29 de mayo 2021 - 5:01hs

Perdimos el miedo. Y bajamos los brazos. Una combinación letal casi siempre, más aún a la hora de enfrentar a un virus que mató a 3.500.000 personas y contagió y contagia a millones más en todo el mundo. Perdimos el miedo, aunque miles de familias y amigos lloran a más de 4.000 uruguayos muertos y aunque quedan muchas más que deberán llorar a los suyos. Perdimos el miedo en el peor momento de la pandemia, lo cual nos pasa de la categoría de supuestos cracks a la de imberbes soberbios o, simplemente, desprotegidos inconscientes.

No somos novedosos en esto. A buena parte del mundo le pasó o le pasa lo mismo por la sencilla razón de que el virus hace lo que quiere, y lo que quiere es seguir ocupando organismos, para lo cual muta y se acomoda y deja consecuencias a veces de largo plazo en quienes se contagian.

En Uruguay nos comimos la pastilla de que la varita mágica de alguien nos había tocado en los primeros meses de caos mundial. Fue una ilusión pero nos sirvió para mantener cierto orden y cuidado durante buena parte del año pasado. No fue la BCG ni el mate ni la cantidad de carne que comemos ni lo educados que somos lo que paró al covid-19 en 2020. Fue tan solo el miedo.

“Es un escenario extremadamente complejo y que a mí, particularmente, me provoca muchísimo dolor y también muchísima frustración. ¿Cómo es posible que se pudo jugar tan bien y después haber jugado tan mal?”, dijo Gonzalo Moratorio, científico del Instituto Pasteur, destacado a nivel nacional e internacional, este viernes en Desayunos Informales.

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Ya estamos a finales de mayo; los números no solo son dolorosos, sino que comienzan a entumecer nuestra sensibilidad, como en esas guerras en las que los primeros días estás impactado y a los 15 días ya ni te enteres de las 1000 muertes por día.

En Uruguay podemos discutir eternamente sobre las medidas que propuso el GACH, las que propone el Frente Amplio, las que tomó el gobierno y las que no tomó, y nunca nos pondríamos de acuerdo. Hay ejemplos de todo tipo y color de países desarrollados (Italia, Alemania, Francia, entre otros) que siguen abriendo y cerrando la economía, encerrando y liberando a la población, en un intento poco exitoso por parar el virus. Otros países, tal vez Estados Unidos sea el ejemplo más claro, lo dejaron correr durante 2020 con un costo de vidas inmenso (más de medio millón en el caso de EEUU) y una economía que se vio muy afectada, a puro subsidio, pero con arcas bien llenas. En ese país, las vacunas de ARN administradas rápida y masivamente en 2021 han incidido efectivamente en la baja de muertes y también en la de casos, luego de un año en que -es fácil olvidarlo- EEUU lideró más de una vez los rankings de muertos y contagiados.

Las discusiones de sordos se producen cuando cada uno dice lo que quiere y hasta considera correcto, muchas veces de buena fe, pero casi nadie escucha al otro. Esta semana Rafael Radi, el científico que en buena parte ha sido la cara visible del grupo asesor GACH, dijo mucho en una entrevista con Búsqueda. Me quedo con este razonamiento: “No hay sociedad donde las medidas restrictivas funcionen —excepto que lo hagas con la fuerza militar— si la sociedad no las acompaña. Y ahí tiene que haber un discurso y un acuerdo social-político que lo transforme en una causa nacional durante un tiempo, que nosotros planteamos que fuera en el entorno de tres a cuatro semanas”. No es solo que el gobierno se haya dormido ni que los ciudadanos hayamos perdido el miedo y hasta el instinto de supervivencia. Es que no hemos encontrado la forma de encolumnarnos detrás de una causa que supimos abrazar, pero que abandonamos porque claro que es difícil estar encerrados durante más de un año, e incluso mantener burbujas que siempre son demasiado porosas.

Después de un abril que no se blindó y un mayo que solo trajo malas noticias, en vez del alivio paulatino que esperaban las autoridades, los científicos insisten en que hay que bajar la térmica y la oposición propone “21 días de radical reducción de la movilidad en todo el país, manteniendo solo actividades esenciales”, así como un “salvataje económico y social de los sectores más golpeados” por la crisis.

