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Por qué me fui de El Observador

No necesito mirar atrás para recordar todo lo que aprendí, lo que disfruté, lo que sufrí, porque todo eso y quienes me acompañaron en la tarea de editar cada día un ejemplar del diario seguirán estando conmigo

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29 de mayo de 2019 a las 08:42

La relación entre periodistas y lectores tiene algunos vericuetos extraños. Te leen, presuntamente, porque te creen. Pero en determinadas ocasiones eligen no creerte y afilian a la teoría de la conspiración. Me fui del diario El Observador después de 20 años y públicamente dije que lo hacía con el respeto intacto luego de tantas aventuras vividas. Pero a muchos no les alcanzó: que fui censurado, que el juicio de Feola, que algo raro hay. En suma, eligen no creerme, a mí, por quienes supuestamente están preocupados de que me haya ido; a mí, que nunca oculté mis discrepancias con algunas coberturas de El Observador y que he escrito columnas incluso contra los editoriales del diario cuando discrepé fuerte con ellos.

Si alguna frustración me llevo es no haber estado muchas veces a la altura intelectual y con el coraje suficiente para aprovechar los horizontes de libertad que la línea editorial del diario, marcada por su director, Ricardo Peirano, me ofrecía. La falta de libertad, o su presunción, es una no muy profunda trinchera para ocultar la mediocridad de quienes no pueden ofrecer más de lo que ofrecen. Aquí eso no corría.

Y entonces, ¿por qué me fui? Ya me he acostumbrado a que “porque sí” es un argumento que nadie soporta, a veces ni siquiera yo mismo, aunque esté convencido de que es el elemento de más peso en algunas de mis decisiones. Entonces pienso que el cansancio intelectual y físico que traen consigo los años –y el estrés de otros tres empleos– se pude ver incrementado por 20 años trabajando en un mismo lugar; porque hoy la norma parece ser el cambio y ayuda a renovar el probarse a sí mismo jugando en otras canchas. ¿Será que llegado el momento a alguien le interesará contar con mi firma? ¿Cómo lucirán mis ideas en otro contexto? Me pregunto de qué forma me seguirá creyendo la gente que presuntamente me creía, pero que me ha obligado a contarles por qué me voy, cuando lo interesante es el camino por delante y no el darse vuelta a saludar una vez más.

No necesito mirar atrás para recordar todo lo que aprendí, lo que disfruté, lo que sufrí, porque todo eso y quienes me acompañaron en la tarea de editar cada día un ejemplar del diario –fueron más de 7.000 ediciones en este tiempo– seguirán estando conmigo. De alguna forma se van conmigo porque ellos moldearon parte de lo que soy. ¿Y qué soy? Un periodista que escribe, antes que nada, por el mero placer de escribir. Si me creen que me fui del diario con la pasión intacta y sin dolores, fenómeno. Si no me creen, no creo que les importe mucho la pérdida. Es genial que haya para todos los gustos. ¿Nos encontraremos por ahí? Quizás. Y si no es así, ¿por qué dejaría de escribir? Y bueno, ¿porque sí?

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