"Hubo un tiempo que fue hermoso”, cantaba Sui Generis en una canción tan triste como su propio título, Canción para mi muerte. Tal vez ese tiempo hermoso fue enero y febrero, antes de que el mundo implosionara al ritmo de un virus más feroz que la más feroz de las superpotencias que dominan este mundo polarizado. Tal vez fue mayo o junio, cuando los uruguayos nos sorprendimos a nosotros mismos al constatar el bajo número de contagios y sentirnos únicos por un rato en una región castigada y desbordada, en su gran mayoría, por el covid-19.
El tiempo hermoso volverá pero no será ni este mes ni el que viene ni tampoco el año que viene. En el mejor de los escenarios, con una vacuna efectiva sobre fines de 2020 o principios de 2021, la normalidad (que nunca será la de antes) regresará lenta y progresivamente. Esto es fácil de entender en el discurso, pero difícil de internalizar en el comportamiento del día a día y, más aún, del minuto a minuto.
El aumento progresivo de casos que se registró en los últimos días es lógico y hasta esperable, como han señalado los científicos y las autoridades. Pasa aquí y pasa en todos los países que comenzaron a aflojar las restricciones porque la economía aprieta y porque la gente también necesita escapes. Estos “sustos” no son agradables pero son necesarios. Los humanos funcionamos a rigor, como bien demuestra la historia, y nos escapamos por la tangente apenas encontramos excusas.
Durante estos meses de encierros y distanciamientos sociales, las personas en el mundo entero, y los uruguayos en nuestro pequeño rincón del planeta, seguimos alimentando ese pensamiento mágico, esa voz interior que nos dice que todo va a estar bien, que es cuestión de tiempo, que pronto todo volverá a ser hermoso (¿como antes?). Ese pensamiento mágico, basado en supuestos y no en hechos, nos define como humanos y de muchas formas ha sido el disparador de algunas de las más hermosas expresiones de arte, cultura y civilización. De todo lo que a fin de cuentas nos hace humanos.
Algunos autores, entre ellos Lévi Strauss, han señalado que el pensamiento mágico tiene funciones adaptativas. Pensar que “todo va a estar bien” es una manera de adaptarnos a estos cambios radicales que impuso la pandemia. Nos ayuda a navegar la incertidumbre, a aprender habilidades que no teníamos (como estar todo el día conectados en teleconferencias y ver con desesperación como nuestros hijos también lo están), a sumar nuevas costumbres a nuestra rutina.
Hasta ahí vamos bien con el optimismo y el pensamiento mágico. Pero lo que está pasando en el mundo y por ahora con menos agresividad en Uruguay, requiere de mucho más que buenos pensamientos y esperanza. Requiere de sacrificios y disciplina, dos conceptos que tienen mucho que ver con esa frase que hemos escuchado reiteradamente repetir al presidente Luis Lacalle Pou: libertad responsable. Para ejercerla debemos hacernos merecedora de ella y, como queda claro a cada minuto y cada día, no es nada fácil.
Leonardo Carreño
No es fácil ponerse y sacarse el tapabocas decenas de veces por día. No es fácil decirle que no a festejar un cumpleaños con amigos, no es fácil decirle que no a nuestros hijos cuando dicen que van a una “fiestita” o, si ya no están en edad de que acaten nuestros Nos, sentarse con ellos a tener una charla sobre lo que está pasando, sus alcances y la contribución que también necesitamos de parte de ellos para que todo siga marchando lo mejor posible.
Los nuevos brotes en Uruguay nos obligan a cada uno de los uruguayos a entendernos como la parte más fundamental de esta nueva normalidad que llegó para quedarse. No es suficiente con las medidas tomadas por las autoridades ni las directivas que aconsejan los científicos. Nunca serán suficiente ni nunca podrán ir al ritmo mucho más evolucionado de un virus que se escondió durante siglos, aguarando paciente su mejor momento.