El gobierno ya no puede apostar solamente al buen ritmo de vacunación, que es real; incluso el ministro Daniel Salinas habló de setiembre como posible momento en que la situación se empiece a controlar. Mientras que los uruguayos perdimos el miedo, el gobierno perdió algunos nortes en la administración de esta crisis severa.

El primero es comunicacional; la figura sensata que nos apoyó durante los primeros meses de la pandemia en 2020, ese presidente recién estrenado que se enfrentaba a un desafío tan inesperado como gigante, aparece poco.Es cierto que no hay demasiados buenos anuncios para hacer, pero para lograr una causa nacional se necesita un líder. Al mismo tiempo, se empiezan a dar algunos manotones de ahogado que no tienen sentido en este momento de la pandemia.

Los errores informáticos que hicieron que muchos no se pudieran agendar en marzo, eran comprensibles en el marco de un sistema recién estrenado y que por otra parte fue muy efectivo para vacunar a más de 1.700.000 uruguayos, casi un millón de ellos con dos dosis.

En ese contexto y tres meses después, no tiene explicación que se haya convocado para vacunar sin agenda  en lugares como Paso Carrasco y que después se haya cambiado la pisada, lo que no evitó las colas. El programa Pueblo a Pueblo es una bendición para apurar la vacunación en zonas con bajo porcentaje de inoculados, pero se puede usar exactamente el mismo sistema informático que ahora funciona bien en vez de incentivar inevitables aglomeraciones.

No tiene explicación que en un país con solo 27.000 embarazadas se haya anunciado que se las vacunaría con Pfizer y luego, cuando llegaron al vacunatorio a muchas les dieran Sinovac, porque no se tenía registro de que estuvieran embarazadas, aunque las panzas fueran incluso evidentes. Tiene sentido inocularlas con Pfizer, no solo por el riesgo que enfrentan durante el embarazo sino también porque son quienes deberán cuidar al menos durante un año, a tiempo completo o medio tiempo, a sus hijos recién nacidos. No es un tema menor: en Uruguay la mortalidad materna es bajísima. En este 2021, a mayo, murieron cinco embarazadas por Covid-19, más que las cuatro mujeres que murieron en todo el año pasado por otras causas. 

La única explicación que encuentro para las aglomeraciones que despidieron al ministro Jorge Larrañaga, es la pena por la pérdida prematura de una figura que dio mucho por su partido y por el país. Pero la pena no es suficiente para arriesgar más contagios y más muertos, como tampoco rezar es excusa para que la principal autoridad religiosa de este país saliera a rendirle homenaje a Larrañaga mientras cursaba una cuarentena.

Perdimos el miedo, o muchos lo perdieron. Y para colmo de males, no tuvimos al papá protector modelo Batlle y Ordoñez que nos dijera una vez por semana que había que seguir aguantando. Las metáforas futboleras abundan, pero muy pocos bajaron la pelota al piso. Jugamos al juego de la culpa mientras que no hacemos casi nada para parar al virus, mientras que esperamos que las vacunas hagan efecto.

Perdimos el miedo y, en parte, la sensibilidad. Uruguay dejó de ser este jueves el país del mundo con más muertes diarias por covid-19 en el promedio semanal móvil por cada millón de habitantes, luego de serlo durante 22 días. Cómo los números ya no nos dan miedo, pocos habrán leído que esto sucedió no porque hayamos mejorado sino porque a otro país,  Paraguay, le está yendo peor. El jueves murieron más de 15 uruguayos en promedio por  cada millón de habitantes. Si este número suena solo a porcentaje, estamos en graves problemas.

“Hoy no solamente tenemos que pensar si nos podría haber ido mejor, sino no cometer errores para que nos vaya peor todavía. Algo que puede pasar. Es un escenario posible: que nos vaya peor por un tiempo”, dijo Radi y tiene razón, porque lo hemos visto en muchos países. Es un escenario más que probable y no tenemos un plan de contingencia.

Perdimos el tren y ahora se hizo tarde. Pero se puede hacer más tarde. Para bajar la térmica ahora no solo el gobierno tiene que abandonar su dogma de libertad responsable y aflojar en su intento por mantener la economía sin heridas que luego cuesten demasiado caras. También los uruguayos debemos aceptar que todo se fue de mambo y que, incluso sin decretos ni multas, somos responsables de estas muertes.

Llegó la hora de dejar de soñar con la normalidad, nueva o vieja, de dejar de poner fechas posibles y de actuar hoy, individual y colectivamente. Para que los muertos no sean números. 

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