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Sin derecho al pesimismo

Para poder llevar adelante un proyecto de sociedad mucho mejor del que hoy existe, la ética debe estar presente así como el pesimismo debe queda de lado. Todo esto depende de nosotros 

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28 de julio de 2019 a las 05:00

Don Antonio Garrigues Walker es un peso pesado del mundo jurídico español, europeo y latinoamericano. Es presidente de honor del despacho de abogados Garrigues, que emplea a 2.100 personas por todo el mundo. En 1954 pasó a formar parte de la firma Garrigues fundada por su padre y por su tío. Desde 1961, cuando solo contaba con 27 años, se desempeñó como presidente del despacho y hasta el 30 de setiembre de 2014. Actualmente, además de su cargo en Garrigues, preside la Fundación Garrigues y la Cátedra Garrigues de Derecho Global de la Universidad de Navarra. Los premios y distinciones que ha recibido son por demás importantes y numerosos, y ha sido una figura de consejo de numerosos gobiernos y empresas.

Hace pocos meses, con motivo de un premio que quisieron darle, pronunció un breve discurso que no tiene desperdicio. Primero, se negó a hablar de la jubilación y, aunque ya cuenta con 85 años, dice, con una notable ironía, que la jubilación es para los viejos y es lo peor que le puede pasar a una persona: pasar todo el día sin hacer nada. Luego recomendó la necesidad de aprender siempre algo nuevo, en algo que nos coloque “siempre en una posición infantil”, donde hay que aprender sin saber previamente. Y luego, hizo una enorme defensa de la ética. Para él, la ética no es un montón de sacrificios sino una fuente de felicidad y de sostenibilidad. “Sin ética, dice, no hay futuro, no hay nada” (y me acordé del pensamiento del matemático árabe al que hice referencia el pasado sábado). A continuación señaló al auditorio “los que estamos aquí, el derecho al pesimismo lo tenemos que renunciar. Derecho al pesimismo podrán tenerlo algunos pueblos de África como Etiopía u otros, pero no los pueblos desarrollados”. El mundo rico, decía Garrigues, o enriquece al mundo pobre o es un mundo cretino.
Grandes verdades de un hombre sabio, de un hombre con un enorme conocimiento de la condición humana, de un hombre de éxito empresarial pero capaz de valorar que el éxito de su gestión al frente del despacho se debe al hecho del equipo humano que se formó allí, y a una serie de principios y valores que se siguieron.

Con todo, me quiero quedar con el concepto de Garrigues de que en los países ricos, o desarrollados (que no es lo mismo), o de buen nivel cultural (como puede catalogarse a nuestro país) no hay derecho al pesimismo. Uno puede mirar los problemas del país, entre los que sobresalen la decadencia educativa, la emigración de gente joven y talentosa, la fractura social que margina a buena parte de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, la razonable inquietud sobre de dónde vendrán los empleos del futuro con las rigideces laborales y sindicales y la desazón de invertir que generan entre pequeños y medianos empresarios, la creciente inseguridad pública, la pérdida de valores individuales y sociales, la presencia omnipresente del Estado en la vida económica y ciudadana. 

Muchos pueden pensar que es muy difícil cambiar esas y otras cosas. Pero no tenemos derecho al pesimismo. Como dice Garrigues, es al pesimismo a “lo que tenemos que renunciar”. No hay lugar para él. Lo decía Nelson Mandela, que tuvo muchos motivos para ser pesimista en sus 27 años de prisión en Robben Island, cuando dijo “todo parece imposible hasta que se hace”. Y vaya si Mandela logró hacer posible lo que parecía imposible: el fin del gobierno del apartheid.

Pero una cosa es no ser pesimista y otra es no ser realista. Hay un optimismo malsano que evita mirar la realidad, que no cuenta con ella, que la ignora. Por eso es muy buena, realista y sensata la actitud de Martin Luther King cuando dice: “Si en lo profundo de mi corazón tuviera la certeza de que mañana se acabaría el mundo, me gusta pensar que soy el tipo de persona que aun así hoy plantaría un árbol.” 

Desterrar el pesimismo es la primera actitud en la vida personal y en la vida social. Muchas naciones se reconstruyeron por el optimismo y trabajo de sus habitantes después de ser aniquiladas en guerras. Y otras muchas salieron de la pobreza y del subdesarrollo por el empeño, la cultura del trabajo y la confianza en los valores propios del ser humano. Basta mirar al sudeste asiático para darnos cuenta de que ello es posible.

Reflexionemos sobre los consejos de don Antonio Garrigues: sin ética no hay futuro y desterremos el derecho al pesimismo. Podemos y debemos ser un país y una sociedad mucho mejor que la actual. Y ello depende de lo que haga cada uno de nosotros en el lugar en que se encuentra. 

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