Opinión > EDITORIAL

Sicariato en Uruguay

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26 de diciembre de 2019 a las 08:30

El sabor amargo que deja en la boca el asesinato del joven hincha de Nacional Lucas Langhain al finalizar un partido de fútbol en el Estadio Centenario es sintomático de la impotencia con que Uruguay asiste al deterioro de sus relaciones de convivencia y se hunde cada vez más en un pozo que parece no tener fondo.

Ver la foto de los jóvenes marginales adictos a la pasta base que cometieron la canalla salvajada de disparar a matar contra la muchedumbre que caminaba celebrando una victoria deportiva produce pavor. Entender los vericuetos de la macabra maniobra del autor intelectual del asesinato, excabecilla de la barra brava de Peñarol con un celular desde el Penal de Libertad genera espanto y preguntas a esta altura sin respuesta: ¿Cómo fue que llegamos a esto? ¿En qué momento se quebró el pacto básico de convivencia entre los uruguayos? ¿Cómo evitar detener el espiral de violencia para no terminar como El Salvador, Honduras o México?

La jueza en lo penal María Rosa Aguirre imputó el delito de homicidio especialmente agravado a Edwin “Coco” Parentini, el exbarra de Peñarol que confesó haber pagado a un sicario para que disparara contra la hinchada de Nacional durante los festejos tricolores luego del clásico del domingo 15. Parentini está preso por haber asesinado a otro exbarra, pero de su propio club.

El fiscal Juan Gómez, de rápida actuación al frente del caso, sostuvo que el ataque ordenado por Parentini, que terminó con la muerte de Langhain, se debió “a viejas rencillas vinculadas al fútbol”, pero que no tenían que ver con el hincha muerto a tiros.

El fiscal relató que Parentini mostró arrepentimiento durante la audiencia, pero no por haber matado a alguien, sino por haber equivocado el objetivo, ya que Langhain no integraba la barra brava de Nacional. Parentini procuraba causar “un daño mortal” a la facción rival de la barra brava de Peñarol, a través de un sicario.

“Porque somos así, porque somos distintos, porque son ellos –narró Gómez sobre las motivaciones del asesinato mandatado–. Esa idea está muy firme en su pensamiento”.

El pago por el crimen fue de tres tizas de pasta base y un monto de dinero que la Policía aún no determinó. El autor material y su pareja fueron imputados como autor y cómplice respectivamente de un delito de homicidio especialmente agravado.

En los días posteriores al asesinato de Langhain se difundió una nota de El País de Madrid a Jorge Yahir de León Hernández, alias El Diabólico, líder de la Mara Salvatrucha en Guatemala, recluido en una cárcel de máxima seguridad por los próximos 169 años por todos los delitos que cometió extorsiones, secuestros, asesinatos, decapitaciones, robos, asociación para delinquir y otros.

Allí dice algo que en Uruguay todavía no se termina de entender. Sostiene uno de los presos más poderosos de América Central: “La paz comienza en las cárceles”.Algo que viene diciendo un puñado de técnicos, periodistas e intelectuales sin mucho eco en la clase gobernante. La llegada de un nuevo gobierno debería ser un nuevo punto de partida para las políticas públicas carcelarias. No hacerlo es el abismo.

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