22 de mayo 2022 - 5:05hs

La guerra en Ucrania va a cumplir 3 meses el próximo 24 de mayo y si hay algo claro es que Rusia fracasó en su plan A (tomar Kiev en pocos días y poner un gobierno títere en lugar de Zelensky) y en su plan B (ocupar zonas estratégicas de Ucrania como Kharkiv, la segunda ciudad en importancia) tiene enormes dificultades para plasmarse debido a la férrea resistencia ucraniana que no solo se ha hecho fuerte en el centro del país sino que ha tenido capacidad de contraatacar al ejército ruso y hacerlo retroceder hacia el norte.

Ahora un escenario de victoria rusa es improbable, como también es improbable un escenario de retirada, aunque en el Pentágono muchos sueñan con un contraataque ucraniano impulsado por la inteligencia americana y el apoyo en armamento por parte de OTAN. Un tercer escenario de arreglo negociado es más probable después de una guerra prolongada con momentos de paz y de batallas. 

Esto plantea escenario complejo para Ucrania y para los países de la NATO porque nadie sabe cómo puede reaccionar Putin ante el fracaso de sus “operaciones especiales” para desnazificar Ucrania. ¿Hasta dónde continuará el apoyo económico y militar de Occidente, especial de Estados Unidos que acaba de votar un paquete de ayuda por US$ 40.000 millones? ¿hasta cuándo habrá apoyo de inteligencia militar por parte de Estados Unidos? La pregunta no es superflua porque no estamos ante una guerra convencional entre dos estados equiparables sino ante una guerra, por ahora convencional, entre un estado dotado con armamento nuclear y otro solo convencional. El uso de armas nucleares parecía algo propio de la Guerra Fría o de las locuras de Corea del Norte. Pero las advertencias de Putin a Ucrania y a los países que ayuden a Ucrania, militar o económicamente, no pueden tomarse a la ligera. Putin necesita salvar su cara frente al fracaso ucraniano y no es de descartar que recurra a armas nucleares de nueva generación que pueden emplearse con mucha más precisión y efecto localizado. Lo planteó con mucha lucidez el famoso filósofo alemán Jürgen Habermas en una columna en El País de Madrid el día 7 de mayo donde marcaba la realidad de la amenaza de Putin y dónde expresaba cuál sería el grado de involucramiento militar o de inteligencia estratégica de Occidente en Ucrania que Putin considerara un “acto de guerra”. Por ahora no parece que se haya llegado a cruzar esta línea aunque descifrar qué pasa por la cabeza de Putin y de su círculo íntimo sea muy difícil para Occidente.

Lo cierto es que seguramente hay un punto, que no es necesariamente acción militar abierta, que Rusia considera acto de guerra. Por eso hasta ahora la OTAN se ha negado a establecer una zona de exclusión sobre el espacio aéreo de Ucrania pese al reiterado pedido de Zelensky y tampoco se ha mostrado dispuesto a proporcionar a Ucrania aviones de combate.

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A este panorama, cabe agregar lo ocurrido esta semana con la petición de Suecia y Finlandia de solicitar su ingreso a la OTAN, abandonando la política de neutralidad seguida por décadas. Bien notó el Kremlin dicha movida anunciando consecuencias indefinidas para ambos países.

Las amenazas de Moscú no han detenido a estos países en su plan de integrarse a la OTAN y tampoco esta organización, salvo Turquía, se ha manifestado dispuesta a rechazar esas solicitudes. Al contrario, parece ansiosa por darle rápido trámite.

En este punto, es lícito plantearse una cuestión de realpolitik. Hasta dónde se mantendrá el apoyo que moralmente merece Ucrania ante la invasión rusa, violatoria de todos los tratados y principios de derecho internacional.

No es que la expansión de la OTAN sea algo nuevo. Pasó de los 12 miembros originales en 1949 a 30 en la actualidad. Y aunque no existe su contraparte del Pacto de Varsovia, la OTAN se mantiene activa y proporciona a los autócratas del Kremlin ese motivo de nacionalismo para reafirmar su poder y de iniciar operaciones como la realizada en Ucrania.

Es lógica la postura de Suecia y Finlandia pero seguro que a Putin no le hizo ninguna gracia. Y dado el poderío nuclear de Rusia, no cabe descartar alguna maniobra desesperada para salvar la cara. Por ello Occidente está en la encrucijada de ver cómo ayudar a países como Ucrania o de dar trámite al pedido de Suecia y Finlandia sin cruzar el umbral de lo que Putin considere un acto de guerra. Es una tarea sumamente ardua que exige mucha cabeza fría en las capitales de Occidente y en especial en Washington. Porque puede estar en juego una tercera Guerra Mundial de consecuencias mucho peores que las dos anteriores. Y por otro lado, el apoyo a Ucrania no puede abandonarse porque eso traicionaría la propia esencia de los principios de Occidente. Es el momento de que los principales líderes que puedan lograr el equilibrio de las virtudes del coraje y de la prudencia porque en sus manos están en juego miles de millones de vidas.

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