11 de abril 2020 - 5:04hs

Mientras Uruguay, como muchos otros países, se hunde en la recesión por causa del coronavirus, con más desempleo y pobreza, sus autoridades tratan de determinar cuándo deberá acabar el confinamiento preventivo: la luz al final del túnel.

El país por ahora parece relativamente a salvo de lo peor, como la mayoría de los latinoamericanos. La región ha tenido unos 2.200 muertos desde el principio de la pandemia, más o menos los que Estados Unidos tiene en un solo un día. Pero los fríos intensos no han llegado al sur. El invierno es el gran aliado de la parca. Se espera que los muertos sean muchos más en mayo.

El presidente Luis Lacalle Pou pareció optimista en la conferencia de prensa del miércoles 8. “Si uno ve el ritmo de contagio y de recuperados, nada hace pensar (…) que estemos ante una disparada de casos”, comentó, siempre que los ciudadanos mantengan el aislamiento y bloqueo (lockdown).

El número de infectados por el Covid-19 puede estar claramente subestimado, como ocurre en muchos países, en parte por una baja tasa de testeos. Muchas mutualistas los retaceaban, ya sea por escasez de insumos, o por instrucciones gubernamentales restrictivas. Al fin el martes el gobierno asumió mayores costos, amplió los síntomas bajo sospecha y de inmediato el número de test se multiplicó.

El problema del virus es su facilidad de propagación, no tanto su mortalidad.

El encierro puede durar meses. Pero más temprano que tarde habrá que ponerse a producir al completo, para no morir de hambre. Si no se hace, la miseria y la locura matarán más personas que el coronavirus.

Las agroindustrias uruguayas siguen encendidas, lo que es una bendición. Ahora se cosecha la soja. Pero el comercio exterior decayó, y colapsaron el turismo, el comercio, la inversión y el consumo no básico.

El gobierno avisó que en algún momento no lejano enviará al Parlamento su variadísima Ley de Urgencia, ya conocida en febrero aunque con agregados. El debate será grande e interesante y puede llevar meses. El presidente toma el pulso político, en tanto la táctica favorita de la oposición, por ahora, es hacer tiempo.

Muchos expertos y políticos imaginan que el fin del lockdown será gradual, en procura de un contagio masivo programado, por parcelas o sectores de la sociedad, hasta tanto haya una vacuna disponible en el mundo. Pero la “normalidad”, si es factible, demorará años, como el pago de los daños.

El gobierno propone que en doce días comiencen las clases en las escuelas rurales uruguayas, salvo las de Canelones, con asistencia voluntaria. Es una población relativamente desconcentrada, de 13.500 niños, además de 1.500 maestros y auxiliares. También estimula las compras en pequeños comercios y servicios barriales mediante el “cupón canasta” y un código QR en el celular, en una tentativa por mantener viva esa delicada trama social.

Se suponía además que el lunes 13 volverían al trabajo unos 45.000 empleados de la construcción, una industria decaída pero aún muy importante entre la población más humilde. También se reanudaría la construcción de la fábrica de celulosa de UPM sobre el río Negro, que incluye la reconstrucción de más de 270 kilómetros de vías ferroviarias y una terminal portuaria.

Pero la oposición de los sindicatos de maestros y de obreros de la construcción —como antes el paro de la mayor parte de los empleados de la industria frigorífica— puede arruinar esos planes de transición gradual. También devela el espíritu obstruccionista que podría predominar en ciertos sindicatos en los próximos años.

El gobierno uruguayo parece seguir una ruta similar a la tomada por estados como Dinamarca, un país de 5,7 millones de habitantes, de amplia producción agropecuaria, que ha tenido unos 250 muertos, una tasa muy baja en Europa, y comienza a levantarse. Se trata de una sociedad liberal y disciplinada. Buena parte de su industria pequeña nunca dejó de producir, muchas personas nunca dejaron de salir a calles y parques a hacer ejercicio, y a partir del 15 de abril los niños más pequeños volverán gradualmente a clase, para liberar a sus padres.

Los gobiernos de Austria, Noruega y Dinamarca consideran que la curva de contagios ya se ha “aplanado” de manera consistente, y se disponen a abrir la puerta de a poco y a aceptar el virus. Es un gran experimento histórico, en medio de dudas y advertencias.

El coronavirus no es un asesino igualitario. Afecta más a los viejos que a los jóvenes, a los enfermos más que a los sanos, aunque distingue menos entre ricos y pobres, salvo que éstos estén muy mal alimentados y descuidados.

Los países con más muertes en proporción a su población son España, Italia, Bélgica, Francia, Holanda, Suiza y Reino Unido, en ese orden. Las causas se discuten hasta el hartazgo. Estados Unidos aún está muy atrás, con relativamente pocos muertos por millón de habitantes, aunque en crecimiento, en tanto la situación de China, epicentro de la pandemia, es un misterio.

Circulan toda clase de teorías conspirativas, y pronósticos sobre los efectos geopolíticos de la pandemia. Algunos creen que China será la gran perdedora, con el fin de la deslocalización industrial masiva y el auge proteccionista; en tanto otros predicen que emergerá triunfante en medio de las ruinas, y citan a Mao Zedong: “Todo bajo el cielo está en completo caos: la situación es excelente”.

Según la OIT, en estos meses se perderán centenares de millones de puestos de trabajo de tiempo completo, mientras miles de millones de personas reducen sus ingresos. Es la catástrofe socioeconómica más grande desde la Segunda Guerra Mundial, que empezó hace 80 años.

En un instante, una parte significativa de la humanidad cayó en la pobreza: en Uruguay y en el mundo. Latinoamérica no crece desde 2014 y la miseria campea en Venezuela, América Central, Brasil, Colombia, Perú, Argentina.

Los gobiernos toman un papel más activo en la economía, aunque sus posibilidades suelen ser escasas y deban recurrir a más crédito. Ponen una red abajo, para los más desamparados, y procuran hacer un puente entre la normalidad perdida y la recuperación ansiada.

Luego que pase la tempestad, habrá más impuestos, menos gastos, más deudas: una vida más austera, cuando no miserable, en la que tal vez predomine la sobria felicidad de quienes han sobrevivido a un mundo raro y calamitoso.

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