Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

Sin azúcar por favor y chocolate o café

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03 de marzo de 2019 a las 05:04

Sin azúcar, por favor

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College
Estimado Leslie:

 

De todas las bebidas espirituosas habidas y por haber,  la que más me gusta es, sin duda, el café.  Especialmente al despertar, temprano a la mañana. 

Bien sé que, por no contener alcohol,  éste no figura en el catálogo de las bebidas que “devuelven a un moribundo su alma”. Sin embargo,  coincido con Verdi cuando dijo que “el café es un bálsamo para el espíritu”, y pienso que deben ser varios los mortales que, como T.S. Eliot, miden su vida en cucharitas de café. 

Según parece, fueron las cabras de un pastor etíope llamado Kaldi quienes descubrieron las propiedades anímicamente estimulantes del café. Un buen día, el pastor notó que sus cabras se comportaban en forma extraña –saltaban y retozaban entre ellas– después de comer unas bayas rojas que colgaban de un arbusto que crecía en las montañas. De ahí en más, y de acuerdo a la típica sucesión de una cosa que lleva a la otra,  la humanidad se hizo de una de las bebidas más veneradas y consumidas por los grandes espíritus de la historia. 

¡Hay tanta vida en una taza de café!  En ella germinan historias e ideas ocultas, prontas para ser descubiertas por paladares sensibles y mentes agudas. Su aroma y sabor estimulan la imaginación y la inteligencia (no puedo imaginar una buena conversación o, más aún, el solitario oficio de escribir, sin una taza de café). Honoré de Balzac -por citar un célebre ejemplo- tomaba más de cincuenta tazas al día.

¿Podemos, acaso, imaginar la creación de La Comédie Humaine sin la perspicacia intelectual animada por esa bebida, tan negra como la gran piedra de la Meca, con la que el ángel Gabriel devolvió la salud al profeta Mahoma?  Seguro que Balzac no:  “Tan próximamente como el café llega a mi estómago, sobreviene una conmoción general. Las ideas empiezan a desplazarse, las sonrisas emergen y el papel se llena.

El café es mi aliado y escribir ya no es una lucha”.

No sé si es el caso en Oxford, pero aquí en Uruguay, sólo hace falta levantar la mano para que el mozo del bar o restaurante sepa que estamos para una taza de café.  Pero lo que sí demanda una manifestación más específica es la alternativa de ¿con o sin azúcar? Y pensándolo bien, esta disyuntiva no es una cuestión para nada superflua.  

Le confieso que, para mí, el café es siempre sin azúcar. No sólo porque la edulcoración estropea su singular y exquisito sabor, sino -y más importante aún- porque de su amargura se destila, precisamente,  ese poder tan particular que tiene el café para espolear las alas del espíritu. 

Ante la perentoriedad de un fenómeno tan natural como la muerte, aconsejó Kant beber mucho café “porque en el otro mundo no se puede”.

El gran filósofo de Königsberg seguramente lo tomaba amargo, y por eso descartó la posibilidad de saborearlo más allá de esta vida. Porque en el reino celestial se vive de la melosidad del néctar y la dulzura de la ambrosía. Los inmortales pueden prescindir de la amargura: su espíritu no requiere elevación porque su morada ya se yergue en las alturas.  

Pero para nosotros, endebles mortales precipitados a esta existencia perecedera, la amargura parece ser una condición justa y necesaria para el aprendizaje de la vida.  

No es que sea pesimista, pero coincido con Camus cuando comprende lo duro y amargo que es llegar a ser hombre. Porque la realidad a menudo nos enferma, y debemos curarnos (la mayoría de los remedios son amargos, según Wikipedia) para superarla, libar su encanto, y sacar el mejor provecho de ella.

Aquí en Uruguay resuena hoy el slogan “Más mano dura”, en alusión al inclemente deterioro de la educación y la agudización de la delincuencia. Convengamos en que ésta no es una sentencia simpática, pero la mano tiene que ser firme, resistente y severa para contener y dar seguridad. La mano blanda no mece jamás la cuna …

El afán de endulzarlo todo nos condena al letargo comodón y anodino que subvenciona a la mediocridad.  Porque nuestro espíritu necesita del aguijoneante amargor para poder saborear la dulzura de las cosas valiosas y queridas.

¡Tan humano es no querer despertar del dulce sueño evasivo! Por eso necesitamos del acicate de un buen café amargo; para despabilarnos, dar la cara a la realidad y disponernos a exprimir su jugo más exquisito. 

