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4 de enero 2023 - 5:04hs

El mundo se enfrenta al desafío impostergable de repensar su sostenibilidad enraizado en visiones glo-locales que entrelazan aspectos culturales, sociales, políticos, económicos y territoriales, entre otros fundamentales. Ciertamente existe la imperiosa necesidad de contar con marcos de referencias, conceptos e instrumentos compartidos y apropiados que nos ayuden a comprender la sostenibilidad desde la interdependencia, colaboración y solidaridad entre regiones y países.

Una de las ideas fuerza que nos parece medular a efectos de profundizar en la conceptualización de la sostenibilidad, es el universalismo depurado o descontaminado en lo posible, de atribuciones y cualidades que lo asocien hegemónicamente a determinadas culturas, tradiciones y afiliaciones. Si el universalismo se vincula únicamente a lo “bueno y malo” de las mentalidades, culturas y prácticas occidentales, podemos terminar enredados, enfrentados y en juegos suma cero en conflictos civilizatorios, culturales y políticos que hacen más a victimarios y victimas pasadas que a atreverse a idear futuros convocantes y promisorios para las nuevas generaciones.

Como parte de una reflexión en proceso a diversas escalas globales y locales, proponemos cinco dimensiones interconectadas para repensar el universalismo, a saber: (i) el universalismo de las personas en su singularidad e irreductibilidad; (ii) el universalismo de los valores en su esencialidad y complementariedad; (iii) el universalismo de los conocimientos en su sustancialidad y diversidad; (iv) el universalismo de las realidades en sus construcciones dinámicas y vinculantes; y (v) el universalismo de la diversidad incluyente y componedora.

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En primer lugar, el universalismo de las personas tiene que ver con reconocer dos aspectos complementarios que hacen a la definición de lo humano como tal. Por un lado, en asumir lo que el pensador universal, Edgar Morin (2022), entiende como “humanologie” (acepción en francés), esto es, que el ser humano es una conjunción indisociable e indivisible de aspectos individuales, biológicos y sociales. Si perdemos o desdibujamos o opacamos a las personas a través de enfoques que fragmentan sus atributos, no lograremos comprender a las personas como tales. Más aún, los hallazgos de las neurociencias de los aprendizajes en diálogos con otras ciencias nos permiten entender y evidenciar que cada cerebro, como una expresión esencial de lo humano, es un mosaico de características individuales (Book of the Brain, 2017) que se nutre de la interacción y la retroalimentación permanente con diversidad de entornos.

Por otro lado, lo humano tiene que ver con las propias características de las personas que hacen a su dignidad, valor y respeto per se, así como a su libertad, y pensamiento y accionar autónomo, que antecede a toda definición identitaria o cultural o de otra índole similar. Las personas no debieran ser principalmente preciadas por los atributos o cualidades de sus culturas o identidades, o inversamente, canceladas y rotuladas por su raza, género o clase social o cualquier característica que se lo podría asociar históricamente a posiciones dominantes, colonialistas, esclavistas u otras situaciones denigrantes de la condición humana (Braunstein, 2022). En efecto, el hecho que una persona sea blanca o negra o mestiza, o bien heterosexual, homosexual o persona transgénero – son aquellas que tienen un género diferente al sexo al nacer - son por cierto aspectos a tener en cuenta para igualar en oportunidades, compensar desigualdades y erradicar injusticias, pero por sí mismas, no pueden definir o más aun encapsular, los atributos humanos que hacen a la individualidad de cada persona.

En segundo lugar, el universalismo de los valores parte del supuesto que el mundo no es sostenible si no se comparten un núcleo de valores esenciales que están más allá de los tamices culturales, identitarios, políticos e ideológicos. No se trata de establecer una moral “policíaca” universal ni de menospreciar la diversidad de culturas y credos como construcciones locales afincadas en contextos y situaciones particulares, sino de apreciar y proteger un conjunto de referencias fundamentales que nos permita comunicarnos, entendernos y actuar colaborativa y solidariamente en aras de objetivos y metas compartidas que nos comprometen como humanidad.

Asimismo, los valores que hacen a la libertad de las personas y de las comunidades, así como los que hacen a la justicia, la inclusión, la paz y la convivencia, tendrían que desprenderse de sus rotulaciones particularistas asociadas a determinadas culturas y corrientes de pensamiento, para transformarse en atributos de la humanidad sin “padrinos” ni “mandamases”. Ciertamente el fortalecimiento de valores universales requiere de entendimientos interculturales sustentados en un multilateralismo proactivo y audaz pivoteado por Naciones Unidas.

