Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

Por qué "El irlandés" y "Guasón" fueron de lo mejor del cine en 2019

La película de Martin Scorsese en Netflix y el villano de Todd Phillips suman 21 nominaciones a los premios Oscar 2020

"El irlandés" está dirigida por Martin Scorsese y se puede ver en Netflix

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18 de enero de 2020 a las 05:00

Si la realidad copia a la ficción, como dice el lema de la literatura romántica, mi vida en 2019 fue una enorme ficción parecida a la del personaje de Al Pacino en Insomnio, o al de Christian Bale en El maquinista, dos películas en las cuales la falta de sueño pone de relieve las complejidades de la vida humana. El insomnio ha sido una constante que, a pesar de todo, tuvo sus cosas buenas. El poco dormir me ha permitido leer más libros y ver mayor cantidad de series y películas que de costumbre. Cuando no trabajo, leo y escribo, y cuando ya no puedo leer ni escribir –porque también el insomnio tiene sus reglas y normas– miro historias en la pantalla catódica. 

Durante el año que acaba de terminar creo haber batido mi récord, no en cuanto a libros leídos, pero sí en cuanto a películas y series vistas. Cuando hago números, me preocupo: han sido cerca de 150 películas. Considerando que a solo un puñado de ellas puedo considerar memorables, podría decir que he perdido demasiado tiempo frente a una pantalla.

Ninguna estuvo al nivel de La eternidad y un día o de El sacrificio, aunque me parece que es pedir demasiado. En EEUU, país donde está la principal industria del entretenimiento mundial, en 2019 se estrenaron 786 películas. A pesar de que los estrenos notables fueron minoría, el recién concluido fue un año bastante bueno desde el punto de vista cinematográfico. Tres películas permanecerán conmigo más de lo que podría haber pensado cuando las vi.

El año 2019 comenzó en cine a gran nivel con el estreno de un filme memorable, La mula, una de las mejores en la riquísima filmografía de Clint Eastwood. Es la historia de un anciano convertido en flete del narcotráfico, quien de manera regular y rutinaria recorre en su camioneta pickup 2.392 kilómetros entre El Paso (Texas) y Chicago (Illinois), unas 23 horas de viaje por carretera. Sin hacer pedagogía barata, el director de 89 años de edad dio una lección sobre cómo lidiar con las catástrofes diarias, en días en los que la vida está devaluada y los objetivos son a corto plazo. En esa vida se gana y se pierde, pero ni los triunfos ni las derrotas sirven para cambiar el destino según el cual todo al final se acaba y de nada sirve buscar consuelo en el espejo retrovisor. En otro ejercicio sublime de incorrección política –acto si se quiere heroico en tiempos de falluto progresismo– el maestro dio una clase de cine total, excepcional.

Clint Eastwood dirigió y protagonizó "La Mula"

En tiempos en que las películas están sobrepobladas de personajes que parecen salidos de un videojuego y que no paran de mostrar un comportamiento acelerado y neurótico, el ritmo cansino de La mula, que representa la lenta complejidad del paso del tiempo, puede resultar anacrónica, parte de una época anterior en la que el cine le otorgaba más espacio al pensamiento que a las acciones de los personajes. Esa manufactura difícil de clasificar hace de La mula una película idiosincrática. No se sabe a qué género pertenece; es drama y es cine de acción, es realismo y es metafísica sobre la conducta humana; es cine político y es de emociones, es thriller y documental. Es parábola bíblica y cine noir con comentarios sociales, pues la historia de este veterano de la guerra de Corea, floricultor que se va a la quiebra porque en estos tiempos las flores son importadas y se venden por internet, puede ser la de cualquier héroe de barrio que trata de hacer algo por sus vecinos y termina convertido en ángel de la guarda.

