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Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

Morro, que estás en los cielos

La vida y muerte de un ídolo del fútbol debería tener algún día destino literario

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13 de febrero de 2021 a las 05:04

En tiempos cuando la muerte a diario de decenas, cientos y miles de personas se transformó en tema de conversación tan común como el estado del tiempo y los resultados deportivos, un país entero ha quedado congelado en la tristeza tras el acto de autodeterminación de un futbolista. Inclúyanme dentro. Es congoja acompañada de cierto sentido de omisión. ¿Por qué no se pudo hacer algo para cambiar el sino que emitió signos claros de que un hombre a la deriva lanzaba manotazos de ahogado? El corazón es un cazador solitario se llama la novela de Carson McCullers; Cien años de soledad, la de Gabriel García Márquez. Cuando viene con sable en mano, la soledad puede ser una oponente imbatible. Es la última estación antes de la muerte. Y, a veces, el que acaba de pasar es el último tren. En la soledad de una noche sin bis, un futbolista se cansó de esperar que algo llegara, que la vida viniera de nuevo en mejor versión. Se lo tragó la nada, y de nada sirve ahora buscar respuesta a la pregunta ¿por qué? Algo es cierto. Cuando más lo necesitaba, el mundo dormía o estaba mirando para otra parte.

¿Qué estaba haciendo la vida a la hora en que Santiago García, ciudadano uruguayo de 30 años de edad, decidió pegarse un tiro en un soledoso (palabra mucho más al caso que solitario) apartamento de Mendoza, ciudad donde las horas de sol a lo largo del año llegan casi a las 3000? No solo en el gris norte de los países escandinavos la depresión actúa con la complicidad del clima. Cuando la muerte vino, la vida se había ido hace rato. La decisión ganó la partida con premura. Fue solo cuestión de que la cuenta regresiva se apresurara, tal como sucedió. Soledad y desesperación, dos sentimientos que han pasado a integrar el repertorio cotidiano con mayor frecuencia. Muchos años antes, un querido amigo hizo lo mismo; un domingo de madrugada. El viernes me dijo, en frase enigmática que mantengo enmarcada en la memoria: “Es solo cuestión de un instante que no puede ser postergado”. Todos los instantes futuros en la vida del Morro podrían haber sido salvados de cualquier final sangriento, pero nadie lo acompañó a esa hora para impedir que la suerte estuviera echada. Fue nomás un instante sin posteridad. El plan de Filomela fue vengarse de sí misma. ¿Hubo plan?

En la hora pico de una madrugada le llegó al Morro el último ultimátum. Entre el cielo y el suelo hubo una realidad sin rima, feroz. Tampoco podemos estar seguros de que con la desesperación encima, ya sin remedio transitorio, hubieran servido las palabras de Carl Jung: “La comprensión no cura el mal, pero es una ayuda definitiva, en la medida en que uno pueda sobrellevar una oscuridad comprensible”. Con una bala fue la única forma que encontró la salida de emergencia, el éxito del exit. De chanfle o a pelota quieta, el intento de la víctima terminó siendo su logro final. A los 30 de edad le quedaba bastante nafta en el tanque como para seguir y buscar la remontada, pero siempre hay un pero, que esta vez fue seguido de un disparo. El hecho dejó un reguero de preguntas, y la más difícil: ¿cómo explicarle a la hija la decisión del padre?

En un país que por pudor habla de la muerte en voz baja, quizá para ignorarla, nos hemos acostumbrado de inaudita manera a la presencia cotidiana de esta, como si estuviéramos dándole cobijo a un viajero nómada que llegó para quedarse. Hablamos de la muerte del Morro, aunque no tanto de las causas anímicas que la desencadenaron ni tampoco de la responsabilidad de quienes habiéndolo podido ayudar hicieron poco o lo menos posible. La depresión sigue siendo tema tabú. Se puede hablar sin pudor de problemas gastrointestinales, de jaquecas crónicas, de reuma, de artritis, pero los desajustes de la mente son asunto vedado, como también lo son los problemas sexuales referidos a la impotencia o a algún tipo de disfunción. ¿Cuántos en una sobremesa hablan con sinceridad sobre la eficacia de Prozac y Zolof, o de Viagra, como sí hablan de la aspirina o del omeprazol? La depresión del Morro estaba a la vista, pero quienes lo rodeaban hicieron la vista gorda y el club donde jugaba, en vez de intentar resolver el problema con dignidad, le dio salida justo cuando esta era la peor opción. Hay maneras de hacer las cosas. La falta de compasión y solidaridad en estos días es cianuro y el ámbito del fútbol no se caracteriza por ser la notable excepción. De eso no se habla. 

