Opinión > ANÁLISIS

Mujica, Astori y ojo con los porrazos

Martínez tiene que arriesgar para intentar acortar ventaja; Lacalle Pou deberá decidir si anuncia nombres o evita imprevistos

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09 de noviembre de 2019 a las 05:04

La experiencia versus el cambio. Los años cumplidos versus la juventud supuestamente renovadora. Los nombres para juntar votos versus las promesas para ganar votos. La garantía de calidad y la garantía de popularidad. La campaña del Frente Amplio pegó esta semana un giro brusco pero no inesperado; luego de números bastante peores a los esperados, los peores desde 1999, todo indica que Daniel Martínez se dejó “intervenir” por el partido. Este aportó su fuerza en la forma de un nuevo jefe de campaña que encarna su potencial renovación –Yamandú Orsi, al que sacaron de las gateras antes de lo previsto porque las papas queman- y un casting estelar de posibles ministros encabezados por dos pesos pesados de la política uruguaya: Danilo Astori y José Mujica.

Así comenzó la polémica sobre lo que había dicho antes Martínez y lo que hace ahora; el exintendente supo mostrarse bastante independiente de un partido que no lo había tratado demasiado bien cuando en las elecciones anteriores lo dejó fuera de la nominación,  y rechazó en buena parte sumar nombres para llenar cargos que dejaran contentos a los sectores de esta coalición que también es el Frente Amplio.

Antes de la primera vuelta apenas había sucumbido a la tentación de nombrar potenciales ministros (salvo el caso de Gustavo Leal, su asesor principal en Seguridad que pintaba claramente desde entonces para encabezar Interior); pero las urnas hablan, decían los viejos cronistas y, sobre todo, la estructura partidaria aprieta.

La coherencia suele ser una cualidad sobrevaluada en el terreno de la conducta humana, a pesar de que no siempre es una virtud. Ahora le critican a Martínez que haya dicho que iba a renovar y ahora recurre a los lideres históricos; mucho más cerca en el tiempo el candidato frenteamplista se encargó de afirmar con voz de discurso, incluso cuando habló el domino 27, que lo suyo no era eso de andar llenando cargos.  “No queremos hacer alianzas en base al reparto de cargos, pero sí en base a las ideas y los objetivos”, dijo y hablaba de la oposición que ese día y a esa hora ya comenzaba a tejer la alianza que ahora se llama coalición. Pero, como el destino es ladino, tuvo que repartir cargos (que aún no existen) entre los diferentes sectores de su propio partido que, si bien ahora muestra una fachada de sonrisas unificadas, ha sabido mostrar sus facetas bien diferentes y bien enfrentadas en innumerables instancias.

En dos semanas sabremos si la jugada a varias puntas del comando de campaña de Martínez le sale bien; y también sabremos si la que elija Lacalle (¿anuncios de nombres o anuncios de propuestas?) lo lleva a la presidencia.

¿Qué llegada puede tener en el electorado aún no decidido, o incluso en el que ya pensando en votar al FA tiene dudas, el hecho de que dos históricos y experientes políticos se sumen a la foto del candidato? Astori viene de una de sus peores votaciones y ha sido bastante maltratado por su partido en más de una oportunidad, a pesar de que siempre le ha dicho que sí a las propuestas de candidatos a presidente (incluso cuando él mismo había competido por ese puesto) que supieron descalificarlo primero y subirse luego a su respetado perfil técnico para sumar confianza a sus campañas. Eso fue lo que hizo Tabaré Vázquez en 2004, al punto de que el anuncio de que su aparente archienemigo sería su ministro de Economía fue un factor que pesó mucho en su triunfo. Eso fue lo mismo que hizo luego Mujica en 2009 (pero lo mandó a la vicepresidencia) y lo mismo que volvió a hacer Vázquez en 2014, que de nuevo le regaló la sellada: Economía.

