"Los animales salvajes nunca matan por deporte. El hombre es el único a quien le divierte la tortura y la muerte de sus congéneres”, escribió el historiador británico James Anthony Froude. El libro Los perros me hablan del psicoanalista Jorge Bafico, recoge ocho historias reales y de ficción sobre este deporte exclusivo del ser humano.
Bafico comienza por este tipo de definiciones teóricas básicas y destaca cifras como que 75% de los asesinos seriales viven en Estados Unidos y que en su mayoría son hombres jóvenes. Estos datos no solo sirven para ubicar al lector, sino también para justificar que ninguno de los casos sea local.
Los análisis de Hannibal Lecter, el protagonista de El silencio de los inocentes, y de Dexter Morgan, el personaje que da nombre a la serie Dexter, son los primeros perfiles del libro. Pero ni el manipulador doctor que Anthony Hopkins inmortalizó en el cine, ni el insensible y perfeccionista forense que interpreta Michael Hall, son capaces de generar miedo cuando comparten página con monstruos que existieron y existen.
Ted Bundy, por ejemplo, secuestró, violó y asesinó a 36 mujeres en solo cuatro años. El colombiano Luis Alfredo Garavito mató a 140 niños antes de ser enviado a prisión, donde permanece hasta hoy. Richard Trenton Chase mató a seis personas, una de ellas una mujer embarazada, bebió su sangre y canibalizó sus restos.
Por más perverso que sea Lecter, solo su galantería y elegancia de personaje de ficción, ya es más reconfortante que pensar en cualquier encuentro con estos hombres, aunque estén tras las rejas y con un bozal.
Los perros me hablan es un interesante ejercicio de análisis, no recomendable para personas fácilmente impresionables, que muestra que no existe un solo camino hacia la crueldad. Ya no "se buscan"
El asesino de la carretera
Ted Bundy
1946 - 1989
“¿Por qué es más incorrecto matar a un animal humano que a otro animal, un chancho, una oveja o un ciervo? ¿Es tu vida más importante para ti que la de un cerdo para un cerdo? ¿Por qué debería estar dispuesto a sacrificar mi placer?”, escribió Bundy en una carta a una de sus víctimas. Se le confirmaron 36 asesinatos de mujeres, por los que fue ejecutado en la silla eléctrica.
El hijo de Sam
David Berkowitz
1953 -
Entre el delirio místico y persecutorio, Berkowitz escribe: “Los demonios quieren chicas, azúcar, picante y todo lo que fascina. Soy el demonio del Pozo sin Fondo aquí en la Tierra que viene a sembrar la confusión y el terror. ¡Soy guerra, soy Muerte, soy Destrucción!”. Asesinó a seis personas bajo la convicción de que un perro endemoniado se lo había ordenado.
El carnicero de Milwaukee
Jeffrey Lionel Dahmer
1960 - 1994
En una entrevista, Dahmer contó: “Fue una broma. Encontré el perro y lo rajé para ver cómo era por dentro. No sé por qué, se me ocurrió que sería divertido clavar la cabeza en una estaca y dejarla en el bosque. Llegó uno de mis amigos y le dije que me lo había encontrado en los árboles. Solo para darle un susto”. Mató a 17 niños y jóvenes, y con algunos practicó necrofilia y canibalismo.
El Payaso asesino
John Wayne Gacy
1942 - 1994
“Con nombre de un famoso actor de cine, John Wayne Gacy también adquirió celebridad, pero lamentablemente por asesinar a una treintena de adolescentes y por mantener durante años en jaque a la Policía de Chicago”, escribe Bafico. Más específicamente, mató a 33 personas de entre 9 y 21 años. En juicio, Wayne dijo: “No solo soy la víctima aquí, puedo ser la víctima 34”.
El vampiro de Sacramento
Richard
Trenton Chase
1950 – 1980
Mató a seis personas y recibió el apodo de “El vampiro” porque bebía la sangre de sus víctimas. Bafico cuenta los motivos que expuso Chase para ello: “Decía que era judío de nacimiento y que los nazis, conectados con los ovnis, lo habían perseguido toda su vida y le habían ordenado por telepatía que matara para reponer su sangre. Por eso, ‘estaba muy claro’ que mató en defensa propia”.
La Bestia
Luis Alfredo Garavito
1957 -
Garavito asesinó a 140 niños, homicidios por los que aún está preso. Según Bafico: “Su modus operandi era siempre el mismo. Primero recorría el lugar e identificaba su objetivo. Escogía niños de entre 6 y 16 años de edad de bajo nivel socio-económico (...). Luego de entablar conversación con ellos, les ofrecía dinero y los invitaba a caminar (...) y los sometía en sitios despoblados”.