante, económica y políticamente.

Entonces, ¿cómo debe reflejarse en la política esta nueva evidencia de hasta qué punto el Estado respalda a los bancos, incluso en tiempos relativamente normales? Una respuesta sencilla es que la regulación de los bancos sistémicamente significativos debe extenderse a todo el sistema. Otra es que los depósitos deben colocarse por encima de cualquier otra deuda en caso de insolvencia para reflejar su importancia social y económica. Otra respuesta es que los balances siempre deben reflejar la realidad del mercado. Por último, los requisitos de capital deben ajustarse en consecuencia. Si el capital de los bancos se encuentra demasiado bajo, según valoraciones del mercado, debe aumentarse con prontitud.

La lección fundamental que tenemos que volver a aprender es que, incluso en una modesta crisis, no se pueden sacrificar los depósitos, y las normas sobre los recortes para la provisión de liquidez se desecharán. Los bancos están bajo la tutela del Estado en parte porque son el núcleo del sistema crediticio, pero aún más porque sus pasivos de depósito son políticamente muy importantes. La unión de activos de riesgo, a menudo ilíquidos, con pasivos que tienen que ser seguros y líquidos dentro de instituciones descapitalizadas, con fines de lucro y que pagan bonos, reguladas por sectores públicos políticamente serviles, y a menudo incompetentes, representa una potencial calamidad.

La banca necesita un cambio radical. La semana que viene hablaré sobre cómo conseguirlo.

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