Astori sería para el Frente Amplio algo así como una ISO, una norma de calidad que colabora mucho a la hora de abrir puertas del establishment, sobre todo de empresarios e inversores. Mujica, en tanto, es el personaje multicolor con una historia épica que lo llevó de guerrillero y torturado hasta el sillón presidencial y que convence a fuerza de una particular filosofía hecha de citas citables, de verdades a medias, y de efectismo mucho más calculado de lo que las chancletas y el acento paisano te hacen creer. Mujica tiene, con todos sus claroscuros a cuestas, buena parte de los ingredientes con los que se construyen leyendas, de las buenas y de las malas. Esa mítica le ha servido para atraer abundantes votos incluso en estas elecciones en que su sector, MPP, volvió a ser el más votado en el FA.

Astori la garantía de calidad (que no vota bien) y Mujica el mito viviente con sus claroscuros (que vota cada vez mejor). No es para nada una mala combinación a la hora de pescar votos de los indecisos sí, pero también de algunos frenteamplistas desencantados tras 15 años de gobierno. La pregunta es si estos dos políticos de peso alcanzan para contrarrestar no solo el natural hartazgo que suele generar en parte del electorado un gobierno que se repite, sino también el estilo confrontativo de campaña que usó el Frente Amplio (aunque no su candidato, paradojalmente). La pregunta es si la ausencia de autocrítica que reinó antes de la primera vuelta y ahora intenta colarse a sabiendas de que estratégicamente se necesita -pero que se escucha con escaso convencimiento por parte de los portavoces que la ensayan-, se compensa con el elenco de ministros y la foto de “juntos todos juntos”.

Del otro lado estas movidas generan al menos un reacomodamiento que siempre resulta riesgoso para el que va ganando. Luis Lacalle Pou y otros dirigentes blancos ya están usando el hashtag #EstáBuenoCambiar y la frase sirve del derecho y del revés: para reflejarse a sí mismos y para señalar que al menos los dos nombres más conocidos del elenco ministerial de Martínez son parte de lo que continuaría.

¿Cuánto obligan las movidas de Martínez a que Lacalle haga otras en el mismo sentido de definir equipo? Eso seguramente lo dirán las encuestas, que por ahora –con los resultados de una sola consultora a la vista- avizoran un escenario de cinco puntos de diferencia a favor de Lacalle Pou.

Por ahora el nacionalista se ha atenido a una hoja de ruta meticulosamente planificada. Evitó criticar a sus eventuales aliados convencido de que iba a necesitarlos y ahora su autocontrol cosecha frutos; la gran mayoría de los partidos con representación parlamentaria no solo decidieron darle su apoyo para el balotaje sino que incluso lo han hecho con entusiasmo, en algunos casos. Evitó incluso enzarzarse en discusiones altamente polarizadas (al estilo de oligarquía versus pueblo, que pronto se convirtió en la marca en el orillo de la candidata a vice de Martínez, Graciela Villar).

 

En estos 15 días se reunió con todos sus aliados, firmó con ellos un documento (que previamente había negociado su vice, Beatriz Argimón) en el que se incluyen las bases del acuerdo y comenzó a recorrer el interior. Cuando Martínez apostó fuerte a anunciar ministros -en una jugada que le puede salir bien pero que difícilmente lo perjudicará-, hizo su primer movimiento de peso. Casi inmediatamente comenzaron a manejarse nombres que podrían integrar el gabinete de Lacalle Pou. La realidad es que anunciarlos ahora, con una coalición recién estrenada en la que todos sus miembros todavía se miran de reojo, es un verdadero riesgo para el candidato. Deberá sopesar con mucho cuidado hasta qué punto le conviene cimentar su figura con nombres de pesos pesados, al mismo tiempo que arriesga problemas con sus aliados e incluso potenciales rechazos de sus votantes y de los que dudan.

La disyuntiva es para él mantenerse firme defendiendo el arco (que tiene cinco puntos a su favor adentro) o jugársela a meter un gol para ganar con más tranquilidad, aunque siempre hay chance de que le metan otro. Martínez y el FA no juegan por primera vez en muchos años como favoritos y ya se sabe que cuando no hay nada que perder es más fácil arriesgar. Lacalle Pou juega a ganador y cualquier desvío, propio o ajeno (recordemos unos cuantos ajenos que pueden generar un traspié de peso, incluyendo las declaraciones de Domenech), implica un nivel de riesgo que puede resultar en un porrazo con quebradura. 

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