10 de agosto 2023 - 10:59hs

Una de las ideas más antiguas y persistentes de la Ilustración occidental es la fuerza civilizadora del libre intercambio económico. La creencia de que el comercio y la concordia política se refuerzan mutuamente —a veces denominado "doux commerce" o "dulce comercio"— se remonta al menos a los escritos de Montesquieu hace 300 años.

Esta creencia ha motivado algunas de las decisiones económicas más importantes de los últimos 50 años: la bienvenida de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) por parte de Washington; la determinación de Alemania de vincularse a Rusia en una relación de interdependencia basada en la energía; y la confianza de la Unión Europea (UE) en que su adhesión podría convertir a vecinos pobres e inestables en riesgo de sucumbir al autoritarismo en baluartes de la democracia liberal.

En cada caso, una confianza general en el vínculo entre el crecimiento económico y el liberalismo político se unió a motivos más egoístas para inclinar la balanza a favor de unos lazos económicos más profundos.

Muchos pensaron que concederle a China un acceso permanente a los mercados y, al mismo tiempo, integrarla a la arquitectura mundial de normas comerciales, fortalecería a sus reformistas. La política alemana de gasoductos combinaba el interés de los industrialistas por el gas barato con la justificación más noble del "Wandel durch Handel", o "cambio a través del comercio": que las élites rusas llegarían a la conclusión, a través de las recompensas económicas de los lazos con el Occidente, de que deberían seguir su ejemplo. El proceso de adhesión a la UE demostró su poder para impulsar reformas liberalizadoras una y otra vez desde la década de 1980.

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Pero, en los últimos 20 años, la encarnación moderna de la tesis del "doux commerce" ha recibido algunos golpes significativos. Lejos de "occidentalizar" a los países más pobres y menos democráticos, el consenso actual es que la integración económica socavó la democracia liberal en el Occidente mientras que les proporcionaba a las autocracias el atractivo añadido de la fortaleza económica.

El pliego de cargos parece bastante condenatorio. Se culpa al "choque de China" de haber vaciado el sector manufacturero y de haber creado regiones desmoralizadas "que se quedaron atrás" en EEUU y en otros países. Desde que Xi Jinping llegó a la máxima posición en Beijing, ha aumentado la represión dentro de China y la agresión fuera, enterrando las esperanzas de liberalización política o de apoyo al orden mundial basado en normas.

El brutal asalto de Moscú a Ucrania ha acabado con el "Wandel durch Handel", y debería haberlo hecho cuando la Rusia de Putin intentó desmembrar Ucrania por primera vez en 2014. El hechizo de la integración en la UE se ha roto, no sólo con los miembros potenciales, sino también con los actuales, desde Turquía hasta Hungría, dándole la espalda al liberalismo pluralista. Y, en medio de todo ello, la crisis financiera mundial y sus repercusiones políticas socavaron la credibilidad de los países occidentales como ejemplos de la noción de que la prosperidad y la gobernanza democrática liberal van de la mano.

Pero, si se mira más de cerca, la historia que cuentan estos acontecimientos es más compleja, y más halagadora para la antigua visión de la codependencia del liberalismo y la prosperidad.

Empecemos por China. Las expectativas de un sólido repunte una vez que Beijing abandonara su represiva versión de "cero Covid" han dado paso al pesimismo económico. Las menguantes perspectivas de crecimiento parecen cada vez más una consecuencia del cambio de Xi de un Estado desarrollista a un Estado de seguridad.

Tal como lo destaca Adam Posen en un nuevo e importante ensayo, la extrema arbitrariedad de la política relacionada con Covid de Beijing "reforzó la sensación entre los chinos de que sus empleos, negocios y rutinas cotidianas siguen estando a merced del partido comunista chino". Las intervenciones políticas arbitrarias acaban con la voluntad de gastar e invertir en activos ilíquidos, ya que "la aversión al riesgo y mayores ahorros preventivos actúan como un lastre para el crecimiento, algo parecido a lo que ocurre tras una crisis financiera".

En lugar de refutar la antigua creencia liberal, China cada vez más parece una excepción temporal que confirma la regla.

Tampoco podemos descartar el poder de la UE para impulsar reformas liberales. En algunos casos sigue siendo fuerte, sobre todo en Ucrania, donde ha impulsado reformas económicas y de gobernanza durante una década. En Hungría y Polonia, el simple hecho de pertenecer a la UE ha frenado su deslizamiento autoritario: imagínense lo que Viktor Orbán o Jarosław Kaczyński podrían haber provocado si sus países hubieran estado fuera del bloque. En cuanto a Turquía, su era liberalizadora terminó cuando quedó claro que no se le ofrecía la adhesión a la UE, debido a la oposición de miembros como Francia.

Lejos de refutar las afirmaciones de que existe un vínculo entre el intercambio económico liberal y la liberalización política, estos casos más bien demuestran que, con el tiempo, el liberalismo y la prosperidad declinan (o se mantienen) juntos.

Si algo refuta la tesis, pareciera ser Rusia, y otros petro-Estados como Arabia Saudita. Pero reconozcámoslos como los casos especiales que son: no diversas redes de profundización del intercambio económico, sino suministros monopolizados de insumos esenciales. El error del Occidente no fue creer en el poder del "doux commerce", sino considerar estos lazos como comercio de buena fe y no como chantajes geoestratégicos.

Consideremos también cómo las democracias liberales sustituyeron la energía rusa en un tiempo récord. En una reivindicación del vínculo entre el liberalismo y la prosperidad, su sistema político ayudó a hacerles frente a las emergencias económicas cuando más importaba.

Además, Rusia sólo ha empezado a ser puesta a prueba por su aislamiento económico, el cual dista mucho de ser completo. Para lograr los efectos políticos esperados, debe ser aislada más totalmente y durante más tiempo. El Occidente haría bien en redescubrir la paciencia y la valentía de sus convicciones.

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