El insomnio ha sido una constante que, a pesar de todo, tuvo sus cosas buenas; el poco dormir me ha permitido leer más libros y ver mayor cantidad de series y películas que de costumbre

El segundo lugar en mi lista lo ocupa El irlandés, que cuenta con 10 nominaciones al Oscar y de seguro más de una estatuilla va a ganar. Lección magistral de cine, el filme dura más de tres horas, pero podría durar el doble y la grandeza al momento de contar sería la misma. Martin Scorsese consiguió lo más difícil de lograr en cualquier disciplina artística que incumbe el relato de una historia: cuenta sin que la atención del espectador note el paso del tiempo. A diferencia del cine de Tarantino, que entretiene sin profundizar, aquí es a la inversa, porque Scorsese, en un acto de resistencia a la tendencia de entretener sin proponer nada con trascendencia espiritual o religiosa, reflexiona en voz alta sobre asuntos impostergables de nuestra condición.

Scorsese plantea una visión profunda, de trascendencia no impostada, sobre el deber ser, sobre el bien y el mal, y sobre la diferencia entre la moral y la ética en una sociedad despiadada en la cual pueden esperarse las más aborrecibles realidades. Una de las grandezas de El irlandés es precisamente esa, la de lograr que los personajes no se aparten de su identidad verídica. En tiempos en que la industria cinematográfica se ocupa de personajes ficticios, creados incluso con efectos especiales, venerando la existencia de superhéroes que nada tienen que ver con lo que sucede en la cruel realidad de todos los días, Scorsese actualiza el cine de emociones y grandes ideas. Ha hecho una película que tiene todos los elementos de los wésterns majestuosos de John Ford o Robert Aldrich, pero que sucede en un espacio urbano, la ciudad de Filadelfia.

A diferencia del cine de Tarantino, que entretiene sin profundizar, aquí es a la inversa, porque Scorsese reflexiona en voz alta sobre asuntos impostergables de nuestra condición

Por una cuestión de edad se ve como muy difícil que Martin Scorsese vuelva a hacer una película tan extraordinaria de principio a fin como El irlandés, de 230 minutos de duración, y que requirió un trabajo de manufactura fastuoso. El director neoyorquino tiene 77 años, por lo que podría suponerse que acaba de hacer su canto del cisne. Sin embargo, el ejemplo de Eastwood, lúcido, creativo y todavía innovador cuando se acerca a los 90 años de edad (en 2019 también estrenó Richard Jewell, otro gran filme que pasó inadvertido), demuestra que en ocasiones el paso del tiempo puede jugar a favor de aquellos seres humanos que mantienen actualizada su capacidad creativa.

El tercer filme en la lista de fundamentales del 2019, es Guasón, filme que cuenta con 11 nominaciones al Oscar y que en cierta manera puede considerarse la sorpresa del año pasado, pues no es una película de superhéroes en la que triunfan los efectos especiales por sobre las emociones auténticas. En Guasón la violencia es bastante más que mera intermediaria de la locura humana cuando ninguna finalidad específica y empírica la guía. La violencia carece de papel instrumental. Resalta como consecuencia de una realidad en primer plano que origina comportamientos, estados de ánimo y virulencia estética capaz de instalar emociones donde no habían sido invitadas.

Todd Phillips llevó a la pantalla grande un Guasón diferente, encarnado por Joaquin Phoenix

Con complaciente explicitud, Guasón exterioriza su homenaje a ciertas películas que acuñaron un estilo y un punto de vista para referir a una realidad demencial, fuera de control, en la que el individuo debe luchar contra su propia alienante soledad. Guasón auspicia varias lecturas, todas paralelas y coincidentes en el notable final abierto que deja a la inteligencia con ganas de seguir prestando atención. Habrá segunda parte.

En caso de ser obligatorio rescatar un aspecto en específico, sin duda el más destacado concierne a la estética, a la apabullante parafernalia visual que no descuida detalle. La soledad de Arthur Fleck (el Guasón) está emparentada con la de algunos personajes cinematográficos emblemáticos del cine americano de la década de 1970, en filmes ejemplares como Mi vida es mi vida (1970), Atrapado sin salida (1975) y Taxi driver (1976), quienes en un mundo desquiciado tiraban manotazos de desesperado, sabiendo de antemano que la batalla y la guerra estaban perdidas. Esa aura de nihilismo en estado puro atraviesa de principio a fin la película que seguramente le valdrá el Oscar a Joaquin Phoenix, situándola en la época que le corresponde, la nuestra, en la que ningún sistema político o ideología está al servicio de la salvación del ser humano.

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