Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

Premio Nobel con diéresis

Una poeta estadounidense de 77 años es la reciente ganadora del galardón sueco

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17 de octubre de 2020 a las 05:01

En 1940, 1941, 1942 y 1943 no se entregó el premio Nobel de Literatura. Para sorpresa del sentido común, pues la guerra seguía, la premiación se reanudó en 1944. El ganador fue Johannes Vilhelm Jensen. El escritor danés con nombre de dentista jubilado tuvo poco tiempo para disfrutarlo, no solo porque las bombas siguieron cayendo, sino porque murió seis años después de ser distinguido. Como ya es norma –los suecos son geniales en esto–, las razones del porqué del premio para Jensen sintetizaron el colmo de la vaguedad: “Por la rara fuerza y fertilidad de su imaginación poética con la que se combina una curiosidad intelectual de amplio alcance y un estilo atrevido y fresco”. Escritor prolífico, el Nobel le sirvió de poco para mantenerse vivo luego de muerto: ni siquiera en Amazon –qué ahí no hay– se encuentran sus libros. El 2 de setiembre de 1945 terminó la segunda guerra mundial. Para celebrar que la normalidad volvía y los tiempos bélicos habían terminado, la premiada ese año fue una mujer, Gabriela Mistral. Era el plan B. El premio iba a ser para Paul Valéry, pero como murió antes decidieron cambiar de continente, aunque no de género literario. Dicen que desde entonces el mundo no vivía una crisis grande tan expandida como la actual. Para destacar el hecho, la Academia Sueca volvió en 2020 a la fórmula de hace 75 años, premiando en annus horribilis a otra mujer, poeta también, pero estadounidense. ¿Mera coincidencia? Mistral tenía 56 años cuando fue nobelizada, Louise Glück tiene 77, misma que Jensen cuando murió.

El de este año no ha sido un premio político, lo cual es bueno, muy bueno, sino uno poético, lo cual es todavía mejor. Se agradece pues a los suecos, con sus autos Volvo, su SAS y su vodka Absolut, por haber distinguido a la poesía. El problema es que se premió a una poeta cuya obra no presenta demasiada ni bastante novedad, mejor dicho, esta es más bien nula. Mejor dicho, dije, y eso precisamente hace Glück: lo mismo, dicho un poquito mejor. Resulta más fácil descifrar el código genético del coronavirus que comprender los criterios estéticos de los suecos a la hora de premiar. Si el asunto era condecorar a una dama con versos, había otras con obras de mayor originalidad para justificar tremenda distinción. En la lista de merecedoras destaco a tres en dimensión superior a la ganadora: Susan Howe, Lyn Hejinian y Claudine Rankine. Que se lo hayan dado a Glück y no a Howe suena a aberración del criterio. Es como premiar a Spielberg y no a Tarkovski  y argumentar que El extraterrestre es una película metafísica. Salvo que algún milagro de la naturaleza ocurra, Howe nunca lo ganará. La última vez que una poeta había ganado el Nobel fue en 1996. Dentro de 24 años, Howe tendrá 107. 

Conozco bien la obra de Glück. Durante un tiempo la incluí en mi curso sobre “poéticas de innovación en las Américas”, el cual acaba de cumplir 35 años y es, si no me equivoco, el único en el mundo con esas características enseñado en forma ininterrumpida. Un día, no de la noche a la mañana, pero sí de la noche a la mañana de la semana siguiente, dejé de incluir en el plan de estudios a la nueva Nobel. Me di cuenta de que los trucos que pasaban por sortilegio y en principio me habían interesado, eran más fáciles de realizar de lo que suponía. Cuando uno le toma los puntos al procedimiento del mago, la magia se esfuma. Supe cómo el conejo salía de la galera. Detecté el mecanismo. El diccionario tiene una hermosa palabra para estos casos de sorpresa a la inversa: chasco, decepción parecida a la que tuve el día que me enteré que los padres eran los Reyes Magos. En el caso de la poesía de Glück, descubrí que Papá Noel era el gordo de la esquina con un disfraz rojo. Hoy la leo sin la felicidad que siente el perro al atrapar en el aire la pelota que le han tirado.
Poesía para los que nunca leen poesía y cuando sí quieren sentirse genios por haber entendido. Poesía tranquila, sin sobresaltos sintácticos, ideal para complacer a quienes se exasperan cuando leen un poema y no entienden. Poesía para los que escriben mala poesía y elogian aquella que esté apenas un poco mejor. La poesía de Glück no es de las que dan un paso adelante y asumen un riesgo estético en el vacío. En esta lírica tan statu quo, los límites de lo racional permanecen sin ser transgredidos. No se produce la debacle de la razón que Valéry le exigía al poema moderno. Glück se afana por encontrarle ventajas a la erudición del detalle, y en esa simpleza insiste. A diferencia de las mencionadas,  la insolencia y lo insolemne quedan en su obra fuera de la convocatoria. La tarea de interpretación que esta lírica nos pone delante aparenta complejidad, pero es más impostura que otra cosa. Lo explícito es fácil de legitimar. 

