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Por un puñado de dólares

En el fondo, el joven y exitoso Mark Zuckerberg se enfrenta a un grave problema: cómo recuperar el valor de la confianza que parece haber perdido, tanto él como su compañía

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15 de abril de 2018 a las 05:00

Esta semana, Mark Zuckerberg, fundador y CEO de Facebook, y uno de los hombres más ricos del mundo, tuvo que abandonar la cómoda vestimenta informal que usa habitualmente en Silicon Valley y calzarse un traje oscuro y una corbata al tono, que no le quedaba demasiado bien, para comparecer ante el Congreso de Estados Unidos. Lo hizo en días sucesivos ante diversas comisiones y para responder preguntas de legisladores que no entienden cómo funciona Facebook, así como de otros que entienden perfectamente bien la naturaleza de la red social creada en 2004 y que hoy cuenta con 2000 millones de usuarios.

Uno de estos legisladores conocedores del tema, el senador Dick Durbin de Illinois, le hizo una pregunta que lo dejó boquiabierto y que se hizo viral. Durbin le preguntó a Zuckerberg: "¿Se sentiría usted cómodo compartiendo con nosotros el nombre del hotel en el que se hospedó anoche?". El fundador de Facebook hizo una pausa, sonrió levemente, hizo una mueca y no contestó. Simplemente, como boxeador que ha sido golpeado en la mandíbula y aspira a mantenerse de pie, musitó: "Um, uh, no". Y antes que Zuckerberg se recuperara, el legislador demócrata le tiró otra filosa pregunta: "Si usted ha enviado mensajes a alguien esta semana ¿compartiría con nosotros el nombre de sus interlocutores?". De nuevo, el fundador de Facebook soslayó la pregunta y respondió con otro rápido "no". Satisfecho de ver a su presa en problemas, Durbin señaló: "Creo que de eso trata todo esto. Tu derecho a la privacidad, los límites de tu derecho a la privacidad y cuánta información das hoy por hoy en Estados Unidos para conectarte con personas de todo el mundo". Es que Durbin le señaló que cualquiera que se hubiera conectado desde el hotel con Facebook habría dejado datos del hotel en que estuvo alojado y que los mensajes que envió a sus amigos, de los que Facebook era dueño, podría hacer uso de ellos para vender publicidad.


Este es el pacto faustiano: navego gratis por Facebook a cambio de darte todos mis datos, pero no solo los tradicionales (nombre, apellido, fecha de nacimiento) sino también mis gustos, mis viajes, mis aficiones, los lugares que visito y muchas cosas más que hago.

Con esos y otros datos la firma Cambridge Analytica manipuló perfiles de 87 millones de usuarios e hizo campaña a favor de Trump y del brexit y de vaya a saber qué más. Y aunque esa no fuera la intención de Facebook, Zuckerberg tuvo que reconocer que cometió un grave error y que su empresa "no hizo lo suficiente" para prevenir ese uso espurio, para divulgar noticias falsas y para fomentar el discurso del odio.

El senador republicano por el estado de Iowa, Chuck Grassley, se apresuró a señalar que este escándalo mostró que los usuarios "no han entendido por completo la cantidad de sus datos que son recolectados, protegidos, transferidos, usados y abusados". Y siendo eso tan cierto, compañías como Facebook aprovechan ese desconocimiento para generar grandes beneficios. Unos US$ 20.000 millones anuales para Facebook, que tiene un valor bursátil de unos US$ 480.000 millones, pese a que ha perdido 20% desde que The Guardian descubrió el escándalo a mediados de marzo.

Además de reconocer su error, Zuckerberg señaló que iba a adoptar medidas correctoras, "para proteger nuestras democracias". Parece bueno que comience a preocuparse ahora por ello. En oportunidades anteriores, prometió correcciones que nunca se pusieron en marcha o que no tuvieron el efecto deseado. Hoy el joven CEO de 33 años, que hace poco sonaba como candidato presidencial por parte del Partido Demócrata, ya sabe que antes que a la política deberá dedicarse a poner su casa en orden.


Su casa es demasiado grande y se le ha ido de control. Como escribió el prestigioso columnista del Financial Times John Gapper, el pasado martes Zuckerberg reconoció ante el Congreso de Estados Unidos que "no basta conectar gente, sino que nosotros tenemos que asegurarnos que esas conexiones sean positivas". Y que, en opinión de Gapper, esa será una promesa muy difícil de cumplir por más esfuerzos que se dediquen.

En el fondo, el joven y exitoso Mark Zuckerberg se enfrenta a un grave problema: cómo recuperar el valor de la confianza que parece haber perdido, tanto él como su compañía. Y la confianza es un valor que cuesta mucho recuperar una vez que se pierde.

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