Estilo de vida > COLUMNA/LUIS ROUX

Respetemos el idioma

Se escribe y se habla mal por pereza, por desinterés o por ignorancia pero también por afán de corrección política; eso es imperdonable

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28 de octubre de 2017 a las 05:00

Es muy común en Uruguay que se deplore la incorrección ortográfica. Yo he sido uno de esos inspectores severos de las faltas de ortografía como si fueran faltas de ética o de honor. Recuerdo un comentario en Facebook, de parte de un artista conceptual, que se quejaba de mi columna titulada "La culpa es de Duchamp". De forma lacónica, el artista me increpaba: "Hay, Luis Roux".

En cuanto lo leí, pasó a un segundo plano el tema del arte conceptual –el hecho de que hubiera perdido el humor irreverente que lo hizo surgir y se hubiera convertido en una gramática oscura para plantear intrascendencias– y pasó a primer plano el horror ortográfico.

¿"Hay, Luis Roux"? ¿Qué es lo que debo suponer que haya y dónde lo hay? Llegué a pensar que el artista intentaba, de un modo tosco, parafrasear aquella sentencia célebre de Hamlet a Horacio: "Hay más cosas, entre el cielo y la tierra, mi querido Luis Roux, de las que puede abarcar tu filosofía". Lo cierto, sin embargo, es que el individuo confundía la voz del verbo haber –hay– con la interjección que denota dolor: ay.

Suelo creer que tener faltas de ortografía en español es un síntoma de pereza. Salvo la hache, que no suena, la ge y la jota, la be y la uve, y la ese, la ce y la zeta, todo se escribe tal cual se pronuncia. Es un idioma fonético en su casi totalidad. Es una pereza similar a la que hace que se escriba "q" en lugar de "que" y que no se usen los tildes ni el signo inicial de interrogación.

En cuanto al signo de exclamación, el asunto es más complejo. No se usa el inicial pero se suele incluir varios al final, como si el escriba quisiera que quedara claro que su entusiasmo está fuera de discusión.

A mí me parece claro, de todas maneras, que hay cosas más graves, en materia de expresión en idioma español, que las faltas de ortografía. Me refiero a las barbaridades que se convierten en moda. Hubo una época en la que el verbo de preferencia era "vivenciar". El fenómeno obedecía a una lógica perversa, que razonaba que si el hecho de vivir genera una vivencia, pues hagámosla verbo y vivenciemos la vida.
Está bien decir "la historia de la humanidad" y no "la historia del hombre", pero decir "una ciudad más limpia para todos y todas" es ensuciar el idioma de la propia ciudad que se pretende limpiar
Otra manera muy eficaz de atacar al idioma es redundar. Durante mi adolescencia había un serie de publicidades por televisión titulada "hablemos correctamente nuestro idioma". Recuerdo una que me hacía mucha gracia: "Con frecuencia decimos: 'llegó con su hijo primogénito'". La idea era instruir: primogénito significa "primer hijo", de tal manera que habría que decir "llegó con su primogénito".

La gracia, para mí, estaba en que nadie en su sano juicio diría nunca "llegó con su hijo primogénito" ni tampoco "llegó con su primogénito". A lo sumo se diría: "llegó con el más grande, ese que tiene cara de dormido". Lo que con frecuencia decimos –y escribimos– es "los funcionarios públicos hicieron un paro" y es redundante, porque "funcionario" significa "empleado público". O significaba, ya que a esta altura, por lo menos por estos lares, la frase "funcionario público" llegó para quedarse.

Pero lo peor sucede cuando se hacen campañas orquestadas con recursos públicos para atacar el idioma. La Real Academia Española ya acepta adefesios como "presidenta" y poco falta para que acepte "cantanta". Todavía luchan los académicos de la madre patria en contra del "todos y todas" pero la batalla es despiadada.

La intención de que el idioma refleje los avances en la igualdad de género es saludable. Me parece perfecto que se diga "la historia de la humanidad" y no "la historia del hombre", pero decir "una ciudad más limpia para todos y todas" es ensuciar el idioma de la propia ciudad que se pretende limpiar.

Ojalá se den cuenta, quienes pregonan la corrección política, de que sacrificar la corrección idiomática es un mal camino, que hace que se asocie a la causa con la fealdad que produce.

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