6 de febrero 2021 - 5:02hs

¿Cuánto estás dispuesto a cambiar y resignar por una copa de vino, una jarra de cerveza o un cóctel al atardecer? ¿Cuánto cambia tu vida si podés tomar hasta 0,3 g/l de alcohol y luego subirte a un auto y manejar? De esto quiero conversar hoy contigo y no solamente desde el punto de vista de la salud y de potenciales vidas salvadas, sino también desde el punto de vista de la cultura mental que –lenta pero sostenidamente– viene cambiando en los uruguayos.

Hay cambios mentales que llevan décadas, multas y mucha polémica, pero que cuando se asientan modifican para mejor y para siempre a una sociedad. Los uruguayos no somos los seres más ordenados y más obedientes del planeta, para bien y para mal. No respetamos las ciclovías a rajatabla como los nórdicos, no levantamos un papelito de chicle en el medio de la vereda, y los que separamos para reciclar somos aún una minoría. No voy a abundar en más ejemplos. Me refiero a generalidades y ojalá seas uno de los uruguayos que respeta las ciclovías, levanta la basura, evita desbordar un contenedor y arregla su vereda sin que le metan antes una multa.

En las últimas dos décadas, los uruguayos debimos cambiar dos hábitos a ritmo y palo de leyes y decretos. Cuando era niña y viajaba de Piriápolis a Montevideo en un “camello” de la Onda, recuerdo el asco de oler esa mezcla letal de desinfectante y humo de cigarrillo durante dos horas. Más adelante pasé mis embarazos en redacciones en las que muchos fumaban. Yo también fumo un cigarrillo cada tanto, pero nunca tuve duda de que la decisión del expresidente Tabaré Vázques de prohibir fumar en espacios cerrados públicos, fue acertada.

Cambiamos para siempre una costumbre que afecta a la salud (fumar y aspirar humo del cigarrillo de otros), ganamos en solidaridad para con nuestros compañeros de trabajo o eventuales compañeros de espacios cerrados y nos convertimos, en esto al menos, en ciudadanos del primer mundo antes que muchos países de esa “selección” tomaran la misma decisión. Todo, además, sin restringir las libertades individuales. Cualquier uruguayo puede fumar en su casa y afuera, excepto en algunas zonas cercanas a escuelas y hospitales. Cambiamos un cachito de libertad (no esencial, desde mi punto de vista), por un cachote de ciudadanía y algo más de salud.

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En 2016 se promulgó la ley 19.360, que modificó el artículo 45 de la ley 18.191 del 14 de noviembre de 2007. Desde entonces no se permite tomar alcohol si se va a conducir. Antes se permitía hasta 0,3 gramos por litro de sangre, lo que equivale (más o menos, porque todo depende de cómo fue elaborada la bebida y también de cada organismo) a una cerveza chica, o una copa de vino de 200 ml.

Ahora el senador nacionalista Sergio Botana trabaja en la redacción de un proyecto de ley para promover la actividad del sector vitivinícola, y en ella prevé incluir que se termine con la “tolerancia cero” para llevarla hasta 0,3; incluso con hasta 0,5 el chofer podrá “solucionar” el incumplimiento con el pago de una multa, sin que se le quite la libreta.

Botana fue radical al argumentar su posición, aunque no todos sus datos son correctos y algunos ni siquiera están investigados a fondo: “no tiene explicación científica alguna la prohibición absoluta”, dijo, y señaló que “todo el mundo coincide en que es una barbaridad el 0,0, cuando en realidad no ha evitado nada”. “Países con 0,5 o 0,8 tienen 20 veces menos muertos que nosotros. Indudablemente el gran problema no es ese”.

Soy parte del mundo y no coincido. No porque no me guste el alcohol (me gusta mucho), no porque políticamente esté en contra o a favor de un u otro gobierno y tampoco porque tenga clarísimas las cifras científicas de accidentes de tránsito relacionadas con la ingesta de alcohol, porque de hecho hay varios estudios internacionales y no siempre coinciden. Defiendo la tolerancia cero porque ya comenzó a asentarse en nuestras porfiadas mentes, sobre todo en las de los más jóvenes, y no vale la pena desandar el esfuerzo ni desestimar lo que cuesta cambiar un hábito.

