13 de abril 2022 - 5:00hs

Por Gillian Tett

En la última década, el club geopolítico conocido como el Grupo de los Veinte (G20) ha parecido ser una idea valiosa, aunque un poco aburrida.

Durante la crisis financiera de 2008, este grupo (el cual representa el 80 por ciento de la economía global) brevemente alcanzó fama y relevancia al forjar una respuesta colectiva para sofocar la crisis. Desde entonces, el grupo ha defendido sensatas reformas en áreas como la regulación financiera.

Pero el club es tan grande, y hasta tal punto regido por el consenso, que se ha vuelto difícil de manejar. Y sus reuniones –y comunicados– tienden a ser dolorosamente anodinos, particularmente cuando se involucran los ministros de Economía.

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Sin embargo, este ya no es el caso. A fines de este mes, el 20 de abril, se supone que los ministros de Finanzas del G20 se reúnan en Washington. Sin embargo, actualmente está surgiendo un animado drama del tipo que normalmente se encuentra en la cantina de una escuela secundaria.

En particular, Janet Yellen, la secretaria del Tesoro estadounidense, el miércoles declaró ante el Congreso que “no participaremos en una serie de reuniones [del G20] si los rusos están allí”. Esto es en protesta ante la invasión de Ucrania por parte de Moscú, y significa que ella puede boicotear el evento del 20 de abril.

Eso es profundamente incómodo para Indonesia, el cual actualmente ostenta la presidencia rotatoria y, por lo tanto, decide a quién invitar o a quién retirarle la invitación. El G20, creado en 1999, no tiene reglas fundacionales formales. Pero, hasta ahora, se ha supuesto que un miembro solo puede ser expulsado si todos los demás se alían contra él. Al fin y al cabo, esto es lo que anteriormente había ocurrido con el club más exclusivo del Grupo de los Siete (G7). En 1998, el G7 incorporó a Rusia a sus filas, creando el G8; pero, en 2014, los siete miembros fundadores se unieron para excluirlo tras la invasión rusa de Crimea.

Pero el problema para Indonesia es que algunos miembros del G20, entre ellos China, no quieren abandonar a Rusia en este momento. Y Vladimir Putin, el presidente ruso, aparentemente quiere asistir a una cumbre del G20 a finales de este año.

Para calmar la disputa, el gobierno indonesio podría  terminar teniendo que descartar por completo el comunicado conjunto del 20 de abril. En ese caso, el G20 podría parecer impotente. 

“En comparación con su vital papel durante la crisis financiera mundial, el G20 y sus diversas filiales difícilmente pueden funcionar como el club clave para la cooperación mundial dada la interferencia cibernética, la guerra, los posibles crímenes contra la humanidad y la lucha general entre las superpotencias”, comentó Paul Tucker, un exbanquero central británico, quien tiene un libro de próxima aparición sobre estos temas. “Eso no excluye que sea un foro útil, pero no será fácil porque requiere un cierto grado de franqueza, de confianza y de fiabilidad”, Tucker añadió.

De manera más clara, como lo ha señalado un exministro de Economía, “El G20 pudiera morir”.

¿Debería importarles a los inversionistas? Sí, tanto por razones simbólicas como prácticas. El organismo se creó para forjar la colaboración –y la globalización– del siglo XXI cuando quedó claro que las instituciones de Bretton Woods del siglo XX no eran adecuadas para un mundo pos Guerra Fría. Si el G20 ahora muriera, se pondría de manifiesto el desmantelamiento de la globalización, y se demostraría que nos enfrentamos a lo que el analista político Ian Bremmer denomina un mundo G-Cero, en el que nadie manda. Esto es alarmante.

De forma más tangible, la labor del G20 es extremadamente necesaria en estos momentos. Tal como lo señaló la propia Yellen esta semana, “los efectos colaterales de la crisis están aumentando las vulnerabilidades económicas en numerosos países que ya están enfrentado cargas de deuda más altas y limitadas opciones políticas conforme se recuperan de Covid-19”. Las subidas de tasas en EEUU agravarán mucho más esas “vulnerabilidades”.

Consideremos, a modo de ejemplo, el tema de la reestructuración de la deuda soberana. Este es el tipo de tema aburrido pero importante para el que se creó el G20. Hace dos meses, parecía que 2022 pudiera ser el año en que el grupo por fin empezara a crear un sistema más viable para reestructurar las deudas de los países pobres.

Esto es urgentemente necesario, ya que (como señalé recientemente) el sistema del Club de París para la reestructuración de la deuda ya no funciona bien porque China se encuentra fuera de él, mientras que, al mismo tiempo, ha concedido dos tercios de los préstamos a los países de bajos ingresos. Y, lo que es peor aun, es que el riesgo de impagos desordenados está aumentando rápidamente. La crisis que ahora está estallando en Sri Lanka (donde China es responsable de una gran parte de los préstamos del país) representa un buen ejemplo.

El gobierno indonesio previamente había parecido estar en una buena posición para impulsar la reforma, sobre todo debido a sus vínculos con China, y se había comenzado a presionar para que se asumieran compromisos conjuntos en materia de transparencia de la deuda. Pero este esfuerzo ahora se ha descarrilado. En el preciso momento en que la labor del G20 para evitar impagos desordenados es más necesaria que nunca, todo pudiera desmoronarse.

Al señalar esto, yo no estoy argumentando que el Occidente esté equivocado al excluir a Rusia del G20; se necesitan todas las sanciones posibles para detener la embestida contra Ucrania. Pero la cuestión clave es esta: si el grupo se vuelve ahora impotente, Washington urgentemente necesita encontrar otras maneras de cooperar con los actores de los mercados emergentes. La acción en torno a la agenda de reestructuración de la deuda soberana sería un buen punto de partida.

Además, si no surge pronto este tipo de iniciativa de colaboración, los inversionistas debieran prestar atención. Los pucheros y los chismorreos son tácticas mortales para los gobiernos adultos, particularmente cuando la economía mundial está en total desorden y países como Sri Lanka están sufriendo las consecuencias negativas.

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