No deberíamos los uruguayos esperar que todos nos sea ordenado por una autoridad, aconsejado o dado. Luego de cinco meses de incertidumbres es hora de asumir que faltan unos cuantos más y que, esto es tal vez es lo más descolocador, nadie sabe cuántos más serán.
Esta semana se anunciaron una batería de nuevas medidas. Algunos preguntaron, ¿por qué no se tomaron antes?. “Con el diario del lunes” es una frase repetida pero en estos tiempos de covid-19 nadie tiene el diario del lunes, ni siquiera las naciones más desarrolladas del mundo con todos sus miles de millones a cuestas. Estados Unidos llegó a los cuatro millones de contagios. Algunos otro países en los que el virus parecía apaciguado, como España y Australia, por mencionar solo algunos, vuelven a cerrar puertas y contar por miles los contagios.
Los ciudadanos debemos seguir exigiendo y confiando en autoridades y científicos. Hasta ahora y bajo las mayores presiones nos han demostrado que lo saben y pueden hacer y que, sobre todo, han aprendido a adaptarse a una realidad que cambia a veces en un solo día. Pero no podemos descansarnos solamente en lo que hagan ellos.
Hasta ahora los uruguayos nos podemos dar una buena nota. Hubo protestas, hubo censores de la conducta ajena, hubo partidismo inútiles a la hora de juzgar una u otra movida, pero todo eso fue menos importante que la conciencia mayoritaria –siempre hay excepciones, claro– de que debemos cuidarnos cada uno y entre todos. En gran parte esto tuvo que ver con directivas claras del gobierno y sobre todo del presidente. Hubo mejores y peores días, pero Lacalle Pou ha comunicado con claridad lo que se está haciendo, lo que se pretende hacer, lo que sabe y, aún más importante, lo que aún no sabe ni puede prever.
Esta semana volvió a hablar en conferencia de prensa y fue el momento correcto, porque si bien no se han disparado la cantidad de casos aumentó y todos los días en vez de dos o tres escuchamos o leemos 20 o 30.
Leonardo Carreño
Este nuevo brote derivado sobre todo de la Médica Uruguaya, nos deja una alerta que debemos entender para que no se convierta en amenaza y luego en desastre. Aprovechemos cada alerta para recalcular el rumbo. El gobierno decidió hacer obligatorios los hisopados para todas las personas que se internen en un centro de salud de Montevideo y Canelones y exigir tests y visados para quienes pretendan entrar a Uruguay.
“Si podemos estar a esta altura de reapertura y actividad cotidiana es gracias a la sociedad entre el gobierno y los uruguayos. El gobierno que tomó medidas y que exhortó y los uruguayos que cumplieron a rajatabla en una actitud que a todos nos generó mucho orgullo y tranquilidad”, dijo Lacalle Pou. El presidente sabe que esta es la única clave para seguir un rumbo controlado. Y sabe también que muchos uruguayos se desvían.
Hemos tenido una combinación de variables que hasta ahora nos dejan en un lugar cómodo si nos comparamos con el mundo, pero igualmente vulnerable porque nada ni nadie ha podido aún parar el avance del virus. Es hora de autoregularnos con esa libertad que tanto exigimos y, al menos en el discurso, valoramos. Ahora, a diferencia de marzo, sabemos que hay medidas efectivas a la hora de frenar los contagios. Hay que usar tapabocas, aunque molesten. Hay que evitar las concentraciones de gente, aunque estemos hartos de la distancia. Hay que respetar la distancia de dos metros siempre que sea posible. Hay que consultar inmediatamente si tenemos síntomas y someternos a tests si alguien cercano dio positivo.
El virus nos depara aún sorpresas y seguramente no serán de las buenas. Mientras que la ciencia encuentra una salida y este país toma las medidas que en el camino va aprendiendo son necesarias, apliquemos un poco más de realismo y un poco menos de pensamiento mágico.