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Pan con sangre

Aquel domingo en el hipódromo Percudani me pegó el grito y se acercó para pasarme un extraño dato.

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29 de mayo de 2012 a las 00:00

Nadie sabe si es un dios, la suerte, ese algo extraño que llaman destino o sencillamente es puro esfuerzo conducido con hábiles manos quien decide el incierto final de una carrera de caballos.
Tampoco es seguro que estas disquisiciones ocupen la cabeza de aquel que elige apostar a la comunión que en la pista une al equino con un hombre de chaquetilla y fusta bajo el brazo.

Por lo menos al petizo Percudani no le inquietaban estos asuntos cuando, cada fin de semana, llegaba al hipódromo más temprano que los fieles a misa.
Percudani era el típico carrerista que antes de jugar un boleto examina estado físico, antecedentes y pedigrí de los caballos, y la flexibilidad de la muñeca de los jockey.
Como casi todos los apostadores perdía un poco más de lo que ganaba, y mantenía pequeñas deudas con sus amigos que saldaba ni bien una moneda de más caía en sus manos.

Pero los muchachos reconocían en él a un aplicado estudioso de esa ruleta de tierra que, los periodistas necesitados de palabras, llaman “el deporte de los reyes".
De tanto pasear su esmirriado cuerpo entre los muros del hipódromo y de visitar los barrosos studs, Percudani se ganó el aprecio de muchos dueños de caballos y de buena parte de los jockey.

Esas costumbres le permitían conocer algunos datos, con visos de "fija", que cedía generosamente a la barra de la tribuna popular.
Aquel domingo Percudani me pegó el grito desde la baranda del picadero y se acercó para darme un abrazo.
"Che, yo te debo unos mangos ¿querés que te los pague más tarde o ahorramos tiempo y te doy el nombre del caballo para que pases directamente por ventanilla?", preguntó dándose dique.
Le dije que no se preocupara por unos pocos pesos, pero Percudani estaba seguro de que saldaría la deuda.
"En la última carrera jugále todo lo que tengas en los bolsillos al trece, a Pan con Sangre. Tené cuidado no te de un síncope cuando te enteres del dividendo que paga", dijo bajando la voz. Sonrió y se perdió entre los demás burreros.

Pasé la tarde mirando carreras en las que casi siempre ganaban los favoritos. No valía la pena molestarse en pasar por la ventanilla para cobrar casi la misma plata apostada.
Finalmente llegó la competencia de dos mil trescientos metros que, según Percudani, era pan comido para el potrillo Pan con Sangre. Ojee el suplemento del diario para enterarme de los antecedentes del caballo.
Tenía menos pedigrí que un gato callejero. La madre se llamaba "Dale nene" y el padre "Farruco". Cualquiera que hubiera pasado alguna vez por la esquina del hipódromo sabía que ninguno de los dos había salido jamás en la foto.
Además, en las tres últimas carreras Pan con Sangre había llegado al disco atrás de otros cuatro o cinco caballos.

Miré el tablero electrónico para saber cuánto pagaba: más de noventa y cinco veces lo jugado. Mucha plata. Para colmo competía con animales bastante rendidores.
No podía entender quién había metido ese caballo en la cabeza de Percudani. Pero ¿y si no le jugaba y llegaba a ganar?. Rasqué los bolsillos hasta el fondo para ver cuanta plata cargaba en los pantalones. Si el dato era cierto me llevaría a casa el equivalente a veinte sueldos de los que pagaban en la fábrica.
"Todo a ganador al trece", le dije al boletero. Creo que el empleado largó una risita.

Percudani no se apareció por la tribuna ni tampoco lo divisé en el palco. Decidí mirar la carrera bien alejado del gentío para que a ningún conocido se le ocurriera preguntarme a quién le había apostado.
Las gateras se abrieron pasadas las seis de la tarde. Pan con Sangre largó correctamente, se mantuvo bien colocado y llegó al codo de la pista en el tercer lugar. Cuando ingresó a la recta final empezó a correr en serio. Faltando trescientos metros le había sacado cuatro cuerpos al caballo que tenía más cerca.

Grité como un enajenado el nombre del animal que el glorioso Percudani me había recomendado. Me pareció escuchar otras tres voces desaforadas en el lado derecho de la tribuna. El resto de la gente no entendía nada.
Pan con Sangre apareció primero y solo en la foto. El jockey Wilmar Guede ya había sofrenado su caballo cuando el último competidor cruzó el disco.
En cuanto abrieron las boleterías me lancé a cobrar. La plata apenas me entraba en los bolsillos. Estaba felíz.
Antes de irme a festejar esperé en la puerta del hipódromo para agradecerle a Percudani. Tardó como veinte minutos en aparecer. "De nada, flaco", respondió antes de zambullirse en un taxi.
. . .

El rumor corrió por el barrio sin que nadie le otorgara mayor importancia. Los dueños del hipódromo habían encomendado una investigación para saber si se escondía algo extraño tras el imprevisto triunfo de Pan con sangre. Aquel domingo solamente trece personas habían apostado al intrascendente animal que también sorteó sin problemas el control antidoping.
Los desconfiados investigadores perdieron el tiempo interrogando a las personas más cercanas al caballo. "Por supuesto que le aposté ¿qué quiere? ¿que le apueste a los rivales?, respondió el dueño del potrillo con impecable sentido común.
Los investigadores tampoco tuvieron suerte con el jockey ganador. "No me gusta el juego. Yo corro por deporte. Pero mi hermano y mi tía siempre le apuestan a los caballos que monto, aunque sean unos perros. Y bueno ¿vio como es la familia, no?", dijo el diminuto deportista.

El resto de los jockey que participaron de aquella carrera reconocieron que les había sorprendido el rendimiento de Pan con Sangre pero precisaron que, cada tanto, la pista les depara una de esas sorpresas. Particularmente si estaba barrosa como aquel domingo.
La Comisión Fiscal dictaminó que ninguno de ellos había "bombeado" a su caballo para favorecer rivales. Después de diez días clausuraron la investigación.

No volví a escuchar el nombre de Pan con sangre hasta que, esta tarde, un amigo que vende diarios en la puerta del hipódromo me pegó el grito.
"Te quería contar algo. ¿Te acordás de aquella carrera que ganó Pan con sangre? Bueno. Viste que mi hermano es el que saca la foto de los caballos que llegan al disco... ¡No sabés lo que es la definición de esas fotos!. La agrandan con computadora y hasta pueden saber si el jockey lleva un alfiler entre los dedos", comentó el diariero.
Estaba por pasar el ómnibus así que lo apuré para que terminara la historia. Entonces se metió en el kiosquito y salió con una foto. “¿Te acordás quien corrió ese caballo?. No, no fue Wilmar Guede. En serio. Ese cantó descompostura y se encerró en un baño. No le cuentes a nadie, pero mirá esta foto de la llegada”.

En el papel blanco y negro satinado, se distinguía claramente el rostro del hombre encaramado sobre aquel caballo que me había regalado casi veinte salarios.
Miré al diarero esperando esa mueca con la cual la gente confirma una broma. Pero el gesto nunca llegó a la cara del canilla.
Nadie sabe si es un dios, la suerte o ese algo extraño que llaman destino quien decide el incierto final de una carrera de caballos.
Pero aquel domingo, Pan con sangre había sido puro esfuerzo conducido por las hábiles manos de Percudani.

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