En casi 40 años como profesor he conocido estudiantes de todo pelaje, unos cuantos con adicciones, pequeñas, medianas y grandes como los envases de Fanta. La vida y su gran emisario, el tiempo, me demostró que las adicciones no los hacían mejores o peores; solo los convertían en individuos con un lastre extra. El punto viene al caso. En un momento clave, el Morro tuvo la posibilidad de pegar el gran salto. Lo contrató uno de los principales clubes de México, no obstante, en cuestión de horas dio marcha atrás. El diario Universal informó: “El delantero uruguayo habría incurrido en una indisciplina, cuando conducía su automóvil en estado de ebriedad en la ciudad de Mendoza en Argentina, lesionando a una persona de la tercera edad”. El comunicado oficial de la institución anunció: “Con fecha 29 de diciembre de 2018 el Deportivo Toluca FC manifiesta que, por no cumplir con las normas de ética y conducta que marca la institución, el jugador no llegará a formar parte del club”. El pasado condenó al Morro en el mejor momento de su carrera, impidiéndole además deshacerse del estigma que lo tenía marcado. A eso se sumaron otros problemas, que convirtieron su vida en copia certificada de la existencia de Risso, protagonista de El infierno tan temido, obra maestra de 5.284 palabras en la que J. C. Onetti, escribiendo sobre separaciones y desencuentros, soledades y condenas,  hijos y divorcios, da lecciones definitivas sobre lo que realmente importa, con esa frase imponente que lo dice todo: “Un hombre que había estado seguro y a salvo y ya no lo está, y no logra explicarse cómo pudo ser, qué error de cálculo produjo el desmoronamiento”. Lo mismo que Risso, también padre de una niña, el Morro acabó quitándose la vida después que se la habían quitado. Le fue imposible recorrer a solas la delgada línea que separa el resplandor de la tenebrosidad, donde a veces hay que caminar ayudado con una linterna sin pilas. 

El muerto célebre de hoy sigue siendo para mí el muchacho aquel. El 14 de octubre de 2008, el hoy DT de Honduras, Fabián Coito (nuestros hijos fueron compañeros en la escuela) me invitó a conocer el complejo de la selección uruguaya cerca del aeropuerto de Carrasco, donde practicaban los juveniles. El día de hielo y grisura fue inolvidable de principio a fin. Empiezo por el principio, tempranísimo. Al llegar presencié el entrenamiento de la sub 20, dirigida por Diego Aguirre. Era la primera vez que, parado al borde del campo, veía entrenar a una selección uruguaya, por lo que el día tuvo mucho de inauguración. Tras el entrenamiento me invitaron a almorzar con entrenadores y jugadores. Cuando iba camino a servirme –la comida estuvo riquísima– un jugador fornido se presentó con un respeto y caballerosidad que me resultaron sorprendentes, no porque tenga mala opinión de los futbolistas, sino porque la buena educación vino acompañada de espontaneidad, cualidad inherente que destaca a ciertas personas. Me dijo: “Buenos días, soy Santiago García”. Me pareció oír a James Bond. Nos sentamos juntos. Conversamos antes, durante, y después del almuerzo (milanesas al horno), y fue ahí cuando me convertí en su hincha privado, pues su imagen quedó asociada a la de un buen tipo, un muchacho amable y curioso (dos muy buenos dones), al cual lo único que se le puede desear es lo mejor envuelto para regalo. Y lo asocio asimismo a una tarde inolvidable, pues luego del entrenamiento vespertino todos vimos el partido entre Uruguay y Bolivia en La Paz, que la selección uruguaya empató tras ir perdiendo dos a cero (sobre el final Abreu erró un gol increíble). Cuando Bolivia hizo el 2, le dije al Morro mientras tomábamos el café con leche: “Este partido no lo perdemos”. Al sonar el pitazo final me preguntó que cómo sabía yo que Uruguay no perdería. “No lo sabía, pero por las dudas”, fue mi respuesta antes de despedirnos.

Pasaron más de 12 años de aquel día para enmarcar, y en el entretiempo de todo este largo transcurrir el Morro anduvo de un equipo a otro sin conseguir emular la eficacia que había caracterizado sus años de goleador juvenil, hasta que encontró su lugar en la cancha, su mundo, en Mendoza. En Godoy Cruz brilló, salió goleador del torneo argentino y con su condición de as y su haz de goles ayudó para que por primera vez en la historia el club ganara cuatro partidos seguidos. Por un tiempo, que fue tan breve como la felicidad lo es siempre, los sueños del Morro coincidieron con la realidad. Hoy viajan del infierno tan temido al cielo, donde lo esperan.  

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