“Vísteme despacio que tengo prisa”, le espetó el rey Fernando VII al ayudante que, en el apuro, no lograba hacer bien su tarea. “Festina lente” (“apresúrate despacio”) le gustaba decir al emperador romano Augusto. La interpelación de esta semana a Luis Alberto Heber, que lideró desde el Ministerio de Transporte y Obras públicas las negociaciones con la empresa Katoen Natie, puso de manifiesto la actualidad de la viaja sentencia. El apuro suele ser un mal consejero.
Desde luego, para analizar un tema tan intrincado y sobre el que seguramente la opinión pública tiene menos información que los gobernantes hay que ser extraordinariamente prudente. Es cierto, además, que solucionar rápidamente el conflicto con la empresa belga, era un tema de enorme importancia estratégica y económica para el país, que había quedado pendiendo del gobierno anterior. También es cierto, y hay que ponerlo en el platillo de la balanza donde van las virtudes, que el nuevo gobierno tiene un claro sentido de lo imperioso que es resolver un conjunto de desafíos, entre ellos, el que terminó derivando en la interpelación de esta semana. De todos modos, con la información disponible, no puedo dejar de pensar que el sentido de la urgencia acaba de jugarle una mala pasada al Poder Ejecutivo.
Es evidente que, en el apuro, hubo poco diálogo. Es sabido que, a medida que aumenta el número de actores consultados, aumenta también el tiempo requerido para tomar una decisión. Pero hubo muy poca consulta. Se consultó poco a la propia ANP, la autoridad portuaria. No se consultó como hubiera sido conveniente con los demás partidos de la coalición de gobierno. El propio Heber lo reconoció autocríticamente: “Es verdad que las ansiedades gubernamentales llevaron a que el 2 de marzo se anunciaran los acuerdos muy buenos y excelentes” sin avisar a los socios de la coalición. “Ese apresuramiento llevó a una falta de análisis y discusión interna de la coalición que aceptamos como un error”, agregó, según la crónica de El País.
Los socios de la coalición, a medida que tomaron nota de las fisuras e implicancias del acuerdo negociado con la empresa, se apresuraron a impulsar soluciones ad hoc. El Partido Colorado insistió muy especialmente en la importancia de crear un ente regulador. Cabildo Abierto propuso, durante la interpelación, suspender la ejecución del contrato y renegociar con Katoen Natie el procedimiento a seguir en caso de una eventual venta del paquete accionario. Aunque, a la postre, respaldaron lo actuado por el ministro, quedó claro que la decisión adoptada en su momento no les terminaba de cerrar.
Tampoco hubo diálogo, desde luego, con el Frente Amplio. No hace falta seguir muy de cerca las noticias para tomar nota de lo difícil que resulta en este país que los dos grandes bloques se sienten serenamente a conversar. Hablaron entre sí poco y nada sobre cómo “blindar” políticamente la crisis sanitaria generada por el covid-19. Están hablando poco y nada sobre cómo encarar la reforma educativa en ciernes. El FA dialogó poco y nada con colorados, blancos e independientes mientras le tocó gobernar. Vuelvo a hacer, como hago siempre, la excepción del inicio de la presidencia de José Mujica y sus cuatro comisiones multipartidarias. A su vez, colorados y blancos, entre 1985 y 2004, hablaron poco y nada con el FA. Hubo también excepciones: el inicio de segunda presidencia de Julio María Sanguinetti y las negociaciones sobre seguridad social y reforma política; el comienzo de la presidencia de Jorge Batlle y la Comisión para la Paz. Recordemos que los partidos políticos uruguayos ni siquiera pudieron tramitar todos juntos la transición de la dictadura a la democracia: el PN no participó en el Pacto del Club Naval.
No hubo diálogo entre los partidos de coalición en un tema geopolíticamente clave como es del puerto. No hubo diálogo entre gobierno y oposición en un asunto que compromete a 12 administraciones (60 años). No hubo diálogo porque sobró sentido de urgencia y porque tiende a faltar, demasiado a menudo, valoración de la importancia del diálogo. El diálogo político no solamente es necesario para “blindar” decisiones evitando críticas y costos electorales. Esta dimensión, de carácter instrumental o táctico, no puede ser soslayada por ningún actor de gobierno que quiera cuidar su capital político. Pero el diálogo político tiene un sentido mucho más profundo, de carácter sustantivo y, si se me permite la expresión, gnoseológico. Dialogando se mejora la calidad de las decisiones y se minimiza el riesgo del error.
Me inclino a pensar que el Poder Ejecutivo, en este caso, tropezó. Los tropiezos, en un sistema de partidos tan competitivo como el nuestro, suelen tener costos electorales. El tiempo dirá. Sin embargo, un tropezón como éste nos ofrece una excelente oportunidad para pensar a fondo sobre los riesgos de la prisa y de la escasa disposición a escucharse entre quienes piensan distinto. En el fondo, y esto es lo más importante para mi gusto, este episodio nos invita a revisar a fondo prácticas políticas demasiado arraigadas. Así vivimos las personas, intentando aprender de nuestros errores. Así, por ensayo y error, pragmáticamente, evolucionan los órdenes sociales como nos enseñó Emanuel Adler. Una genuina apertura a puntos de vista distintos tanto de aliados como rivales ayuda a minimizar el riesgo de decisiones equivocadas o perfectibles.