28 de enero de 2021 17:26 hs

Por Martin Wolf

¿Tendrá éxito el presidente Joe Biden? Como muchos otros, en casa y en el extranjero, yo desesperadamente espero que así sea. Pero primero debemos ponernos de acuerdo en cuanto a lo que significa “éxito”. Significa, sobre todo, restablecer el orden en la política de su país. Eso requiere hacer que la dirección actual del Partido Republicano sea políticamente insostenible. Sin eso, la esperanza de restaurar la estabilidad democrática en casa y un papel de liderazgo para EEUU en el mundo puede que sea en vano.

En su inspirador discurso inaugural de la semana pasada, tan diferente de los desvaríos acerca de la “matanza estadounidense” de su predecesor, Biden declaró: “Hemos aprendido de nuevo que la democracia es preciada. La democracia es frágil. Y, en esta hora, amigos míos, la democracia ha prevalecido”. Él tenía razón, en todos los puntos.

Sin embargo, “esta hora” no es para siempre. Las fuerzas que condujeron a Donald Trump al poder no han desaparecido. Como ha comentado el experto en populismo Jan-Werner Müller, de la Universidad de Princeton, “los populistas más inteligentes que Trump lentamente sofocan la democracia a través de maquinaciones legales y constitucionales”. Puede que Trump se haya ido. Pero no el trumpismo. Como lo ha señalado el escritor indio Kapil Komireddi, la fusión de las grandes empresas con la intolerancia es potente. Los ricos estadounidenses ciertamente han prosperado.

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En el Imperio Romano, se decía que todos los caminos conducían a Roma. Esta vez, tienen que conducir desde Roma. Si EEUU no recupera la salud política, puede hacer poco. El triunfo del engaño, de la incompetencia, de la imprevisibilidad, de la indiferencia y de la xenofobia bajo Trump ha deteriorado la confianza en EEUU entre sus aliados y el respeto por el país entre sus oponentes.

Ni la confianza ni el respeto serán restaurados por las excelentes palabras de Biden ni por acciones tan bienvenidas como la reincorporación a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y al Acuerdo de París. Serán restaurados por un éxito palpable en casa. A Barack Obama le siguió Trump. La próxima transición pudiera ser a alguien todavía peor.

Como la ahora confirmada secretaria del Tesoro, Janet Yellen, le dijo al Congreso hace unos días, “Con las tasas de interés en mínimos históricos, lo más inteligente que podemos hacer es actuar en grande”. El “plan de rescate estadounidense” de la administración, el cual propone un gasto de US$1.9 billones (alrededor del 9 por ciento del producto interno bruto [PIB]), es un comienzo sensato. Si el Congreso lo aprueba, debería fortalecer la confianza y apoyar la recuperación. Pero, ¿se aprobará algo como esto? Habiendo redescubierto la rectitud fiscal que abandonaron al aprobar los recortes de impuestos de Trump en 2017, los republicanos seguramente lucharán arduamente para evitarlo.

Sin embargo, como lo ha señalado Ezra Klein, del New York Times, para tener éxito la administración Biden necesita un éxito visible, suficiente para evitar la derrota en las elecciones al Congreso de 2022 desde una posición ya frágil. Los demócratas tienen que demostrar que el gobierno puede funcionar, enfrentando la oposición de un partido decidido a demostrar lo contrario. Hacer fracasar al gobierno es la estrategia de los republicanos. Y ellos no la abandonarán.

Elegir el momento oportuno lo es todo en la política; una gran parte es suerte. Biden puede que sea un líder afortunado. Aunque el daño económico a EEUU debido a Covid-19 estuvo lejos de ser excepcional, la tasa de mortalidad y el impacto en el empleo se encuentran entre los peores. Pero la combinación de vacunación con estímulo pudiera generar una vigorosa recuperación este año y el próximo.

¿Dónde encaja el resto del mundo en este drama? Es un espectador. El Instituto Peterson para la Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés) ha producido una valiosa serie de ensayos acerca de lo que una administración estadounidense competente pudiera hacer por el mundo y viceversa. Estos dejan en claro — en particular los de Maurice Obstfeld, el ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), y Lawrence Summers, el ex secretario del Tesoro estadounidense — lo que la participación activa de EEUU, particularmente en el necesario programa global de recuperación de la crisis causada por Covid, podría significar para el mundo y para EEUU. Pero por más bueno y deseable que sea ese compromiso, no puede responder preguntas en cuanto al futuro papel de EEUU en el mundo, porque eso depende de lo que suceda en casa.

En los próximos años tal vez encontremos respuestas a algunas preguntas de extrema importancia. EEUU, ¿estará involucrado, será indiferente o será hostil? ¿Puede restablecer una relación de confianza con sus aliados? ¿Forjará una relación duradera con China que equilibre la necesidad de competir con el requisito de cooperar, mientras evita un conflicto más severo? ¿Desempeñará un papel de liderazgo en lidiar con los retos del medio ambiente y de la pobreza globales?

La respuesta a todas estas preguntas dependerá, en última instancia, de la pregunta más importante de todas: ¿volverá EEUU a ser una democracia estable? Biden espera que pueda serlo. Pero si el Partido Republicano no puede volver a ser un partido conservador normal y, en cambio, sigue representando las mentiras y las fantasías del populismo derechista, las perspectivas son desalentadoras.

Muchos de los resentimientos raciales, sociales y culturales subyacentes persistirán, al igual que la sobrerrepresentación política de la derecha. Pero el cambio necesario aún puede ocurrir, siempre que la administración Biden demuestre con bastante rapidez que un gobierno competente de personas que creen en él puede producir buenos resultados para el país. La nueva administración debe mostrar que la famosa declaración de Ronald Reagan de que “las nueve palabras más aterradoras en el idioma inglés son: ‘I’m from the government, and I’m here to help’ (soy del gobierno y estoy aquí para ayudar)” es incorrecta. La confianza en una sólida y decente gobernanza democrática no es la enemiga de la libertad, sino una de sus garantías más importantes.

¿Quién, además de la administración, puede ayudar a que este ‘turno’ funcione? La respuesta, ante todo, son los negocios y los ricos. Se les ha advertido claramente de los peligros de unir la búsqueda de sus intereses con el populismo derechista que actualmente consume al Partido Republicano. Si ellos tienen algo de decencia, pararán de hacerlo. Esto no es un juego. Biden puede que represente la última oportunidad para la sobrevivencia de la democracia estadounidense.

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