Cuando en 2008, durante el festival de poesía de Granada, Nicaragua, le comenté esto a Eduardo Chirinos (1960-2016), traductor al español de El iris salvaje, libro por el cual Glück ganó el Pulitzer en 1993, Eduardo me miró con cara de cómo puede ser. Le sorprendió que no quisiera unirme al club de entusiastas de la poeta, quienes encuentran en los poemas más de lo que realmente hay. La escritura dirime su deriva en un coto donde prevalece una pretenciosa austeridad, por no haber otro artificio de la mente que le salga al paso a manera de desafío. La diferencia que se pretende imponer dista mucho de ser rotunda. El raciocinio queda sin desestabilizar. Por consiguiente, la poesía no logra librarse del control de la lógica lineal ni sus cometidos entran en zona de expansión. Eso iría en su detrimento. Al querer ser biempensante, Glück impide la aparición de un sentido de ajenidad como el que emerge, por ejemplo, al leer la poesía de gozosas simultaneidades de John Ashbery, poeta estadounidense que tanto hizo por el lenguaje para merecer el premio y que se fue con las manos vacías. 

La primera ganadora del Nobel con diéresis o crema en su apellido ha escrito una obra breve, de libros que se parecen. No se oye en ellos a la dinamita estallar. En el sordo cielo de la sintaxis, las detonaciones llegan por ausencia. Lo que está es lo único que hay. Ni siquiera en los escasos momentos de inestabilidad sintáctica, cuando las frases amagan con irse por las ramas, se concreta la transición hacia el espacio obligatorio de lo indecible, cuyo objetivo es permanecer inalcanzable. Poeta que surfea en olas pequeñas, en versos de incluso dos palabras, Glück imposta el activismo de la abstracción, sobre el cual ha delineado su poética. Las hipótesis inaplicables del ser terminan siempre en lo mismo. No en vano, a las primeras de cambio, tras la lectura de tres o cuatro poemas seguidos, la melodía de la voz principal deviene monotonía. Al pie de la letra, el lenguaje camina dócil con quien lo guía, sin oponer resistencia a los facilismos que lo configuran. A diferencia de la poesía de Howe, las palabras no regresan a la zona del desconocimiento para preguntar si se han perdido algo. Los empeños del intento reciben toda la atención, para quedarse en eso, solo en intento. Apurada para que sus versos lleguen cuanto antes al sentido, Glück encara el verso a partir de la velocidad de lo corto que está a mano, activando intersticios del decir en los que la conciencia del lenguaje se encuentra bajo control. El lenguaje es Big Brother. Su misión es vigilar. Nada de libertinaje sintáctico. Cualquier resquicio de espontaneidad queda descalificado. Glück es una poeta de cien metros llanos, no una maratonista a la que debemos admirar por el alcance de su respiración, o por haberse animado a interrogar al grado cero de los números primos.

“Este premio solo significa para mí 10 millones de pesetas”, dijo Camilo José Cela al ganar el Nobel en 1989. A los 77 años, edad en la que se necesita salud, más que dinero, Glück se ha embolsado US$ 1,1 millones. La distinción le garantiza un presente sin penurias económicas, aunque no la posteridad. Si tuviera que apostar por su lugar en la historia de quienes obtuvieron el Nobel, diría que es similar a la de su compatriota Pearl S. Buck (ganadora en 1938). En su época, la autora del best seller La buena tierra –en oferta permanente en Amazon– embelesó a medio mundo, pero hoy ¿cuántos la leen admirativamente?  Buck y ahora Glück. Tal vez me equivoco y los tiempos por venir serán de juicios de valor tan poco rigurosos como en 2020, y en 2089 o 18 años después se continuará celebrando como hoy la literatura entendible, de fácil interpretación, ingredientes favoritos de los señores y señoras suecos a la hora de imponer su veredicto. En eso son irreprochables. Su blando modo de proceder ya lo definieron en 1901 al darle el primer Nobel literario a Sully Prudhomme, poeta francés cuya única gloria vigente es aparecer en la dedicatoria de un poema de Julio Herrera y Reissig. 

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