El afán de endulzarlo todo nos condena al letargo comodón y anodino que subvenciona a la mediocridad.  Porque nuestro espíritu necesita del aguijoneante amargor para poder saborear la dulzura de las cosas valiosas y queridas.

Chocolate o café 

De Leslie Ford, del Trinity College, para Magdalena Reyes Puig
Estimada Magdalena:

 

Dicen que el café y el vino empiezan a gustar cuando se entra en la edad adulta. Algunos médicos explican que sólo entonces el cerebro es capaz de abandonar su zona de confort –las papillas más bien neutras de tonos pastel– e inclinarse inquisidoramente a riesgos gustativos y cromáticos, a sabores más ácidos o amargos o disrruptivos, y a paletas más agresivas. 

Recuerdo perfectamente cuando mi hermana Priscila se pasó al café, en la primavera o verano de 1969. Estábamos viendo en la BBC la ceremonia de la investidura del Príncipe de Gales y, en un momento dado, sirvieron café y le sirvieron también a ella. A mí ni siquiera me ofrecieron.

Era la época en que vivíamos en Shirley y, hasta entonces, en casi todas las ocasiones en las que los adultos tomaban café, tanto Priscila como yo tomábamos regularmente un cacao soluble (Van Houten) con leche caliente. Por eso, cuando vi que ella pegaba el salto y yo no, fue un acontecimiento epocal, y me sentí como el juguete perdido de la Toy Story original: abandonado en mi propia infancia.

El cacao me retenía con fuerza en las intensas costumbres de la niñez. El chocolate caliente, en taza, en sus distintas variedades, me resultaba tan satisfactorio que no encontraba las promesas de adultez asociadas al café lo suficientemente conmovedoras para justificar el cambio.

Con el tiempo, el café ocupó en mi vida el lugar de un mero estimulante, una especie de medicina que tomaba cuando necesitaba permanecer despierto o neutralizar el cansancio. Ciertamente no al modo del ganado de aquel pastor africano, pero concedo que el café me ha dado el beneficio de la vigilia cuando la he necesitado. En ese sentido le estoy agradecido –aunque no al extremo de caer en el sentimentalismo–, porque ha acompañado muchos momentos de esfuerzo en mi vida académica y profesional.

Ahora me atreveré a decirle mi opinión más profunda sobre el café, y espero que perdone mi franqueza. En una sola sentencia lo expresaría así: el café es una bebida decepcionante. Una promesa incumplida. Creo que incluso Honoré de Balzac, o usted misma me concederán que tomar café es una experiencia de segundo orden. El orden primero en el café es el del aroma. Sentir el olor a café molido y tostado es una de las cosas grandes que nos pueden pasar en la vida. Un hecho espiritual y revelador del sentido de todo, presente hasta en la más humilde bolsa recién abierta de café barato del supermercado pakistaní de la esquina. Pero ese mismo café, bebido, es metafísicamente irrelevante y opaco. En algún momento del proceso de infusión, la poesía se ha convertido en prosa -cuando no en un compuesto químico o en un simple alertador. No sé si es acertado decir que la narrativa del café sufre de una lógica decreciente, que es cada vez peor.

El chocolate, en cambio, incluso en sus versiones más líquidas,  constituye una experiencia  poética que se construye de menor a mayor. Hay en él también un preámbulo olfativo. Pero luego va creciendo, como decía el poeta, hasta la cima del beso. Como en las buenas películas, su momento de mayor felicidad es al final, y no al principio.

El café representa la verdad metafísica innegable de que, en esta vida mortal, lo sublime no es duradero. Tiende a desaparecer. El olor del café vive en un instante y por más que nos empeñemos en dejar pegada la nariz a la bolsa, no pervive más allá de su big bang primero. Si insistimos en buscarlo donde ya no está, y lo bebemos, incurrimos en el error de la nostalgia, que no alcanza la experiencia perdida, pero a veces la devalúa.

El chocolate, por su parte, es el símbolo filosófico de una realidad donde lo mejor está por llegar, en un crescendo que terminará sin duda en la posesión total y simultánea de la vida interminable (como soñaba Boecio).
Sostengo que estas dos visiones son filosóficamente incompatibles. Aunque en la práctica hay hegelianos que mezclan el chocolate y el café, en una síntesis que califican de definitiva.

(La traductora quiere señalar, antes del fin, que ni comparte ni entiende estos pensamientos. Por el contrario, se suma a su tesis, Magdalena, de que la vida sólo empieza, cada mañana, si ha podido tomar felizmente su primer café. Cumplo, bajo amenaza, con la anotación y me despido hasta el próximo sábado).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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