Para los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne, la ficción se asemeja increíblemente a la realidad. Con una carrera que comenzó en la década de 1970 mediante la creación de su propia productora de documentales, la dupla siempre dejó claro su interés, sino preocupación, por las problemáticas sociales. Así, al realizar el pasaje a la ficción cinematográfica, la esencia se mantuvo impoluta, aunque cambiara la forma.
En su más reciente película, Dos días y una noche (2014), esa línea de trabajo no se desvía, al centrarse en las vicisitudes que Sandra (Marion Cotillard) debe enfrentar para conservar su trabajo. Al reincorporarse tras una crisis nerviosa, la protagonista descubre que la gerencia de la empresa no sólo quiere disolver su cargo, sino que ha puesto la decisión en manos de sus compañeros, con mil euros como recompensa para los que acepten.
Aunque compagine con los filmes anteriores en tono y enfoque, Dos días y una noche supone un viraje en la filmografía de los Dardenne, quienes apostaron a un gran nombre hollywoodense en contraste con los actores desconocidos que suelen preferir, aún manteniendo a su recurrente Fabrizio Rongione (como Manu, esposo de Sandra). Esa decisión no sólo generó un resultado excepcional, que lleva la trama de una manera perfectamente articulada en términos actoriales, sino que le dio al público la oportunidad de volver presenciar a la sutil vulnerabilidad de Cotillard, ya explorada en La vie en Rose (2007), pero ahora acompañada con señales de un cuerpo desgastado por la lucha y el trabajo, encorvado, desgarbado.
A lo largo del filme, esa Sandra aquejada por circunstancias actuales y ansiedades constantes, debe visitar a cada uno de sus compañeros de trabajo para convencerlos de que renuncien al bono y la ayuden conservar su trabajo. Ese recorrido, no obstante, no lo hace sola, sino acompañada por una cámara ágil que la sigue y persigue en todo momento, registrando la versatilidad del rostro de Cotillard, que, perspicuo, manifiesta con precisión y sin melodrama las instancias de vergüenza o alivio que emergen tras cada puerta que toca.
En ese trayecto, los hermanos Dardenne no saltean ninguna parada, obligando al espectador a sumergirse en el camino tortuoso. Aunque Sandra repita ante todos el mismo discurso, el relato nunca se vuelve reiterativo, ya que las respuestas inesperadas de los colegas y las reacciones de Cotiilard mantienen al ojo en vilo.
Con cada visita, la historia descubre pequeñas diapositivas de un mundo en el que todos son víctimas del mismo sistema, un poder más grande que los obliga a elegir entre ellos mismos y los demás. Al hablar de las particularidades de un solo personaje, los Dardenne brindan un atisbo a una coyuntura crítica y al efecto de un espíritu individualista, volviendo el ojo a las pequeñas victorias que pueden darse cuando todos son un poco más humanos.