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Por un Toblerone

No se trata de usar la ética como arma arrojadiza de lucha política, sino de incorporarla en la vida pública del país

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01 de octubre de 2017 a las 05:00

Las consecuencias de la renuncia del vicepresidente Raúl Sendic están lejos de apagarse. Ha decidido volver a la actividad política y el efecto de su renuncia comienza incidir a la hora de analizar otras conductas. Para algunos, es la hora que el Frente Amplio recupere la iniciativa luego del grave episodio ocurrido. Algunos dirigentes, como el expresidente Mujica, intentan minimizar la importancia de los hechos que determinaron la renuncia de Sendic. Mujica se refirió, por ejemplo, al caso de los bolsos conteniendo US$ 9 millones que José López, número dos del Ministerio de Obras Públicas de Argentina, arrojó por encima de los muros de un convento. "Enfrente unas monjitas (en realidad no fueron las monjitas sino el alto funcionario del gobierno K) tiran unos bolsones de plata y nosotros discutimos sobre unos calzoncillos".

Parecería que para Mujica la vara ética va en función de la cuantía de la malversación: unas bermudas (que tienen como compañía algún colchón y otros efectos personales en la misma tarjeta) no son lo mismo que bolsos con US$ 9 millones. Efectivamente no lo son en cuantía pero sí en la conducta. Y a raíz de corrupciones y corruptelas, la vara ética para medir la acción política se ha puesto muy elevada por parte de la gente, que no tolera la compra de unas bermudas con dineros públicos ni las pérdidas de ANCAP, ni las mentiras sobre un título de licenciado (el famoso "cartoncito" que parece no servir para mucho, a estar por las polémicas declaraciones de la vicepresidente Topolansky).

Por eso es bueno poner las cosas en perspectiva y para ello nada mejor que un párrafo del fallo del Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio donde señala que "desde el punto de vista ético la cuantía de una malversación y el grado de enriquecimiento tienen importancia solo relativa. Un enriquecimiento indebido de monto poco importante es también una violación de principios que deben considerarse fundamentales".
Por eso es bueno poner las cosas en perspectiva y para ello nada mejor que un párrafo del fallo del Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio donde señala que "desde el punto de vista ético la cuantía de una malversación y el grado de enriquecimiento tienen importancia solo relativa. Un enriquecimiento indebido de monto poco importante es también una violación de principios que deben considerarse fundamentales".
Pero ¿es así?, ¿no se trata de un súbito ataque de moralina? Un caso ocurrido en Suecia en 1995 nos ayuda a entenderlo mejor. Ese año, la exviceprimera ministra sueca Mona Sahlin, principal aspirante a sustituir a Ingvar Carlsson, primer ministro y líder del Partido Socialdemócrata sueco, vio sepultar todas sus esperanzas y su carrera política por el equivalente de un par de calzoncillos. Incurrió, en efecto, en un "escandaloso caso de corrupción". ¿En qué consistió? En utilizar su Riksdag credit card (la tarjeta de crédito que poseen los altos cargos políticos suecos) para compras personales. ¿Y qué compró? Algo que Mujica quizá habría pasado por alto: dos barras de chocolate Toblerone y un vestido en un free shop, todo lo cual le costó a las arcas del Estado sueco la "escalofriante" suma de 35,12 euros. Cuando se supo el hecho, que aún hoy se conoce como el "affaire Toblerone", la indignación de la gente fue tan grande que a los pocos días Mona tuvo que renunciar y, por supuesto, devolver los 35,12 euros que no le pertenecían. Años más tarde, escribió un libro en el que ofrecía sus disculpas pero nunca se liberó del desprecio del pueblo sueco, muy estricto en el uso de los dineros públicos.

En definitiva, los que ponen las varas éticas más o menos elevadas son los pueblos cuando toleran, o no, conductas reñidas con la ética. Pero ello no en función de la cuantía de la conducta sino en función de la calidad de la misma. Son los pueblos, cuando se indignan o no ante las conductas de sus dirigentes, los que ponen la altura de las varas. Muchos argentinos se mostraron sorprendidos por la renuncia de Sendic, recordando que el vice de Cristina Kirchner, Amado Boudou, procesado por la Justicia, jamás se le pasó por la cabeza renunciar a su cargo. Son varas diferentes.

Algunos han dicho que el Frente Amplio dejó alta la vara ética con la renuncia de Sendic, conseguida luego de varios meses de tires y aflojes dentro de su partido. Pero en realidad quien dejó la vara alta fue la gente, que no toleraba "el uso inapropiado de los dineros públicos", como señaló el fallo del Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio. Que, bueno es reconocerlo, dejó también alta la vara ética al no entrar en consideraciones de que si "el uso inapropiado de los dineros públicos" era de escasa o de elevada cuantía.

Entramos ahora en una época de nuestra vida política en la que todos los partidos usarán la vara ética para medir a sus adversarios. Pero no se trata de usar la ética como arma arrojadiza de lucha política, sino de incorporarla en la vida pública del país. Y que la ética incluya no solo el uso indebido de dineros públicos, sino también el uso indebido de la confianza popular y el uso indebido de la verdad o la mentira según me convenga. No nos puede dar lo mismo que un día nos digan una cosa y al siguiente la contraria, y nosotros tan impávidos.

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