Acabo de volver de una cobertura periodística de varias semanas en Punta del Este, por lo tanto cuando leo en The Economist un comentario sobre un libro reciente (se publicó en noviembre de 2013) que se llama El poder del glamour, de Virginia Postrel, esas reflexiones me afectan de manera singular en estos momentos.
Nací en Maldonado y viví a lo largo de los años en varios barrios de la capital fernandina y del principal balneario de América del Sur, por lo tanto la salida y la entrada del mundo del glamour se hace cosa de todos los días para quienes son lugareños.
Los habitantes de esas dos ciudades, divididas de manera simbólica por una avenida en dos municipios pero formando una sola mancha urbana sobre el mapa, saben bien de esta disyuntiva semiótica. En una visión simplista, Punta del Este es hiperglamourosa, mientras Maldonado es muy poco glamourosa.
Pero para Postrel, el concepto de glamour traspasa las nociones de belleza o de signo estética, y se conecta más con lo que denomina “una forma de comunicación que hace explícita una respuesta emotiva particular”. Por lo tanto, lo que rodea a la palabra “glamour” no es tanto una cualidad intrínseca, per se de lo glamouroso, sino las formas de reaccionar a quienes les llega el mensaje.
Para la autora, es más importante el deseo de tener determinado vestido y la sensación de transformarse en otro (con todo lo que esto implica), que el vestido en sí, como factor determinante de belleza. Por supuesto que la marca ayuda y quien lo viste más, pero el anzuelo de atracción, pongamos por ejemplo, para una mujer que mire una fotografía de una estrella de cine en una pasarela es ser por un instante esa estrella vestida de esa forma.
Postrel argumenta que el poder del glamour se hace más potente cuando le permite a la imaginación triunfar por sobre la racionalidad.
“Aquellos de nosotros que viven vidas muy poco glamourosas no tendrán problemas en evocar la agonía y el éxtasis de vivir dentro de una abstracción”, dice el comentario de The Economist, con un dejo que parece casi masoquista.
Este factor de viajes hacia otros mundos imaginarios está en la raíz de la palabra. Según Postrel, la etimología de glamour proviene del gaélico “glamyre”, que era un término que en la Edad Media se utilizaba para describir el efecto de un hechizo sobre alguien, que le hacía cambiar la forma de ver el mundo.
Pero luego el término evolucionó y se trasladó al campo del lujo, como los objetos caros de joyería. Cualquier persona que los tuviera y los exhibiera en público pasaba a tener glamour.
Aunque la actitud del portador (o principalmente, de la portadora) empezó a ser determinante. Esto sucedió, por ejemplo, entre las actrices de Hollywood de la llamada “época dorada”, entre las décadas de 1940 y de 1950.
Postrel cita a la (hoy poco recordada) actriz Hedy Lamarr, quien dijo: “Cualquier chica puede ser glamourosa. Solo tiene que pararse quieta y lucir estúpida”.
A esa supuesta o real distancia del mundo cercano, a esa actitud casi ajena a la situación que rodea a alguien con glamour, Postrel la llama sprezzatura: las cosas se hacen sin esfuerzo, todo parece que trasciende lo ordinario del día a día.
Paris Hilton llega en helicóptero a pasar música en un parador alejado en Laguna Garzón. Entierra sus tacos en la arena.
Posa para las fotos sacándose una foto. Podría estar en Saint Tropez, en los Hamptons o en Bali. Su imagen quiebra la geografía. Y los que luego ven esa foto desean esa pose, esos zapatos que se hunden, esa actitud, pero sin culpa ni resentimiento.
Porque si las revistas para mujeres, que explotan todo este arsenal semiótico, las hicieran sentir comunes y corrientes, no se entiende cómo es que siguen vendiéndose tanto.