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Los reacomodos en la política global que inquietan a Occidente

El nuevo mundo tripolar, dominado por Washington, Moscú y Pekín 

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23 de febrero de 2019 a las 05:01

Vivimos tiempos convulsos, tiempos de grandes reacomodos en el tablero de la política global; y sobre todo, de mucha ansiedad entre las élites de las potencias occidentales por lo que esto pudiera representar para un futuro cada vez más incierto.  

A diario vemos en la prensa de Estados Unidos y Europa titulares sobre la “trama rusa”, que supuestamente implicaría a la campaña de Donald Trump con operaciones injerencistas dirigidas desde el Kremlin; “la nueva carrera armamentística”, que enfrentaría nuevamente a Washington y Moscú con alarmantes vaticinios; o “el plan maestro” de Vladimir Putin para dividir a Europa y fundar un nuevo Imperio Ruso en pleno siglo XXI. Y ya el sumun, planteado esta semana por el ex número 2 del FBI: que Trump podría ser “un informante ruso”. 

Todo esto se ve, desde nuestra óptica periférica, un tanto exagerado; y en muchos casos —como señaladamente en este último— en efecto lo es. Sin embargo, la geopolítica es el arte de la exageración y, al mismo tiempo, de la simplificación. A la hora de diseñar sus marcos de influencia internacional, las potencias suelen cortar grueso en sus doctrinas. Lo que a menudo las convierte en un ejercicio nada bonito; esta fue precisamente la razón por la que la geopolítica como estudio cayó en desprestigio después de la Segunda Guerra Mundial (hasta que Herny Kissinger la reflotara para la academia a partir de los años 70). Bismark decía que la política es como los chorizos, porque a todo el mundo le gustan pero nadie quiere saber cómo se hacen. Y esto es aun más cierto para la geopolítica. 

Así pues, los miedos en Occidente no nacen en el vacío. La Rusia de Putin claramente tiene un plan. Y el temor entre las élites occidentales es que Trump pueda involuntariamente jugar para esos planes y terminar beneficiando al expansionismo ruso, a expensas del orden demócrata-liberal que ha imperado en el mundo desde la Segunda Guerra y, aun con una influencia casi incontestable, a partir de la caída del Muro de Berlín. Si a todo esto le sumamos la creciente resistencia y descrédito que enfrentan el establishment y la burocracia europea al interior de los diferentes países, con agitación social y el auge de movimientos populistas, el horizonte se divisa bastante sombrío para esas élites y para el sistema que ellas encarnan. 

A ese respecto, el libro ruso que más se comenta en círculos políticos de Europa y Estados Unidos es Fundamentos de la geopolítica: El futuro geopolítico de Rusia, del filósofo y operador político moscovita Alexander Dugin, conocido como “el cerebro de Putin”, o “el nuevo Rasputín”. 

Dugin es un nacionalista de notoria raigambre en el pensamiento de los filósofos ortodoxos rusos del siglo XIX —esos místicos que Putin suele citar en sus discursos cada vez que busca apelar al “alma rusa”—, pero reciclado para la geoestrategia de los tiempos que corren. Y sus ideas han ejercido, en efecto, una gran influencia no solo en el Kremlin, sino también entre los generales del Ejército ruso. La visión de Dugin, plasmada en la obra de marras, es la de una gran Rusia que domine toda Eurasia, combata al “liberalismo decadente” y logre desarticular lo que él llama el Atlantismo, la alianza entre Estados Unidos y Europa Occidental que hoy encarna militarmente la OTAN. 

Le estrategia para desmantelar el Atlantismo consistiría en separar al Reino Unido del resto de Europa para cortar así su vínculo más poderoso con Estados Unidos, y luego aprovechar “la tradición antiatlántica” franco-germana para dividirse la influencia sobre Europa, en un esquema en el que quedarían bajo la égida rusa los países de raíz ortodoxa (Grecia, Rumania, Serbia y Macedonia), además de Polonia, los países del Báltico y, desde luego, Ucrania, en una suerte de segundo Bizancio con capital en Moscú; y bajo un eje conformado por Berlín y París, los países de extracción protestante y católica del resto del Europa. 

Los postulados de Dugin pueden sonar bastante descabellados, pero por las grietas de la exageración se van colando a veces las políticas de largo plazo. Y si vemos la Europa de hoy, con un brexit a las puertas, donde además, la Francia de Macron baila al son que pone Alemania en un libreto que parece diseñado para dejar al Reino Unido lo más aislado posible, al tiempo que Trump los amenaza con retirarles el paraguas nuclear cuando más tormentas augura el rearme de Moscú, todo parece jugar para las páginas del libro ruso. 

De hecho Francia y Alemania ya piensan en crear un ejército europeo. Y hace unos días, el vicepresidente Mike Pence les advirtió en Múnich que ya no los podrán defender si los europeos no cortan todo vínculo con el gas ruso. El evento que tuvo lugar en la capital bávara era nada menos que la Conferencia Anual sobre Seguridad, donde el vicepresidente estadounidense también les exigió a los europeos abandonar el tratado nuclear con Irán, aliado de Moscú. Las imágenes dejaron ver una hostilidad entre Pence y la canciller Angela Merkel que pareció marcar el epítome de lo que han sido las relaciones con los viejos aliados durante la era Trump.

Por ahí es que van exactamente los miedos, tanto en las capitales de Europa como en no pocas oficinas con vista al Mall de Washington. Mientras ven que Rusia desarrolla submarinos no tripulados y un misil hipersónico capaz de vulnerar los escudos antimisiles, y China avanza con su poder blando allende el Pacífico hasta América Latina. 

Parece emerger un nuevo tiempo en los destinos del mundo, pero esta vez al influjo de un Jano trifronte con una cabeza en Washington, otra en Moscú y otra Pekín. Los tiempos de la Pax Americana, de “la hiperpotencia” estadounidense, como la definiera Hubert Védrine, han quedado definitivamente atrás. Y a Washington le ha costado enormemente hacerse a la idea con políticas idóneas para el momento histórico desde George W. Bush. La política exterior necesitaba sin duda un revulsivo, y dejar atrás para siempre las aventuras de los neoconservadores. Pero la llegada de Trump a la Casa Blanca ha sido, en cambio, un terremoto.

A esta altura no se sabe muy bien para dónde va, ni siquiera qué pueda pasar la semana próxima con el presidente, cuando el fiscal Robert Mueller dé a conocer el informe final sobre la trama rusa. Y la semana siguiente, tampoco. Lo llevamos dicho: la incertidumbre parece ser hoy la única certeza. 

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