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Nací en el 79

Parece que los nacidos entre 1977 y 1983 conforman una generación que alguien en el mundo anglosajón denominó como xennial

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02 de julio de 2017 a las 05:00

Luego de la generación de los baby boomers asociada al fenómeno hippie, llenos de paz y amor, de finales de la década de 1960, apareció la llamada Generación X, llena de frustraciones, negatividad e instinto autodestructivo. El péndulo rebotaba de extremo a extremo. Luego, en la década de 1980, surgió la generación que irrumpió en la adultez en la curva del cambio de milenio, los denominados milennials.
Fruto de un nuevo viraje, esta generación quedó inserta desde el chupete al mundo digital y a la revolución de la tecnología de las comunicaciones.

Pero en el medio, en estos pocos años entre 1977 y 1983, aproximadamente, nació otra generación, ni muy muy, ni tan tan, que algún sociólogo del mundo anglosajón lleno de chispa decidió bautizar como xennial.

Como nací en 1979, resulta que de pronto se iluminó el foco del científico sobre nosotros. Con un pie en los setentas y otro en la década ochentera, parece que compartimos características de ambas, contradicciones y una complejidad de la que, en principio, adolecen los X y los milennials. Por supuesto que cada generación no solo está atravesada por coordenadas de tiempo sino que el espacio es definitorio.

No tuvimos pañales de plástico, sino de tela y aquella maravilla de la estética natal llamada chiripá. Las fotos de niño nos muestran con flare o con ese melancólico tono anaranjado del sepia en las fotos de comienzos de los ochenta. Vimos Mork y Mindy, Alf y V invasión extraterrestre. Por supuesto que cantamos, reímos y lloramos con Horacio y Gabriela y también con Goma Goma. Nuestros padres vieron el acto de Obelisco y la reapertura democrática en televisión blanco y negro. Nosotros vimos el Mundial de México 86 en televisión color, por primera vez.

Vimos Indiana Jones, ganar primero a Lacalle, y luego de nuevo a Sanguinetti, mientras en la escuela bailábamos como Jazzy Mel. Votamos por primera vez en 1999. Cuando la música de las boy bands se volvía inescuchable encontramos en la burbuja de Oasis un refugio de rock posbeatle que nos salvara del resto del mundo. Nos dio miedo Pablo Goncálvez (que ahora parece regresar en la lejanía del Paraguay para recordarnos que la pesadilla puede estar a la vuelta del esquina). Los varones despreciamos a DiCaprio (¿no era otro back street boy arriba de un barco?), pero a escondidas terminamos viendo Titanic.

No sufrimos la dictadura, solo escuchamos relatos. No nos conmovía demasiado la política. No queríamos asaltar las instituciones. Éramos más... ¿sensibles?, menos... ¿"comprometidos"? Nos burlábamos del discurso setentista, y a pesar de que algún trasnochado ocupó liceos en la guerra de tiza contra Germán Rama, la mayoría nos fuimos a la playa. Es que estaba linda el agua. La selección uruguaya no iba a los mundiales y la celeste era sinónimo de sufrimiento y decepción, por eso todavía nos genera rareza la euforia cultural (y comercial) de la selección.

Dicen que fuimos los últimos analógicos, los que vimos nacer la bestia. Pasamos del vinilo, ya antiguo en nuestra tierna infancia, a los casetes, y luego asistimos al breve parto del CD. Afloró la computadora y los disquets. Entramos en la tecnología telefónica de la mano de los viejos y queridos Nokia 1100 (luego todavía subsiste). En la crisis del 2002 éramos unos niños, pero enseguida fuimos adultos. El siglo XXI nos toma con canas, sangre en las venas y hambre de futuro.

No sé qué es ser xennial. El término es feo, asemeja un medicamento de receta verde. ¿En cuánto nos parecemos a otros miles de uruguayos y de ciudadanos del planeta nacidos en otras épocas? Las combinaciones son casi infinitas, pero el que haya venido a la Tierra en ese poco más de un lustro habla mi idioma y entiende la particular cápsula de realidad contenida en esta columna.

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