¿Somos diferentes a otros países con este cero rotundo? Sí. En la mayoría de la Unión Europea se permite 0,5 y en Estados Unidos 0,8. En Argentina es de 0,2 y en Chile de 0,3. Si hemos intentado emular casi siempre algunas buenas decisiones de países más “civilizados” (esto también da para polemizar), ¿por qué debería molestarnos estar adelantados en algo?

Varios integrantes de la coalición están de acuerdo con el cambio, que incluso apareció en un discurso de campaña del presidente Luis Lacalle Pou en 2018. Para el ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Carlos María Uriarte, el planteo responde a una “necesidad” del sector vitivinícola y también para que Uruguay esté “alineado” con otros países. El presidente del Inavi, Ricardo Cabrera, concuerda con Uriarte. Y yo con Cabrera, quien en noviembre de 2020 dijo que la gente debe concebir al vino como un alimento, “y que consumirlo en forma moderada y responsable hace bien a la salud”. Este argumento, que suscribo no diariamente pero casi casi y que es parte de una tradición familiar en la que siempre había vino en la mesa, no tiene relación con el de subir de nuevo a 0,3 el límite para manejar.

Quienes elegimos tomar vino o cualquier bebida alcohólica podemos hacerlo en la cantidad que consideremos conveniente para nuestra salud, estado de ánimo o celebración de turno. No hay nada que nos coarte esa libertad. Solo debemos evitar manejar luego de tomar. Punto.

Los datos de accidentes de tránsito relacionados con el alcohol en Uruguay no sostienen mi posición, pero saber que no podés manejar luego de tomar es un estímulo fundamental, sobre todo para los jóvenes, a la hora de decidir la logística cuando salen a una fiesta o reunión de amigos. Estos “años de cero” les han enseñado que deben organizarse y tomar decisiones: si van a tomar todos en el grupo de amigos, van en ómnibus, taxi o Uber. Si no tienen plata para eso pero uno de los integrantes del grupo maneja y tiene un auto disponible, esa persona no tomará. Es la famosa medida del “conductor designado”.

A los adultos nos cuesta más toda esta movida, y somos los que más protestamos. Nunca escuché a mis hijos adolescentes/adultos, cuestionar esta medida y no es porque no tomen alcohol. Simplemente crecieron con la ley que indicaba que si tomaban no podían manejar. Ese “estado mental” es valioso y es lo que considero que no debe perderse por tomar una copita. Por otra parte, quienes amamos el vino o cualquier otra bebida, una copa es una mentira grande como una casa. No suelo tomar solo una copa. Cada uno procesa el alcohol de manera diferente, pero el género y peso es una medida que sirve para calcular. Según esta calculadora online, con una copa de vino de 200 ml yo ya estaría en 0,4. Nada de esto es absolutamente preciso.

Los productores vitivinícolas uruguayos mejoran cada vez más sus productos, logran colarse en rankings internacionales, invierten en calidad y marketing, y todo eso merece mucho más que una escasa copita de vino.

Por lo cual, la posición del ministro Uriarte no tiene sostén. En 2020 las ventas de vino aumentaron en 30%, se analiza que al influjo de la pandemia. Dudo que bajen demasiado cuando la pandemia nos dé un recreo. Es cierto también que, según estimó Cabrera en mayo de 2020, desde que en 2016 comenzó a aplicarse la tolerancia cero el consumo cayó cerca de 30%. Los productores advirtieron entonces que la caída venía de antes, aunque se acentuó, y que es parte de un fenómeno mundial.

Si nos vamos a preocupar por el alcohol deberíamos repasar las cifras de consumo entre adolescentes, que en promedio comienzan a tomar a los 12,8 años. Según datos de una encuesta realizada por la Junta de Drogas, cuyos resultados se publicaron en febrero de 2020, el 59,8% –seis de diez– de los adolescentes aceptó haber estado involucrado en un episodio de abuso de alcohol en los últimos 15 días. El organismo considera “abuso” de ingesta de alcohol el consumo de dos litros de cerveza, tres cuartos litros de vino o cuatro medidas de bebidas destiladas.

Está bueno tomar alcohol con responsabilidad, pero no está bien escudarse en supuestas libertades personales coartadas ni en productores que protestan, para cambiar una regla que de a poco comenzó a generar buenos hábitos, incluso si no ha evitado muertes. Cambiar la cabecita es mucho más difícil que hacer el sacrificio de no manejar cuando tomás.

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