"¡Es mío, mío, todo mío!" es una frase que padres y madres de niños pequeños escuchan de forma permanente. Estas palabras suelen causar preocupación, por creer que el niño no conoce valores como la generosidad o el compartir. Si la frase es espetada en público, rodeados de otros niños y adultos, es probable que esos padres se sientan avergonzados e intenten disuadirlo, porque no quieren que su hijo/a sea el egoísta.
El niño/a de dos años se caracteriza por tener una vida interior muy rica y además porque puede comenzar a trasmitirla a través del lenguaje. Si bien ese leguaje es primitivo, el niño logra comunicarse, hacerse entender, comparte sentimientos, logra describir si está triste o contento. Es la base de una interacción social. Pero todavía falta mucho para que pueda entender los valores de los intercambios y los vínculos con otros.
La realidad es que antes de los tres años, los niños aún no están capacitados para la interacción social. Esta frase "es mío" representa una etapa fundamental en el desarrollo de todo niño y niña. En esta etapa egocéntrica, todo gira alrededor suyo y es incapaz de considerar las necesidades de los otros.
A los pequeños les resulta muy difícil prestar sus cosas porque las consideran parte de sí mismos, hasta el punto de que viven el hecho de dejarlas como si perdieran parte de su propia identidad.
Los chicos en estos momentos luchan internamente por lograr su voluntad, sus objetivos y a la vez por conseguir la aprobación de aquellos a quienes quieren, a quienes necesitan. Complacer y desafiar pasa a ser una dupla muy presente en los sentimientos de un niño/a de dos años. Esta podemos decir que es la piedra angular del crecimiento de los chicos, es lo que les permite sentirse distintos a los demás. Junto con sus pertenencias, sus tesoros, sus objetos tangibles y preciados.
De ahí la necesidad de mantener bajo su dominio lo que siente como "mío" y el temor a que se lo quiten.
Lo quieren todo, y lo quieren todo para ellos. ¿Egoísmo? ¡No! Están tratando de evitar elegir, evitar perder cosas, sentimientos, personas.
El compartir, prestar un juguete, tiene un significado muy simbólico que el niño/a no está dispuesto a negociar, que todavía no logra entender.
Es un momento, además, donde generalmente se comienza a pensar en el control de esfínteres; situación que también marca su desarrollo. Los niños y niñas se comienzan a sentir, a prestar atención que de su cuerpo salen cosas, el pichi y la caca son sus "primeras producciones". Algo que sale, se saca y se va, no lo vuelven a ver. Siempre recordando que el pensamiento del niño o niña a esta edad es "concreto", nos daremos cuenta de cómo para ellos ahora, sacar y dar (en este caso lo que deja en el pañal) se va para no volver.
En este proceso de crecimiento, de búsqueda de identidad, de fortalecimiento y de encuentro con los demás, también los niños van aprendiendo, igual que los adultos, en qué cosas tienen razón y en qué cosas no.
Poco a poco, podrán ver que dar no siempre es perder. Podrán aprender a negociar, a compartir y a no tener miedo a quedar vacíos. Como todo proceso, esto lleva su tiempo.
Los adultos, en general, se sienten muy responsables cuando sus hijos o hijas se muestran egocéntricos, egoístas o poco sociables. Pero en esta primera etapa, proteger sus cosas significa que las valora. Dejarlas ir sin más podría estar diciendo que nada de lo que tiene es importante para él o ella.
El proceso lleva tiempo, años... ¡paciencia!
Los padres quieren hijos e hijas dulces, amables, solidarios y generosos. Estos son ideales muy positivos. Apuntar a una educación con estos valores es saludable. Ahora, ¿cómo se hace? Con paciencia. Una y otra vez se ve cómo el ejemplo puede significar e influenciar mucho más que mil palabras. En casas donde las cosas se comparten, seguro que esos niños van a compartir. En casas donde se agradece, estos niños y niñas serán agradecidos. En hogares generosos eso será lo que los hijos vivenciarán.