En tercer lugar, el planeta sería mas sostenible si somos capaces de mapear, entender, integrar y usar diversos tipos de conocimientos, que se generan en las sinergias entre lo global y local, para responder a los desafíos que enfrentamos como humanidad. No es cuestión de contraponer conocimientos sino de asumir la diversidad epistémica, esto es, el reconocimiento que existen diversos tipos de conocimientos que, producidos desde múltiples entornos y situaciones, pueden contribuir a comprender mejor y a intervenir eficazmente a la luz de desafíos que son esencialmente glo-locales.

Asimismo, el universalismo de los conocimientos no solo implica promover la diversidad y convergencia de ideas, enfoques y prácticas, sino abrigar una visión unitaria y potente del conocimiento que nos permita entender los fenómenos en su cabalidad. Morin alude a la complejidad en el sentido que el análisis de cualquier tema vinculado al ser humano requiere de un pensamiento unitario que necesariamente se nutra del entrecruzamiento de miradas disciplinares. El pensamiento sobre las cuestiones esenciales de la especie humanase edifica sobre miradas de conjunto que tanto abonan la reflexión como la acción.

En cuarto lugar, el universalismo implica el reconocimiento que existen realidades como puntos ineludibles de referencia. Esto no implica adscribirse a concepciones de realidades inmutables y de verdades últimas que dan cuenta de la “realidad” como dogma, así como tampoco que toda realidad son procesos de construcción subjetivos e individuales que cambian según las percepciones y las preferencias de las personas y de las comunidades.

El universalismo requiere de anclajes en realidades que son sí dinámicas y evolventes, y que, a la vez, son asumidas como tales. Quizás un ejemplo nos ayude a visualizarlo. Los enfoques de género son claves en entender la profundidad de la identidad de las personas y en facilitar que las mismas puedan asumirlas y desarrollarlas bajo un clima de comprensión, respeto y apoyo sobre las definiciones que cada uno realiza. Las visiones que ponen la mirada en el género desde el reconocimiento de la diversidad humana individual se complementan con otras miradas que reconocen la naturaleza biológica del sexo y sus impactos sobre las propias construcciones de género. De hecho, la alfabetización biológica contribuye a entender mejor las interacciones entre cuerpo, cerebro y mente, o como ya decía el filósofo holandés, Baruch Spinoza, quien argumentaba sobre la relación inseparable entre cuerpo y espíritu (citado por el economista francés Daniel Cohen, 2022). Si efectivamente se reniega de la biología en cualquiera de los sentidos que pueda formar e impactar, los enfoques de género se quedan cortos en entender la complejidad humana y en legitimarse en la sociedad.

En quinto lugar, el universalismo implica apropiarse de una idea amplia de la diversidad – individual, social, cultural, de género, identitaria u de otra índole – en el doble sentido de dar cuenta de las múltiples formas en que se expresan los humanos, y de hurgar en los denominadores comunes de la diversidad que promuevan el diálogo y el entendimiento reciproco entre personas y comunidades. La diversidad es incluyente de los más diferentes credos, y a la vez, resulta componedora en promover la solidaridad y la cooperación haciendo de las diferencias un factor de encuentro entre culturas y afiliaciones.

La diversidad incluyente, como sostén de un genuino universalismo, interpela las visiones que estigmatizan, reniegan e invisibilizan las diversidades, así como aquellas que las dejan a su libre albedrío, enclaustradas en sí mismas, y alimentando de hecho la segmentación y guetización. Asimismo, el reconocimiento de la diversidad no supone vaciar a la sociedad de referencias o valores universales a través de los cuales nos podemos sentir identificados y comprometidos en su desarrollo y concreción. Abrigar e inclusive amar la diversidad no se contrapone a pensar y actuar desde el universalismo.

En síntesis, el universalismo necesita repensarse como uno de los cimientos de la sostenibilidad concebida en clave multidimensional y sistémica. Entendemos que el abordaje de los universalismos desde una visión que ponga el foco en las personas, los valores, los conocimientos, las realidades y la diversidad puede contribuir a su legitimación como tema de la sociedad en su conjunto, y particularmente, como eje transversal de las políticas públicas.

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