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Sexo, suecos y el señor Alfredo

¿Realmente a alguien le importa que en 2018 no haya premio Nobel de Literatura?

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12 de mayo de 2018 a las 05:00

El comienzo del cable noticioso –y perdón por utilizar una terminología vetusta que los periodistas jóvenes no han de reconocer, pero vengo de los días del télex y del fax– de la agencia Associate Press decía lo siguiente: "El Premio Nobel de Literatura no se otorgará este año luego de las acusaciones de abuso sexual y otros asuntos que han afectado la imagen pública de la Academia Sueca que selecciona al ganador". En un principio pensé que se trataba de la primera frase de una novela de alguno de los nominados para este año, pero luego seguí leyendo y me di cuenta que era una información proveniente de la realidad, no de la imaginación humana.

Los suecos, tan bien educados, pulcros y ordenados en su vida social pueden por lo visto ser tan tremendos y explícitos como el que más, y hacer otras cosas con el cuerpo aparte de estrecharle la mano a los ganadores del codiciado premio. Si bien el mundo no atraviesa los estragos de una guerra mundial, en 2018 no habrá Nobel de Literatura, como tampoco lo hubo en los años cuando las bombas caían sobre el continente europeo (el premio no se entregó en los años 1940, 1941, 1942 y 1943). Ahora las bombas, en forma de sospecha y acusación, caen sobre la reputación de la Academia. No se dio información detallada sobre lo sucedido, pero algo podemos imaginar, como también suponer lo que habría pensado el señor Nobel, creador del premio.

Alfred Bernhard Nobel fue un hombre noble. Para no sentirse tan mal por haber inventado la dinamita, creó el premio que lleva su nombre. Todos los años, desde 1901, el galardón se anuncia en octubre porque en ese mes, el 21 de 1833, nació Nobel en Estocolmo. El colmo de toda la historia, además de todos los colmos que han sido recompensados, es que Nobel, según biografías consultadas, era un hombre pacífico. Un hombre que bien podía haber inventado una vacuna, una pastilla contra el insomnio, la aspirina o el Viagra, y no varios explosivos como los que inventó, además de la dinamita.

El sueco con mayor fama de la historia, si no contamos a ABBA, fue químico, ingeniero, industrial, poeta y filántropo. Murió en San Remo, Italia, el 10 de diciembre de 1896. Tuvo una vida corta, pero su nombre tiene todo el tiempo de su parte: estamos en 2018 y aún seguimos hablando de él. Su galardón y sus invenciones lo han sobrevivido y cada año la entrega del Nobel (el premio) genera tantas expectativas como la primera vez, cuando recién comenzaba el siglo XX y la idea de un mundo mejor y menos imperfecto estaba en boga, parecía posible. Poco importa que se hagan injusticias o dudosas justicias premiando equivocadamente, pues octubre y diciembre son los meses cuando las noticias vienen de Escandinavia y siempre son buenas, para los ganadores.

Alfred Nobel fue un hombre brillante. A los 16 años hablaba a la perfección inglés, francés, alemán, ruso y sueco. Nunca asistió a la escuela, pues fue educado por tutores, en San Petersburgo, donde su familia se había mudado. Luego estudió un año en Francia y cuatro en Estados Unidos. Sus inventos, aunque lo hicieron millonarios, no llegaron gratis. En 1864, la fábrica que estaba produciendo nitroglicerina explotó, matando a Emil, su hermano menor, y a cuatro personas más. Después de esto, Nobel se ganó el apodo de "científico loco", como el personaje que interpretaba Jerry Lewis en la película El profesor chiflado (1963), lo cual, sin embargo, no detuvo el afán del sueco por seguir inventando y detonando.

En 1867 Nobel patentó la dinamita y en años siguientes otros explosivos incluso más poderosos. En poco tiempo se hizo millonario, viviendo exclusivamente para su trabajo. Nunca se casó y vivió una vida de recluso. Su visión del mundo, a pesar de considerarse un pacifista que contribuiría con sus inventos a la paz universal, fue la de un pesimista. Le pasó lo mismo a Philo Farnsworth (1906 –1971), inventor del televisor, quien decepcionado con el uso que el mundo le había dado a su aparato, terminó prohibiendo a sus hijos que miraran la caja por él inventada, pues decía que el ser humano solo la usa para entretenerse. Nobel tampoco fue adepto a las formas de entretenimiento de su época y salvo por razones de trabajo, poco le interesó la interacción con otras personas. Prefería quedarse en su casa leyendo y escribiendo.