Está muy bien, ¿pero cuándo comenzarán a compartir? Cuando puedan hacerlo. Cuando se sientan suficientemente seguros de sí mismos como para prestar, cuando confíen en los demás para compartir, cuando sientan que interiormente pueden aceptar lo que tienen y lo que no tienen.
En general, en torno a los 3-4 años el niño o niña interactúa cada vez más con otros niños y comienza a compartir algunas cosas. Cerca de los 6-7 años empiezan a entender la importancia de compartir con otros (ser aceptado por los demás, que a él también le presten...). Sin embargo, cada uno realiza su propio proceso, las etapas del crecimiento no se dan en una línea recta y las evoluciones que marcan los libros son siempre aproximadas y quedan expuestas a cada familia, a cada situación en particular.
Todo agregado a esta situación ya complicada de por sí, condimenta más el panorama. Por ejemplo, la llegada de un hermanito, una mudanza e incluso el ingreso al jardín de infantes.
A un niño y a una niña de dos años, lo que más le importa en el mundo es él mismo y su entorno, que en este momento se compone por las figuras afectivas más cercanas. Y está bien. Es de esta forma como conseguirá fortalecer su yo, valorarse y asegurar una adecuada autoestima que le permita enfrentarse con el mundo.
Podremos pensar que estos son los primeros pasos que dan hacia una socialización adecuada. Y a veces los adultos se olvidan que son los primeros pasos. Se le pide a los chicos que presten para "jugar con..." cuando en realidad todavía ni siquiera "juegan con", para ellos lo importante es el objeto y no con quién lo usan. El juego en esta etapa es en solitario, aún cuando necesiten tener compañía y les guste que haya otros niños y niñas con ellos. Pero el juego en sí, es con ellos mismos.
En cada juego, en cada encuentro, irán aprendiendo y valorando la presencia del "otro" y ahí cobrará el amigo o amiga un valor que le permitirá entender que es más importante que se quede el amigo.
Poco a poco podrán desprenderse de sus pertenecías aunque sea por un rato, igual que podrán tolerar la ausencia de mamá o de papá por un rato, sin sentirse demasiado frustrados. Este momento llegará cuando puedan aceptar todos - padres, niños, educadores - que se trata de un proceso sin malas intenciones y normal para el desarrollo de cualquier infante. Poco a poco irán poniendo mayor interés en las experiencias y vivencias compartidas y menos en los objetos.
Forzar no, animar sí
Es cierto también que lo que le pasa a los adultos en relación a este tema tiene que ver con pudores y preconceptos en relación a los valores "educativos". El "¿qué van a decir los demás?" no está ajeno a este tema. Desprendernos de esta idea, y aceptar que esta etapa nada tiene que ver con los otros, y todo tiene que ver con el niño o niña, dará un respiro a la presión y permitirá que todo se desarrolle de forma natural. El niño o niña dirá que no presta, el adulto, mamá o papá le responderá que sería bueno que comparta y así de a poco, y sin posturas extremas, el niño o niña aprenderá que prestar no es perder, que compartir no es vaciarse y que su yo interior es siempre propio.
No es aconsejable obligar al niño a que preste, es contraproducente. Es probable que aumente su inseguridad y que, por miedo a perderlas, se aferre aún más a sus cosas. Sí es bueno recomenzarlo cuando comparte sus juguetes, remarcarle lo valioso de compartir, lo bien que ha hecho... De esta forma se refuerzan las conductas positivas.
En pocas palabras a esta altura de la vida los niños y niñas están aprendiendo que el mundo ha dejado de girar sobre ellos. Si lo pensamos bien, es una tarea nada sencilla. Pero no debemos subestimarlos, rápidamente pueden adecuarse a la situación y a lo que se espera de ellos. Su cerebro está en permanente alerta para aprender, para recibir el mensaje y procesarlo. La curiosidad y los diferentes intereses los van llevando a apreciar lo positivo y lo importante de los vínculos sociales.