13 de agosto 2013 - 0:00hs

A riesgo de parecer solemnes, conviene hacer un alto en el camino cuando se muere un artista de los grandes. Para recordarlo, para agradecerle pero, antes que nada, para seguir escuchándolo.

Este post tiene la tristeza de lo perdido y la nostalgia de lo que siempre va a permanecer aunque se haya ido. Pero ya se sabe que no se le puede prometer a nadie que nunca se lo olvidará porque el amor es eterno y nuestra vida fugaz.

“Perdón, te digo adiós, si perdonas podrás olvidar/ no quiero que el amor, sea trigo sembrado en el mar/ solo quiero que seas feliz, que te libres de mí y recobres la fe/ que te quede de mi la ternura como resolana debajo la piel”, dicen unos versos de Resolana.

Por cierto que nada hay que perdonarle a un artista solo comparable a la estatura de un Atahualpa Yupanqui o de un Ariel Ramírez. Sí queda agradecerle que, en la hora de la despedida, haya tomado la precaución de dejarnos la felicidad de poder escuchar sus canciones cada vez que se nos venga en gana. El perdón ya se lo ganaron aquellos que, después de escucharlo, lo dejaron pasar. Y la tristeza será toda de quienes, por causa del azar o de la desidia, nunca podrán escucharlo.

Falú se murió de viejo. Sus canciones parecen recién nacidas.

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