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Short term pain, long term gain

Las dolorosas reformas y ajustes no son siempre inútiles. Muchas veces dan resultados positivos en el largo plazo. He aquí dos ejemplos

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05 de septiembre de 2012 a las 00:00

Short term pain, long term gain.

Dolor en el corto plazo y beneficio en el largo. Así podría definirse la situación de países, empresas y personas que deben tomar amargas medicinas para curar una dolencia presente y recuperarse y potenciarse en el largo plazo.
Las medidas adoptadas por algunos países europeos muestran que ni toda austeridad es nefasta ni todo ajuste inútil ni toda reforma estructural perjudicial, por más dolorosos que sean. Es cierto que la crisis europea, que ya lleva unos 5 años y que no tiene miras de aflojar, no se cura exclusivamente con austeridad ni con reformas duras como parece dictarse de Berlín. Y tampoco se cura con un relajamiento fiscal, monetario y crediticio, como proponen los países de la periferia, que son los más afectados por los actuales vendavales. Pero también es cierto que muchos de estos países estuvieron de juerga durante varios años y ahora pagan las consecuencias. En vez de crecer en base a competitividad, crecieron en base a “gasto” y “deuda”. Y que las reformas para mejorar la productividad y mantenerse competitivos las postergaron sine die. Más bien, se las endilgaron al próximo gobierno.
Gonzalo Gómez Bengoechea, profesor del Icade en la Universidad de Comillas (España), trae a colación en un reciente artículo, dos ejemplos de países que realizaron reformas duras y que recogieron frutos positivos al cabo de un tiempo. Uno es el caso de Alemania, el sostén del euro y de la Unión Europea. El otro es el de Irlanda, tigre en los años 90, devenido en un pequeño gatito durante la crisis financiera comenzada en 2007 y que se apresta a retomar las fuerzas que lo hicieron ejemplo en la década de los noventa y principios de este siglo.
Alemania, con el peso de la generosa reunificación con sus hermanos orientales encima, estaba estancada hacia 2005 y el desempleo se situaba en torno al 10%. Se lanzó entonces una audaz reforma laboral (sobre la cual será importante detenerse en otra oportunidad) propiciada por el gobierno socialdemócrata de Gerard Schroeder. Se cambiaron los tipos de contratos de trabajo, eliminando rigideces antiguas, y ello propició un crecimiento del empleo. Hoy, pese a la grave crisis de la UE, el desempleo bajó al 6.8% y la economía se mantiene en crecimiento.
El caso de Irlanda es más conocido. Afectada por la burbuja inmobiliaria su sistema financiero cayó en insolvencia total y el déficit fiscal llegó al 30% del PIB en 2010, y el gobierno tuvo que realizar un préstamo a sus bancos por un monto equivalente al 40% del PIB.
Se implementó un plan dirigido por la UE y el FMI que exigió costosas reformas, (no se tocó el impuesto a las empresas del 12,5%, gran arma competitiva irlandesa para atraer inversiones). Las medidas de ajuste fueron muy duras pero hoy la economía irlandesa está en crecimiento, el déficit fiscal se redujo a menos del 10% y los bancos están devolviendo el préstamo recibido.
Ambos países muestran quizá un buen ejemplo del arte de implementar reformas en aquellas áreas que más las necesitan y aplicar austeridad sin fundamentalismos, de modo que el esfuerzo que recae en la ciudadanía no sea estéril. Hoy Alemania se mantiene a flote en la UE e Irlanda, cuya suerte pareció echada, vuelve a ser un lugar atractivo para invertir. Y es de esperar que hayan aprendido la lección respecto a los controles y supervisión sobre el sistema financiero que no pueden soslayarse, a las burbujas que es necesario desinflar antes de que crezcan demasiado y a los mercados de trabajo que no pueden anquilosarse.




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