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Los flechazos prosperan en espacios pequeños

Si Tinder se basa en la primera impresión, entonces trabajar en un crucero es sobre la impresion número 15, o la 29

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16 de febrero de 2020 a las 05:00

Colleen Kinder 

 

Entre los muchos apodos por los que Erik me llamaba, el que menos me gustaba era “Tinder”. Lo había elegido no solamente porque rimaba con mi apellido, sino porque, como bien sabía, yo había tenido muchas citas en línea antes de huir y aceptar este trabajo en un crucero.

El empleo parecía diseñado a partir de mis fantasías: iba a impartir clases de escritura en Semester at Sea, mientras nuestro crucero de siete pisos navegaba hacia el oeste, de California a Inglaterra, cruzando tres océanos y visitando una docena de países. En el mar, me distanciaría de Brooklyn y la constante sensación de que algo faltaba en mi vida allí, porque tenía más de 30 años y seguía sin pareja.

Erik era profesor de música en el barco, pero tardamos medio océano Pacífico en cruzarnos. Más bajo que yo y un poco más joven, Erik era la clase de tipo que se sabía la fecha de cumpleaños y de muerte de Kurt Cobain, además de su talla de zapatos. Yo por lo general vestía un mono azul; Erik lucía genial en unos pantalones cortos y ceñidos de mezclilla. En Tinder, no hubiéramos deslizado a la derecha.

Cruzar el Pacífico toma alrededor de tres semanas, tiempo más que suficiente para desarrollar claustrofobia. Controlaba la mía escondiéndome en una esquina de la cubierta 5, donde solo quedábamos el rugir del mar y yo. Pero resultó que la cubierta 5 también era el lugar de escape de Erik: un tramo de 8 metros en el que trotaba una y otra vez, desesperado por ejercitarse. Tarde o temprano, en nuestras soledades, nos íbamos a encontrar.

Lo que pasa con los barcos es que te ofrecen muchas oportunidades para encontrarte con las personas. En tierra firme, las primeras impresiones lo son todo. En el mar, la impresión número 15, o la 29, es la que cuenta. Se trata más de los espacios reducidos que crean la atmósfera para realmente conocer a una persona. Para darte cuenta de que quizá leíste las señales demasiado pronto.

Las citas en línea me habían hecho rechazar rápidamente a cualquier hombre que no coincidiera con el prototipo de mi pareja soñada: un hombre tierno con una capacidad impecable para escuchar y un ingenio perverso. En cada aplicación que usé, la tarea era filtrar, delimitar, eliminar. Siempre habría más opciones, así que ¿por qué no seguir buscando? En el mar, una vez que guardé mi inútil teléfono en una gaveta, fue donde me di cuenta de cuán opresor era todo ese proceso de elección.

Cuando mi gordo teléfono del camarote de plástico sonaba en las noches, podía responder diciendo: “¿Qué hay?”, pues sabía que era Erik. Cuando hablábamos, su voz grave sonaba extrañamente cercana, justo en el lóbulo de mi oreja. Podrían pasar fácilmente 40 minutos antes de que colgáramos.

En Brooklyn, siempre que mi compañera de cuarto y yo regresábamos a casa tras una cita aburrida, decretábamos nuestro veredicto con una frase: “No hubo sensación de infinitud”. Con Erik sentía infinitud, aunque no por compatibilidad. Me intrigaba y yo a él. Era brusco y sin censura, sin los modales gentiles y calmados que estaba segura de necesitar en una pareja. Erik nunca tuvo la intención de herir mis sentimientos, simplemente no los conocía de manera intuitiva.

Desafiarme era como un deporte para Erik. Siempre que mencionaba mi insistencia en que mis estudiantes capturaran los detalles del mundo, él decía: “Odio ese verbo”, y me arrastraba a otro debate acerca de las raíces colonialistas de la literatura de viajes. Me enloquecía, pero también me hacía analizar más que nunca el material que enseñaba.

Cuando nos acercábamos a China, le comenté que sentía cierto rechazo hacia Shanghái por el recuerdo de haber comido en un restaurante de tallarines allí con mi ex.

–¿Por qué no simplemente vas –dijo Erik– y te sientas allí?

Nada sonaba más doloroso, y precisamente por eso pedía a gritos que lo hiciera. Una vida de deslizar a la izquierda y a la derecha me había permitido evadir mi dolor. Lo imperativo de esta temporada en el mar era sentarme con mi malestar, tanto en la testaruda sombra de mi viejo amor como en la sorprendente luz de este nuevo.

Erik tenía un radiotransmisor de larga distancia con el que jugaba cada vez que nos aproximábamos a tierra; sostenía la antena sobre el mar abierto como un pescador decidido. Cuando finalmente recibimos la ráfaga metálica de una melodía de Bollywood cerca de las islas Andamán, Erik giró su cabeza de golpe hacia mí, boquiabierto.

Aquella noche, me sentí a la vez triste y cautivada ante la majestuosidad de nuestra existencia en el mar. Estaba triste porque no quería que terminara. No podía soportar regresar a Nueva York, a una vida en la que pedía citas en mi teléfono con la misma informalidad que una comida tailandesa para llevar. Le grité a Erik que deseaba que la vida real pudiera ser como esto. Su respuesta, contundente: “Si tu vida no es algo a lo que quieres regresar, quizá deberías reflexionar al respecto”.

