El 20 de junio se conmemoró el Día internacional del Refugiado. Lamentablemente la cifra continúa creciendo y en 2020 son ya 80 millones en el mundo, 12% más que en 2019. La pandemia y sus impactos económicos, sociales y sanitarios han copado el panorama informativo. No es que en otras ocasiones el drama humanitario de los refugiados fuese central en las páginas de internacionales, pero en esta oportunidad, su situación es aún más invisible..
El refugiado, vale la pena recordar, es aquella persona que, por motivos de persecución política, religiosa o étnica, incluso por su orientación sexual, debe abandonar su país de origen porque o bien teme por su vida o bien desconfía que su gobierno no lo puede proteger. El derecho internacional y sobre todo la Convención de Ginebra de 1951 sobre el estatuto del refugiado, establece sus derechos y, por tanto, los países que los acogen adquieren obligaciones a respetar, entre ellas la no devolución forzada.
El origen de estas personas es de países que atraviesan conflictos bélicos, como Siria o Afganistán, y otros en los que las tensiones étnicas o la hambruna, obligan a una huida desesperada. Es el caso de somalíes en el cuerno de África y la comunidad rohinya, musulmanes de Myanmar perseguidos por los militares y los monjes budistas, en la otrora colonia británica Burma.
De los 80 millones de refugiados hoy, 30,2 millones son refugiados como tal y 45.7 millones son desplazados forzosos internos. No son clasificaciones baladíes. Estos últimos, son individuos que abandonaron sus hogares, pero se desplazan por el territorio nacional. La cifra se completa con 3,6 millones de venezolanos cuya categorización resulta ambigua, dependiendo muchas veces de la ideología política de quien juzga. Lo concreto es que después de los refugiados sirios, 6,6 millones, el contingente venezolano en el exterior es el más voluminoso con 4,5 millones de personas.
Si nos preguntamos a qué países intentan llegar los refugiados, claramente se destacan la Unión Europea y países escandinavos. Es decir, aquellos en los que se presupone, recibirán un tratamiento más generoso, en especial en lo que refiere a las condiciones económicas. En realidad, la evidencia demuestra que eso essólo un sueño. Para la mayoría Alemania es un destino inalcanzable. Quedan varados, incluso por años, en Kenia, Turquía, Uganda o Pakistán. En el caso de los latinoamericanos, entre los que se destacan una vez más los venezolanos, Colombia es su destino hoy.
Entonces, la pregunta es ¿por qué teme tanto Europa la llegada de inmigrantes y en especial de refugiados? La respuesta es fácil, aunque incómoda. Lo que las sociedades desarrolladas de la vieja Europa rechazan es la llegada de personas vulnerables que, de acuerdo a la legislación vigente en la mayoría de países de Europa occidental, puede y de hecho lo hace, acogerse a una amplia oferta de beneficios; desde consultas médicas inmediatas, hasta ayudas para habitar viviendas dignas, clases de idioma, capacitación laboral y un largo etcétera para asegurar la integración social de estas personas. No corren la misma suerte los refugiados que optan por la ruta de los Balcanes y que al atravesar Hungría, o Polonia, enfrentan duras penas de cárcel y la indiferencia social, si acaso, el peor de los castigos.
De lo anterior se desprende que la xenofobia en Europa adquiere tintes racistas y clasistas, toda vez que se rechaza al pobre. Es lo que la filósofa española Adela Cortina acuñó como aporofobia. No se teme al extranjero con rentas elevadas que consume y gasta su dinero en suelo europeo. Sino que se denigra y denosta al inmigrante frágil, aquel que necesita recursos del Estado para poder salir adelante. Lógicamente, estos recursos provienen de los impuestos que los ciudadanos de origen y otros asentados en territorio europeo hace décadas, pagan por concepto de tributos e impuestos. Sólo así podemos comprender cómo inmigrantes en Gran Bretaña votaron a favor del brexit y en contra de la llegada de nuevos extranjeros, a pesar de serlo ellos también. El miedo, ya se sabe, es un pésimo consejero. Lo desconocido sigue provocando incertidumbre y es por eso que se evitar encararlo y desafiarlo a veces.
