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Más que nunca, defender la lana

El mundo clama por sustitutos para las fibras sintéticas, derivadas del petróleo y contaminantes

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07 de septiembre de 2019 a las 05:01

Allá por el año 650 imbuidos por el mandato de Alá y su profeta, los árabes salieron en sus corceles desde La Meca a la conquista del mundo entero. Todos  y cada uno de los territorios debían quedar bajo el dominio musulmán por mandato divino, había ordenado Mahoma al morir. Y allá salieron sus seguidores con sus corceles y sus  espadas aparentemente incontenibles. En menos de 100 años dominaban un territorio mayor al que el imperio Romano había poseído en sus mejores tiempos. Desde la India hasta el Senegal.

Tras ocupar todo el Sahara cruzaron el estrecho de Gibraltar y conquistaron casi toda la península Ibérica, lo que actualmente es España y Portugal hasta los Pirineos, donde por primera vez se encontraron con un escollo imposible de vencer. A partir de allí, los invasores serían derrotados en Poitiers por Carlomagno y terminarían siendo expulsados de todo Portugal y España, cuyo último bastión, Granada, capituló en 1492. Los guerreros del desierto que parecían invencibles se toparon con los vascos, que  subieron a las montañas con sus ovejitas y allí resistieron tozudamente al invasor que, aterido de frío y con los caballos inmovilizados por las pendientes rocosas, tuvieron que darse un baño de humildad. Acosados, resistieron los vascos durante décadas y centurias, pero ellos y sus ovejitas lograron persistir con su idioma, sus costumbres y sus nobles animales cuidándose mutuamente, proporcionándose mutuamente abrigo y comida. Una historia que continúa de generación en generación en los campos de Uruguay, donde los vascos siguen cuidando a sus ovinos.

Siguen padeciendo inusuales acosos. Los bárbaros ahora van en moto, roban animales que descuartizan y sus cuidadores y cuidadoras, cuando acuden a la justicia, se topan con la indiferencia. “Total, ustedes las crían para matarlas” les han llegado a decir. Han soportado la guerra económica que ha significado el atraso cambiario.  Enfrentan a los descontrolados jabalíes y otros predadores. Y allí persisten. Innovando, encontrando nuevas maneras de producir, proteger a los animales, fabricando parideras para cuidar mejor a los corderos, afinando la lana para que las prendas sean de cada vez mejor calidad. Como siempre, contra viento y marea, persisten. Y no solo por tradición. El mundo clama por sustitutos para las fibras sintéticas, derivadas del petróleo, contaminantes, imposibles de compostar. Las fibras naturales son energía solar convertida en ropa a través de pasturas, en el caso de Uruguay mayoritariamente naturales. Es lo que es moda en materia de calzado en el Silicon Valley, por poner un ejemplo.

Por todo eso me ha resultado insólita la sentencia displicente del director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Álvaro García, quien ha dicho el viernes pasado en el programa Desayunos informales de canal 12 que hay que hacer apuestas, que el país tiene que decir “esto no lo vamos a hacer más”, que en los últimos 15 años se han fundido todas las grandes empresas textiles,  y que “una mirada prospectiva te ayuda a decir no insistamos más con esto porque la lana perdió la carrera con el sintético”.  

Afortunadamente en muchos lugares del mundo, como entonces en los Pirineos, muchos resisten la invasión de estas fibras sintéticas, derivadas del petróleo, que luego se convierten en plásticos que terminan en los océanos o, peor aún, en fibrillas, microplásticos que casi invisibles causan un daño irreparable por doquier.  ¿Eso ganó? ¿Así irrevocablemente? Las fibras sintéticas son tan malas o peores que las bolsas de nailon que campean en la capital del Uruguay Natural; casi no se reciclan y afean desde la capital al campo, todo el país. Y peor que afear el paisaje, terminan luego en los estómagos de tortugas marinas que ocasionalmente aparecen como cadáveres en las playas o mueren en silencio en el fondo del mar. Eso no puede ganar, debería ser nuestra tarea como país que se llama Natural, no solo ser más cautos a la hora de decir que “el sintético ha ganado”, sino, ver prospectivamente a los millones de consumidores que rechazan al sintético y están en pleno regreso a las fibras naturales.

Los productores laneros son los que logran generar riqueza en los suelos menos fértiles del país: en el basalto superficial, los pedregales de las sierras, esos que se levantan cada mañana a ver si los asesinos impunes de ovejas  han atacado de nuevo. No es el primer vocero del poder político que se pone en intérprete de las leyes inamovibles de la historia económica y dictamina con tono sabihondo que “la industria textil no tiene futuro”. Ya lo había hecho un veterinario portavoz del oficialismo en la tertulia de Emiliano Cotelo. “En el capitalismo del siglo XXI a Uruguay no le toca hacer textiles” había sentenciado hace unos meses con ese tono que tienen los que leen a Marx, que creen que la historia tiene leyes inamovibles que los humanos como títeres debemos acatar.

En Uruguay se han fundido empresas textiles de todo tipo. Fueron 15 años de un atraso cambiario feroz, inédito en la historia del país, destinado a solventar una disparada meteórica del gasto público. Se fundan empresas arroceras y lecheras, no porque el arroz como alimento haya quedado obsoleto. Que se funda una industria en Uruguay no es indicador de ninguna tendencia global. Apenas es un indicador de la falta de competitividad local. Acá se puede fundir una industria de cualquier tipo, como muestran los datos de contracción de la producción industrial toda. Se fundiría un monopolio petrolero que cobra el combustible más caro de América Latina si no hubiésemos destinado los uruguayos US$ 800 millones en rescatarlo. Con el criterio del director de la OPP, que se fundiera Pluna o perdiéramos millones de dólares en Alas U sería un indicador de la obsolescencia de la aviación en el mundo.

Desde hace 50 años los textiles naturales  enfrentan la competencia  dura de los textiles sintéticos que genera la industria petrolera, esa que nos invade con sus humos, sus plásticos, y sus ropas baratas de poliéster, que luego termina como plásticos y microplásticos contaminándolo todo. 

Imaginemos por un momento que un planificador en Australia o Nueva Zelanda le dijera a su ciudadanía que la lana fue derrotada, que los sintéticos, esos que lo ensucian todo, que esos, justamente,  han ganado. 
Uruguay debe defender con ahínco su industria lanera, que es ejemplar en el uso de energía solar, en la certificación de prácticas respetuosas del medio ambiente, que da trabajos dignos a cientos de uruguayos, que tiene proyectos ejemplares para  generar lana fina o ultrafina,  y proyectos igualmente ejemplares para producir carne de la más alta calidad. 
Sin industria sí que será casi imposible que se sostengan los 7 millones de ovinos. Y sería tremendamente negativo no solo para Uruguay, sino para el mundo entero. Eso es lo que dice la prospectiva bien entendida, tenemos que sacarnos al petróleo de arriba, y la lana, producida sobre pastizales nativos o praderas sembradas es y será parte de esa batalla crucial. Quienes hablan de “dos modelos de país” en su apuesta al sintético están del lado equivocado de la historia. La oveja, y la industria textil uruguaya, si la dejan, competirá exitosamente con los desagradables sintéticos. Más que nunca hay que defender a la lana, a los ovinos, a la industria, a lo natural frente a lo sintético petrolero. Como vienen haciendo los vascos desde hace más de 1.000 años.

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