Un día, en el océano Índico, mi teléfono del camarote sonó a una hora en la que Erik nunca solía llamar: la del almuerzo. Apenas escuché su voz, supe que algo pasaba. Estábamos llegando al punto sin retorno, y estaba aterrorizada. Es una costumbre marítima que cuando cruzas el ecuador, debes saltar a una piscina de agua verde y besar a un pescado en la boca. Antes de eso, eres considerado un renacuajo. Tras la ceremonia, eres un shellback, que es el término para definir a un marinero experimentado que ha cruzado el ecuador.

–Tengo algo que decirte –dijo.
–¿Sí? –respondí.
–Sí. Siento algo por ti y voy para allá a besarte.

Cuando Erik apareció en la puerta de mi camarote, yo caminaba de un lado a otro, sonrojada. Me senté en una cama. Él se sentó en la cama del frente.

Uno de los dos dijo:

–Esto es muy incómodo. 

El otro dijo: 

–Parece que estamos en quinto grado. 

Erik se movió a mi cama y me plantó, de costado, un torpe beso en el borde de los labios.

Todo cambió, y al mismo tiempo nada cambió. Siempre que nos besábamos en mi delgada cama de camarote, Erik desordenaba por completo mi cabello, prefiriendo la versión más desarreglada de mí. Nos dejábamos notas en las puertas de nuestros camarotes, y luego también pequeñas golosinas. Luego de India, encontré en mi habitación una caléndula en una copa de cristal. Tras Mauricio, una pila de almendras tostadas.

En todos los puertos, me había resistido a unir nuestros planes, pero en Namibia, nuestra antepenúltima parada, Erik y yo alquilamos un auto y nos detuvimos en cada playa donde hubiera un barco naufragado que invocara nuestro espíritu de adoradores de chatarra. En el desierto, perseguimos avestruces que huían como torpes bailarinas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que me había sentido así de vulnerable con una persona.

La palabra amor se sentía como una fuerza que crecía dentro de mí.

En nuestra última mañana en Namibia, dije algo de manera impulsiva que era cierto y a la vez ridículamente calificado: 

–Hay una manera en la que te amo.

De hecho, había muchas maneras. Amaba su capacidad de asombro, la manera desenfadada en la que decía: “¡Guau!”. Amaba como todos los días me tenía un nuevo apodo sin sentido: Duder, Larry, Bud. Y aunque me irritaba cuando Erik criticaba mis palabras o afirmaciones, y sabía que no iba a poder mantener ese nivel de fricción a largo plazo, estaba llena de agradecimiento por este hombre a medida que se acercaba el fin de nuestro tiempo juntos.

La noche anterior al término de nuestro crucero, pude sentir como la cultura de nuestro barco empezaba a disolverse como un sueño al despertar. Todas las tradiciones y los secretos, las notas en la puerta y los apodos, nada de eso importaría una vez que llegáramos a puerto. Nuestra sala de profesores se convirtió en una especie de mezcla entre una fiesta de estacionamiento, un club nocturno y la sala de embarque de un aeropuerto.

Todo esto hizo que mi lengua se soltara. Erik y yo nos habíamos esforzado en mantener nuestro romance en privado, pero esa última noche quise confesar, y así lo hice. 

Un colega dijo: 

–Si llegan a casarse, ¡más vale que me inviten a la boda!

Otro respondió con una sonrisa sarcástica: 

–¿Entonces esto es una especie de amorío de crucero?

“Los flechazos prosperan en espacios pequeños –escribió la novelista Heidi Julavits en su libro The Folded Clock–. Sin el elemento de la elección, combinado con el cautiverio, encuentras el amor, o al menos la lujuria”.

Sin embargo, en mi caso, el cautiverio fue precisamente lo que me liberó de ese limitado sistema binario de amor y lujuria. El cautiverio derrumbó mi configuración predeterminada para las citas y me permitió simplemente estar con este hombre, quien me hizo pensar más, reír más fuerte y, finalmente, eliminar la coraza de mi corazón.

Un amor eterno o una aventura fugaz: la gente dirá que tiene que ser una de las dos. Pero lo que creció entre Erik y yo fue una magnífica “otra cosa”, y me llevó de regreso a Nueva York con la convicción de irme y cerrar ese capítulo de mi vida para siempre.

Escribo esto durante mi primer año de matrimonio, no con Erik, sino con un hombre que se sintió ideal para mí, tanto en la superficie como en lo más profundo. A diario siento la centrada calma que viene cuando encuentras a la persona que, en todas las formas cruciales, se siente como la opción ideal.

Sin embargo, nada de eso disminuye la gratitud que siento por mi tormentosa vuelta al mundo con Erik. Ahora pienso que somos afortunados si la vida nos traza una tortuosa ruta hacia nuestra pareja definitiva.

Benditas sean las tangentes. Estoy feliz de estar en casa, pero por nada cambiaría la ruta que me trajo hasta aquí. 

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