Lo mismo que Farnsworth, Nobel no tuvo un apego profundo con su gran invento. Su gran pasión no era andar dinamitando cosas, sino escribir poesía y entre los papeles que se encontraron cuando murió figuraba una novela inconclusa. Su testamento, en cambio, estaba concluido y ahí destacaba su voluntad para instituir el prestigioso premio; el más cotizado del mundo. Nobel estipuló que las categorías a premiarse serían Física, Química, Medicina, Literatura y Paz (el premio en Economía se estableció recién en 1969 y el dinero proviene del Banco de Suecia y no de la Fundación Nobel).
Para celebrar el quinto aniversario de la muerte de Nobel, el 10 de diciembre de 1901, se realizó la primera edición del premio, otorgándose a los ganadores una medalla de oro, un diploma y una suma de dinero, la cual, a diferencia de las otras dos recompensas, es la que más ha cambiado, crecido en ceros hacia la derecha. Lo interesante del premio, que lo hace único en el mundo, es que cualquiera puede ser nominado por cualquiera: la nominación debe llegar por escrito antes del 1º de febrero del año en que el premio se decide. La única prohibición es que nadie puede nominarse a sí mismo. Apenas se cierra el plazo para recibir nominaciones, los comités en las respectivas categorías comienzan las deliberaciones para formar un grupo de finalistas, el cual se mantiene en secreto, incluso en algunos casos hasta después de haberse dado a conocer el ganador.

El candidato debe estar vivo cuando es nominado, pero se han concedido premios en forma póstuma: en 1931 a Erik A. Karlfeldt (Literatura), y en 1961 a Dag Hammarskjold (Paz). Tal como estos nombres impronunciables y raros lo demuestran, ganar el Premio Nobel no garantiza la posteridad. La larga lista de ganadores incluye a muchos, en todas las categorías, que han sido olvidados por el tiempo. En las dos categorías en donde más ha trabajado el tiempo a favor del olvido son las de los premios de Literatura y de la Paz.

El primer ganador en Literatura, el poeta francés Sully Prudhomme (a quien Julio Herrera y Reissig le dedicó un poema) está olvidado y solo dos veces al año, cuando en octubre y en diciembre aparece la lista de todos los ganadores del Nobel, el mundo le presta atención a su nombre escrito en pequeñas letras de imprenta. Y hay tantos tan olvidados como él, que esta página podría llenarse solamente con nombres hoy desconocidos. Entre los buenos lectores de literatura, ¿reconoce alguien a estos nombres?: Theodor Mommsen, Frederic Mistral, Paul Heyse, John Galworthy y Johannes Vilhelm Jensen. Todos ganaron el Nobel, en 1902, 1904, 1910, 1932, y 1944, respectivamente. Sin embargo, ya nadie los lee y sus libros solo pueden encontrarse, en caso de que sí, en pocas bibliotecas donde nadie, tal vez nunca, los ha sacado. En sus casos, la recompensa del Nobel no incluye la eternidad.
Con el paso del tiempo y de la suma de decisiones desacertadas, como fue galardonar a un cantautor dos años atrás, la credibilidad del premio Nobel de literatura se ha ido erosionando. Si vemos la larga lista de escritores originales, de los que impusieron una voz innovadora y propia, que nunca fueron siquiera considerados por la Academia Sueca, podremos construir argumentos en contra de la validez de tan promocionado galardón in memoriam del señor Alfredo, pionero en explosiones. Por lo tanto, que este año no haya Nobel de Literatura puede considerarse una gran noticia, sobre todo para la literatura, cuya historia está hecha más por obras que dinamitan la tradición –innovadoras y perdurables–, que por vanos reconocimientos monetarios que nunca garantizan la inmortalidad del premiado.

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