5 de enero de 2013 20:21 hs

La pregunta se la hacen 28 millones de venezolanos y, al menos, un uruguayo. ¿Qué pasará en Venezuela si Hugo Chávez abandona el poder obligado por el cáncer que padece desde 2011?

“Tengo las interrogantes que puede tener cualquiera (...) Chávez tiene una enorme influencia en el mundo de los pobres venezolanos y dentro de las Fuerzas Armadas y lograr una figura que concite ese apoyo se verá, tiene sus interrogantes”, dijo recientemente el presidente José Mujica.

Con Chávez, el tablero latinoamericano temblaba. Sin él, mucho más. La incertidumbre es la gran fuerza telúrica. Días pasados, el mandatario colombiano Juan Manuel Santos declaraba sobre un eventual cambio de poder en Venezuela: “Lo que sería terrible es que esa transición no fuera fácil, fuera problemática, entonces eso generaría problemas en la región”.

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Entretanto, un despacho de Brasil afirma que la presidenta Dilma Rousseff teme un “boicot” chavista a las elecciones presidenciales que, según dicta la Constitución en caso de falta absoluta del jefe de Estado, deberían celebrarse para encontrar al sustituto de Chávez, quien el 7 de octubre ganó unos comicios que le aseguraban seis años más en el poder. Viendo desde arriba y con suma prudencia, Washington se ha limitado a pedir que se respete la Carta Magna venezolana.

Las democracias tienen como virtud ser predecibles y un tanto aburridas. En teoría, parte de las respuestas a las interrogantes de Mujica y el resto de sus colegas del hemisferio está en el artículo 234 de las Constitución venezolana: si se produce una falta absoluta del presidente antes de que tome posesión del cargo (la fecha que establece para este acto es el 10 de enero) o durante los primeros cuatro años de su gestión, se procederá a una nueva elección dentro de los treinta días consecutivos siguientes.

Pero la revolución bolivariana tiene de todo, menos ser predecible y aburrida. Como también lo señaló Mujica, Chávez es un “caudillo”, nada más y nada menos, que se presentaba ante el mundo como el hijo del padre revolucionario, Fidel Castro, y prometía gobernar hasta el año 2030 para derrotar al capitalismo global y conducir a las masas a la tierra prometida del socialismo del siglo XXI.

Todo eso se ha esfumado (o casi) y ante la retirada del hombre fuerte, se desatan las pasiones y las luchas por el poder en la nación que posee bajo su suelo las mayores reservas petroleras del universo. Antes de partir a Cuba, en una cadena de radio y televisión, Chávez lanzó la bomba. Intentando dejar todo atado y bien atado, el comandante legó en vida su bien más preciado: el poder.

El ungido fue Nicolás Maduro, canciller desde hace seis años y nombrado vicepresidente de la República en octubre. Luego de elogiar a quien designó su sucesor, Chávez envió un mensaje a sus seguidores: “Patriotas de Venezuela, hombres y mujeres, con rodilla en tierra. Unidad, unidad, unidad de los patriotas”.

Pero tan pronto despegó el avión rumbo a La Habana con el paciente, comenzaron los rumores de división dentro del movimiento. Para atajarlos, Maduro ironizó: “Todos los días dicen que Diosdado (Cabello), Elías (Jaua), Nicolás y Rafael (Ramírez) estamos peleados. Que Diosdado es Stalin y yo soy Trotsky. Ridículos, ridículos y más ridículos esa derecha”.

Esos son los cuatro jinetes del chavismo. Un cuarteto que hasta la fecha converge en dos puntos: la lealtad al líder supremo y la acumulación de poder. Ramírez lleva ocho años controlando el corazón de la economía nacional: Petróleos de Venezuela. Además, Chávez puso sobre sus hombros la coordinación de la Misión Vivienda, plan clave para hacer frente al déficit habitacional.

Jaua no tiene en este momento cargo en el gobierno y viene de sufrir una dolorosa derrota en las elecciones por la Gobernación de Miranda, estado que logró mantener en sus manos el líder opositor Henrique Capriles. Estuvo al frente de la Vicepresidencia por más de dos años, hasta que fue reemplazado por Maduro. También ocupó el Ministerio de Agricultura, donde encabezó la política de expropiaciones o “recuperación” de tierras, y es el símbolo de la “izquierda radical” que acompaña a Chávez.

Por último (aunque no de último) está Cabello. Como teniente del Ejército, participó en el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992. De él se ha dicho de todo. La izquierda más radical siempre lo ha identificado como el vocero de la “derecha endógena”. Si poseyera la mitad de los bienes que se le atribuyen sería el hombre más rico de Venezuela. Visto como el poder detrás del trono, hoy es el primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela y el jefe del Poder Legislativo. Y un detalle: su promoción ascendió este año al rango de General de Brigada y estará activa en el Ejército hasta 2020. Consciente de todo lo que se comenta a sus espaldas, Cabello declaró: “todos los que estamos con Chávez en las buenas y en las malas tenemos que acompañar a Maduro. Si creen que si Maduro y yo vamos a pelear, van a pasar 2.000 años para que lleguen al poder. Yo soy leal a Chávez”.

Pretendía apaciguar los ánimos, pero estas palabras fueron como leña al fuego de los rumores que abrasa al país.

En esta historia también hay una oposición. Golpeada y disminuida, es cierto, pero con vida. Concentrados en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), los adversarios de Chávez vienen de sufrir dos golpes terribles: la derrota en las presidenciales del 7 de octubre y el varapalo de las regionales el 16 de diciembre, donde solo ganaron tres de 23 estados y perdieron sus bastiones de Zulia y Táchira.

En ese trío de sobrevivientes destaca Capriles Radonski, quien tras fracasar ante Chávez triunfó al conseguir la reelección en Miranda.

El dirigente político de 40 años es prácticamente la única carta que tiene la oposición y debe repetir como candidato en unos eventuales comicios presidenciales.

Ya ha vencido a dos de los delfines chavistas.

En 2008 le arrebató la Gobernación de Miranda a Diosdado Cabello y el 16 de diciembre la retuvo ante Elías Jaua. Ahora lo espera Nicolás Maduro, abanderado presidencial del PSUV por voluntad nada menos que de Chávez.
Sobre la alianza opositora y Capriles Radonski han llovido toda clase de críticas, proferida la mayoría de ellas por los voceros del oficialismo.

Empero, está claro que en estos momentos nada supera a la MUD como estructura de articulación y nadie tiene más votos que el gobernador de Miranda. Mientras capea el temporal interno, la oposición mantiene reuniones para forjar un “acuerdo de gobernabilidad” y busca corregir las fallas de organización para batirse ahora contra el representante del gobierno.

La tarea no es sencilla. Ya no estará Chávez, el caudillo, pero sí la maquinaria del PSUV y toda el peso del Estado venezolano -Pdvsa y Fuerzas Armadas incluidos- imponiéndose para garantizar la continuidad de la revolución.

Pero antes de llegar a ese escenario, saltan unas cuantas preguntas: ¿qué pasará el 10 de enero, fecha en la que debe asumir Chávez su nuevo mandato? Pese a lo que dice la Constitución, ¿el Tribunal Supremo de Justicia le otorgará una prorroga al mandatario? ¿Superará Chávez este trance? ¿Cómo reaccionará el pueblo ante su ausencia definitiva? ¿Y los militares?

Como dicen aquí en Venezuela: lo más seguro es que quién sabe.

(*Pedro Pablo Peñaloza es analista pólitico del diario El Universal de Caracas)

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