Es más sencillo munirse de argumentos sobre el porqué ha de evitarse una inmigración descontrolada. El más recurrente es que entre los refugiados pueden colarse manzanas podridas que atenten contra la cultura y el bienestar social europeos. El temor a los atentados integristas de grupos radicales que operan dentro de la lógica del islam político violento, ha sido convenientemente espoleado por políticos de extrema derecha en el continente europeo. Desde la familia Le Pen, padre e hija, hasta Abascal de Vox en España, se escuchan voces que justifican cerrar las fronteras a cal y canto y repatriar refugiados para evitar semejantes peligros. Demonizando constantemente al colectivo inmigrante y jugando con las estadísticas oficiales para atemorizar a los nacionales.
El covid-19 no ha venido sino a aumentar obstáculos y dificultades a las que se enfrentan los refugiados. Atrapados en campos sobrepasados de Grecia o Turquía, expuestos a peligros varios además del contagio del coronavirus, aguardan una solución duradera que los países pudientes no desean ofrecer. Italia, España y Francia claramente están ocupados combatiendo la pandemia y aunque Alemania se ha visto menos afectada, no percibe que éste sea el momento de reavivar polémicas respecto de la necesidad, o no, de recibir más refugiados. ACNUR, la agencia oficial de Naciones Unidas para el refugiado, tiene la obligación de buscar soluciones durables, como la repatriación voluntaria, la integración social en el país de asilo y la reubicación en un tercer país de acogida. La cuestión es ¿a dónde enviar hoy a este colectivo ante el avance de la pandemia?
JASON REDMOND / AFP
Las protestas antirracistas en Estados Unidos, secundadas en buena medida en capitales europeas, nos recuerdan que el racismo y la xenofobia son un virus difícil de combatir. La cooperación científica es más importante que nunca, ante la aparición de pandemias que nos aquejan a todos en mayor o menor medida y que han golpeado duramente a la economía de maneras que aún debemos evaluar. Sin embargo, la solidaridad no brota por doquier. Lejos de ello, el racismo crece en redes sociales y también en aquellos países fuertemente castigados por la pandemia. Asiáticos y en especial los chinos, son blanco fácil de críticas malintencionadas. La falta de empatía con el forastero, en especial si se lo percibe frágil, expone nuestra mezquindad y miseria como especie. Golpear a quien se sabe más débil o que ya está caído no es sinónimo de coraje ni de ningún atributo positivo. Indagar en las causas y razones por las que existen 80 millones de refugiados, sin contabilizar aquellos que no se han inscripto con agencias humanitarias internacionales, nos obligará a rever posturas y políticas de gobiernos varios que siguen capitalizando las condiciones de extracción de riquezas múltiples; desde tierras raras hasta minerales preciosos, en continentes menos desarrollados y hasta hace poco tiempo, espoleados por un colonialismo sin escrúpulos. No en vano la estatua de Leopoldo II de Bélgica, sufre el riesgo de verse trasladada, atendiendo sensibilidades de, entre otros, ciudadanos belgas de origen congolés que recuerdan el trágico saldo de su pasaje por República Democrática del Congo.
Los refugiados, me canso de repetir, no son culpables sino víctimas de un sistema que perpetuó el control de naciones ricas, pero subdesarrolladas por otras más avanzadas tecnológicamente. De aquella colonización de tierras y mentes, que perduró hasta la década del 60, surgió buena parte de los conflictos territoriales y étnicos que plagan hoy el continente africano. De aquellos vientos tales tempestades. La geopolítica de recursos aún domina la acción de las potencias regionales y otras de fuera de la región, en Medio Oriente. De ahí la multiplicidad de intereses en las guerras de Siria, Yemen o Afganistán y la dificultad de terminar los conflictos.
Desentendernos de aquellos que padecen el resultado de la ambición desmedida de naciones desarrolladas, a la sazón, las mismas a las que los refugiados intentan llegar hoy, para recomenzar sus vidas, dice mucho de nuestra dignidad y humanidad. Mientras atendemos las urgencias provocadas por la pandemia y buscamos la vacuna contra el virus maligno, no olvidemos tratar los síntomas de una enfermedad conocida, se llama indiferencia. Contra eso, educación ética, amplitud de miras y tolerancia inclusiva. Nuestra especie lo agradecerá.
Susana Mangana es directora de la Cátedra de Islam, Instituto de Sociedad y Religión, Depto. de Humanidades, Universidad Católica de Uruguay
@SusanaMangana