13 de julio de 2015 5:00 hs
En estos días es posible ver en las redes sociales a Taylor Swift tomando de una botella de Coca-Cola Light, a Kendrick Lamar paseándose por las calles de Los Ángeles calzando zapatillas Reebok y algunas canciones del rapero Drake estampadas en las latas de Sprite.

Este tipo de actitudes son cada vez más comunes dentro de la cultura del entretenimiento. Los artistas se han visto envueltos en una vorágine comercial de la que no pueden escapar si desean participar del éxito y llegar a las grandes masas.

Esto no parece importarle a las audiencias o públicos más jóvenes. Ninguna de las situaciones mencionadas previamente genera rechazo en los seguidores de estos artistas, porque los espectadores hoy en día entienden que ver el nombre de su cantante favorito asociado a una marca es parte del paquete que eligen seguir, comprar y hasta idolatrar.
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Sin embargo, a los más veteranos sí parece llamarles la atención. Los fanáticos de Nirvana o los Beatles no comprenden cómo un artista se rebaja al nivel de dejar que sus creaciones se impriman en latas de bebidas o se estampen en remeras, pantalones o hasta prendas de ropa interior.

Todo esto es parte de una industria que cada vez está más hambrienta de figurar en donde sea, y que sus representados y protagonistas nunca dejen de estar en la agenda pública. Ya sea porque sacaron un nuevo hit o porque su rostro es la nueva imagen de un shampoo o de un desodorante corporal. Las marcas han entrado tan agresivamente en el arte que la gente ya no se queja más de su presencia alrededor y dentro mismo de los contenidos.

"Ahora solo con cantar bien y escribir letras profundas no alcanza", explicó el rapero Drake en un spot promocional para Sprite. "Tiene que haber más. Hay que ser y proponerse como artistas multifacéticos", acotó el cantante que ahora también se dedica a diseñar latas de refresco y actuar en comerciales. Así logra vender más canciones...y más latas de refresco.

El camino del dinero


Pero no todo es culpa del sistema. Los espectadores y sus nuevas prácticas de consumir arte también influyen en los artistas, que deben recurrir a la publicidad externa para mantener toda su estructura musical.

En la medida en que los fanáticos compran menos discos y realizan más descargas ilegales, obligan más a los artistas a someterse y entregarse al mundo de las grandes marcas. Cuando la música no se puede vender por sí misma, todo lo demás ayuda. A su vez, eso genera un círculo vicioso en donde los cantantes o actores se vuelven más un producto e imagen, y menos arte.

Ante este panorama en el cual es normal que las estrellas pop sean los capitanes del consumismo, la comprensión de la audiencia debe mantenerse lo suficientemente lúcida como para identificar la cualidad humana de las canciones, incluso si se pierde dentro de un laberinto empresarial.

¿Streaming salvador?


Aún así, no todo está perdido. Algunos compositores se han aliado a nuevos servicios que buscan revindicar el contenido artístico. Spotify o el reciente Apple Music son dos de los servicios más grandes de música en streaming, donde los usuarios pueden –en el caso de Spotify de manera ilimitada y en Apple Music solo los primeros tres meses– acceder al contenido artístico de los cantantes de manera gratuita.

No obstante, esta opción no ha contentado a todos. Un ejemplo claro fue la misma Swift, quien a fines de junio anunció que no pondría su álbum más reciente en la nueva plataforma de Apple. Contraria a la promoción comercial gratuita, la artista alegó que "tres meses es un período muy largo para que no se pague y es injusto que se le pida a alguien que trabaje para nada".

Tan solo un día después, Swift había ganado la batalla: el director de la compañía, Eddy Cue, afirmó que Apple "se asegurará de que el artista reciba su pago durante el período de prueba". Con esta nueva victoria respecto de las regalías, la alternativa del streaming se apuntala como uno de los caminos a recorrer, que podrían redireccionar el verdadero sentido del trabajo artístico.

Todavía le falta mucho para recorrer a la industria, a sus artistas y a sus consumidores para encontrar el punto justo entre la parte comercial y el lado más genuino de los productos culturales que se generan. Pero cada pequeño paso que los acerca a este objetivo, debería ser aplaudido como el mayor de los logros.

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