7 de julio 2022 - 17:32hs

Por Jemima Kelly

Cada vez que marco esa pequeña casilla que dice que he leído, entendido y aceptado varios miles de palabras de términos y condiciones, estoy diciendo una mentira.

Quizás sea sólo una pequeña mentira, pero la frecuencia con la que se me pide que lo haga — casi cada vez que descargo una nueva aplicación, actualizo a una nueva versión de un sistema operativo o me suscribo a una suscripción digital — me hace sentir incómoda, y me da la sensación de que, de alguna manera, soy cómplice de una mentira mayor.

Algunos podrían alegar que podría leer estos términos y condiciones antes de aceptarlos para no tener que mentir. Si lo hiciera, estaría en una pequeña minoría; un estudio realizado en 2020 por el grupo de derechos digitales ProPrivacy descubrió que apenas el 1 por ciento de las personas leen los términos y condiciones antes de aceptarlos, aunque el 70 por ciento afirma haberlo hecho.

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También me resultaría difícil vivir mi vida: un trabajo realizado en 2008 por dos académicos de Carnegie Mellon calculó que si los estadounidenses realmente leyeran y dieran su consentimiento a las políticas de privacidad de todos los sitios web que visitan, les llevaría un promedio de 244 horas al año.

Otros podrían pensar que esto no es importante. Pero la idea de que, porque hay cosas más importantes de las que preocuparse, no debemos preocuparnos por esa deshonestidad sistematizada es precisamente el problema. Parece que no vacilamos en añadir eslóganes o declaraciones a nuestros perfiles en las redes sociales que son totalmente falsos y no representan lo que realmente sentimos. Hemos desvirtuado tanto el valor de la verdad que ni siquiera nos damos cuenta — y mucho menos nos preocupamos — de que muchas veces no la decimos del todo.

Una investigación realizada durante la campaña presidencial francesa de 2017 demostró que, aunque la verificación de hechos de las afirmaciones de los candidatos mejoró el conocimiento de los votantes sobre los temas, no modificó sus "conclusiones políticas" ni su apoyo a determinadas personas. La verificación de hechos es en sí misma una práctica problemática que a menudo no cumple con lo que sugiere su nombre. Así que, en un mundo que sitúa la verdad tan abajo en el orden jerárquico de los valores sociales, ¿es de extrañar que personas como Boris Johnson sigan mostrando un desprecio tan casual por ella? ¿Debería sorprendernos que, después de cambiar su historia varias veces, la oficina del primer ministro británico piense que puede decirnos que Johnson había olvidado que se le había informado sobre las acusaciones de conducta sexual indebida del diputado conservador Chris Pincher?

A ninguno de nosotros debería sorprende realmente el número de falsedades que Johnson ha acumulado a estas alturas. El hecho de que Gran Bretaña esté dirigida — por ahora, al menos — por un mentiroso así es sintomático de una degradación social más amplia de la verdad. Como dijo Lord Simon McDonald el martes, la forma de decir la verdad de Johnson parece implicar "cruzar los dedos al mismo tiempo y esperar que la gente no sea demasiado exhaustiva en su interrogatorio posterior", pero no es el único.

Incluso Donald Trump, quien sin duda mintió más descarada y copiosamente que cualquier otro presidente estadounidense antes de él, fue simplemente el producto de un alejamiento más amplio de la veracidad; de lo contrario no habría sido ganado las elecciones. Aunque él haya acelerado el paso a la era de la "posverdad", el término como tal es muy anterior a él.

John Tasioulas, profesor de ética y filosofía legal de la Universidad de Oxford, dice que también se ha producido un alejamiento de la verdad en el mundo académico a lo largo de las últimas décadas. La influencia de filósofos posmodernos como Michel Foucault y Jean-François Lyotard ha popularizado la idea de que las pretensiones de verdad objetiva deben ser sistemáticamente desacreditadas.

Pero también es el resultado de otros pensadores influyentes no asociados al posmodernismo, como el teórico político liberal John Rawls, quien alegó que la sociedad no puede organizarse en torno a ninguna concepción de la verdad de los valores éticos, porque no todas las personas razonables los compartirían.

Al mismo tiempo, conforme la sociedad se ha ido polarizando, se ha hecho más difícil cuestionar o estar en desacuerdo con "tu propio bando". Llegar a la verdad de un asunto es un proceso que requiere un debate y una investigación abiertos y sólidos. Si nuestras sociedades se basan en la idea de que ciertas "verdades" deben aceptarse sin alguna consideración, y que está mal incluso cuestionarlas, eso para en seco este proceso.

Como me dice Tasioulas, "identificarse con el grupo llega a ser mucho más valorado por la gente que identificarse con la verdad, porque si realmente defiendes la verdad, puedes encontrarte con que te rechazan o te excluyen".

En el mundo de la lucha libre profesional, la palabra "kayfabe" se utiliza para describir la práctica — entre los luchadores y el público — de mantener la ilusión de que todo es real, cuando en realidad todo se rige por un guion. Cada vez que marcamos esa pequeña casilla de los términos y condiciones, estamos participando en una especie de kayfabe a nivel de sociedad: la ilusión no sólo de que estamos diciendo la verdad, sino de que seguimos valorando semejante cosa.

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